Abe y el fútbol

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Abe y el fútbol. Ilustración: José Miguel de la Peña
Abe y el fútbol. Ilustración: José Miguel de la Peña

Por Francisco Javier Fernández Lorca

A Abelardo le gustaba mucho el fútbol. De joven lo jugó mucho y fue a ver muchos partidos… del Real Madrid, su equipo del alma. Cuando el Señor lo llamó a cambiar de vida, no dejó de gustarle el fútbol, y así, hasta que pudo, siguió jugando y siguió yendo, algunas veces, a ver jugar a su Real Madrid… con un cruzado que le conseguía entradas por medio de un familiar suyo.

Me acuerdo perfectamente de que, durante un mes de mayo, todos los días entraba en una iglesia en mi parroquia (Nª Sª de los Ángeles, en Cuatro Caminos). Me ponía en el último banco y le decía a la Virgen: Madre, ¡hazme jugador de primera división! (y es que a mí me gustaba mucho jugar al fútbol). Al día siguiente entraba: «Madre, ¡hazme jugador de primera división!», y todos los días así. Yo creo que la Virgen me debió escuchar, pero me llevó por otros campos deportivos, y un día me diría: «Mira, te voy a convertir en jugador de Primera División, pero de otro fútbol mucho más importante» (Un seglar descubre la oración).

Y, efectivamente, la Virgen María fue cambiando a este joven, que no sabía vivir bien, por un joven alegre y entregado a los demás. El P. Morales fue el instrumento encargado de la transformación a través de aquellos ejercicios espirituales en Las Navillas (Segovia). Le debió gustar al padre aquel chaval que se le acercó en el tren que iba hacia la tanda y que lo primero que le dijo es que jugaba al fútbol.

Tuve la suerte de jugar muchas veces al fútbol con Abelardo. Entre ellas, el último partido completo que él jugó en su vida. Fue en el Colegio del Recuerdo, de los jesuitas en Madrid, antes de su operación de cadera de la primavera de 1984 (me puso de lateral derecho, puesto en el que yo nunca había jugado, pero lo que él decía de fútbol no se discutía). Jugaba muy bien: buen regate, buen toque, magníficos trallazos a portería… pero sobre todo hacía jugar: colocaba a cada uno en su sitio, hacía indicaciones de jugadas, corregía los errores, y… se enfadaba cuando se hacía mal alguna cosa (por ejemplo, meter gol sin ángulo desde un lateral… por este gol que has metido fallarás ahora cien cuando lo quieras volver a intentar, en lugar de pasar a otro mejor colocado que es lo que deberías haber hecho…). También nos animaba a jugar en silencio, entre otras cosas, para obligarnos a levantar la cabeza del balón y mirar a los compañeros…

El fútbol fue parte de su vida y de su apostolado. Él era consciente de su facilidad para jugar y para enganchar así con los chicos.

No tenía ni idea de sociología o de religión. Únicamente se me daba bien jugar al fútbol. Me dijeron: «Tú siempre estás rodeado de chavales. ¿Qué haces?» «Es el fútbol», respondí. «Pues entonces puedes utilizarlo». A través del fútbol fue como me introduje entre aquellos jóvenes… (Rocas en el oleaje, p. 57).

Y se fue unificando en su vida lo humano y lo divino, y así, la espiritualidad del abajamiento, fue creciendo en él a la vez que sus situaciones vitales. Y la situación que nos incumbe ahora es su pérdida progresiva de capacidad futbolística. Pérdida que tuvo que ir asimilando poco a poco:

Al principio, no jugar en fútbol profesional…

Muy queridos todos, estos días con motivo de mi cumpleaños he recibido un aluvión de vuestras cartas. Todas ellas cargadas de cariño, y con frases que no merezco. Lo mismo esos detalles de obsequios, algunos de los cuales me llenan de nostalgia —como esa placa alusiva al fútbol— (Carta a los Cruzados: 24 de febrero de 1973).

Más tarde, no poder ni siquiera jugar al fútbol con los militantes…

Yo, también participé muchas veces en el homenaje anual que se le hacía con motivo de su cumpleaños en El Escorial. Después de la tradicional marcha al monte Abantos, bajábamos a comer al colegio de la Inmaculada Concepción que nos dejaba su salón de actos y allí, cuando invariablemente se le regalaba un balón de fútbol (que luego usábamos los militantes en los partidos de los domingos), él chutaba desde el escenario hacia nosotros, su público entusiasmado, que intentábamos esquivar el impacto. Pero le costaba renunciar a esa capacidad.

Como el resto de su vida, hecha misión para nosotros, todo esto influyó en su legado espiritual.

Manos vacías

En su proceso de anonadamiento humano y espiritual, que él mismo fue intuyendo, creo que uno de los primeros desencadenantes fue, precisamente, la pérdida del fútbol. Con motivo de aquella operación de cadera, el músculo glúteo mediano sufrió un daño irreparable y a Abe le quedó una cojera permanente y, aunque podía chutar a balón parado, ya no pudo jugar nunca más un partido. La gracia recibida, apenas cuatro años antes, en su 50º cumpleaños en Duruelo, de ser llevado al cielo con las manos vacías se empezaba a cumplir en él perdiendo una de sus cualidades preferidas. Desde estos momentos de deterioro físico empezó su madurez compositiva de canciones.

Ganar/perdiendo

Si el subir/bajando de su espiritualidad hace referencia a las montañas, ¿cómo no pensar que el ganar/perdiendo hace referencia al fútbol? Su camino interior de abajamiento, en términos montañeros, es bajar para llegar a la cumbre de la humildad; y, en términos futbolísticos, podríamos decir que es perder jugadas para ganar el partido de la vida. Cristo nos ganó la salvación perdiendo su vida en una cruz. Abe, que siempre quería ganar al fútbol y que siempre quería que ganase su Real Madrid, tuvo que pasar también por su anonadamiento y vaciamiento personal, aprendió a perder. Y perder hasta la última consciencia de sí mismo y hasta el último gramo de su cuerpo. Después de más de veintidós años de deterioro cognitivo progresivo, en los momentos finales de su vida, cuando ya pensábamos que de sobra había cumplido su misión en esta tierra, y cuando nos preguntábamos: «Señor, ¿qué más nos tiene que demostrar? ¿Qué más nos tiene que decir?», todavía aguantó varios días vaciándose, hasta perderlo todo… y así ganar la ansiada vida eterna, al lado del sumo capitán de su equipo, Cristo.

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