Abelardo en nuestra familia

24
Mar, sus hijas y Ángel con Abelardo en última etapa
Mar, sus hijas y Ángel con Abelardo en última etapa

Por familia Ledesma-Carranza

Mi infancia y adolescencia las viví en Ávila, con mi familia, vinculada espiritualmente al Movimiento Familiar Cristiano. Mi padre murió. Yo tenía dieciocho años. ¡Qué vacío en mi corazón! Al año siguiente vine a estudiar a Madrid Ciencias Políticas y Sociología.

Mis primeros años de estudiante fueron vividos entre ruido, luces y sombras; era la soledad profunda del alma. Pero el Señor fue paciente conmigo y fue escribiendo mi historia, recolocando las piezas del puzle de mi vida. Primero puso en mi camino a mi marido, mi equilibrio y mi amor; luego a mis tres hijas, aprendizaje de la donación hasta el extremo. Mis dificultades de salud me obligaron a dejar la docencia universitaria, tarea que me apasionaba. ¡Qué dolor!

Allí, comenzó la Virgen a poner sus trazos de tinta de amor en mi vida: no había oído hablar de la Cruzada-Milicia y fue en aquel recodo de mi vida cuando apareció un cruzado, primero, y luego otro, que se convirtieron en caminantes conmigo…

Y ahí comenzaron mis sorpresas: cuando enfermé, comencé a vivir, a ver, a gustar, a escuchar; y, sin darme casi cuenta, la doctrina de misericordia de Abelardo entraba en nuestra familia de la mano de estos cruzados en los que vi la mirada de Dios, en los que sentí el amor de Dios, por los que palpé el amor femenino del Señor encarnado en la Virgen María. En ellos vi a Cristo entregándose sin más, solo por amor.

Después llegó el maestro, Abelardo. Primero me hablaron de él muchas veces. Después le vi en su silla de ruedas y pude mirar sus ojos. Por último, me llegaron sus palabras vigorosas, encendidas, enamoradas de Cristo, en las que advertí, con la cabeza y el corazón, el camino del amor: Que Dios me ama porque sí. Que Cristo muere por mí, por amor. Que la Virgen entrega su vida diciendo sí, con fe, confianza plena y por amor.

Abelardo nos ha enseñado a escuchar, a gustar, a mirar, a palpar el silencio de Dios. Toca nuestra conciencia, y nos muestra el camino de subir bajando, del ensuciarse con el barro, del caer y del levantarse, del continuar a pesar de no sentir. Nos ha enseñado a confiar en el amor de Cristo, en el amor del Padre, en la Madre. Abelardo nos ha enseñado a orar, a contemplar a Cristo, a mirar a Cristo en Nazaret, en la cruz, en el sagrario. Nos ha mostrado que la exigencia es amiga íntima de la misericordia, que sin misericordia la exigencia se vacía, es inservible.

Abelardo ya es un miembro más de la familia. Todos los días le escuchamos, rezamos con él y meditamos con él. Y está presente el Abelardo fuerte, varonil, vigoroso. Pero en casa preside el Abelardo con la cara transfigurada, sin nada, con las manos vacías sentado en una silla de ruedas dependiendo de los demás… Él, que fue escuchado y se le concedió el deseo de morir con las manos vacías. Ese Abelardo que cuando mi hija pequeña lo besa, se le iluminan los ojos, parece que se emociona… ¿Qué son para él los niños?

Abelardo «está y es» en nuestro hogar, es luz discreta en nuestras sombras, silencio en nuestro ruido, entrega en nuestro individualismo, amante de Cristo y la Virgen hasta el último momento, en su inconsciencia. En su vida y en su muerte. Y, ahora, en la Vida.

Artículo anteriorAbelardo, guía espiritual de laicos
Artículo siguienteEl legado espiritual de Abelardo de Armas