Abelardo, guía espiritual de laicos

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Marcha a la Pedriza
Marcha a la Pedriza

Debemos dar mucha importancia al acompañamiento. Y en esto me gustaría hacer hincapié […] porque he de decir que el carisma de la guía espiritual, de la dirección espiritual, es un carisma laical (Mensaje del papa Francisco a la Plenaria de la CIVCSVA, 21.01.2017).


Abelardo, laico consagrado, recibió de Dios el don de la dirección espiritual de los laicos. Reunió los dos extremos necesarios para tarea tan difícil: conocer el corazón humano desde su experiencia de vida, y conocer el de Cristo por la contemplación. De esta forma, partiendo de la realidad de las limitaciones humanas, orientaba siempre a la persona hacia Dios.

Quiero ofrecer algunos fragmentos de una de las cartas que poseo de él.

Era el año 1972. Tenía yo 21 y estaba estudiando en la Universidad. Estaba atravesando, como aprendiz de educador, por las primeras dificultades interiores derivadas del trato con los adolescentes. Experimentaba una gran tensión interior entre mis deseos de amar exclusivamente a Cristo (pues me encontraba en la etapa de formación inicial en el instituto secular Cruzados de Santa María, con la intención de consagrarme a Dios) y el vivo afecto que sentía por los muchachos con los que trabajaba apostólicamente en la Milicia de Santa María.

Debí escribirle una carta contándole todas mis dificultades. A ella me contestó un folio mecanografiado por las dos caras (¡nada menos que 1.464 palabras!). Su carta es de tal riqueza, que me resulta difícil sintetizarla e imposible separar en ella las referencias que hace a Jesucristo (lo cita 12 veces) de las que hace a nuestra condición humana. Y es desde esa combinación desde donde va abriendo ventanas de esperanza, aconsejando cómo utilizar el potencial de una afectividad humana, llena de limitaciones, para unirse con Dios.

1. Acompañamiento espiritual es caminar con el otro, detectando, motivando, previniendo

Valgan estas cuatro apreciaciones metodológicas de sentido común y tino espiritual que se exponen a continuación: Caminar junto a; detectar con precisión; motivar; prevenir.

a. Caminar con el otro

«Quisiera que ella [la Virgen] me ayude a decirte lo que deseo expresar para tu paz. Me gustaría matizar la contestación, cosa difícil escribiendo. No es como hablando en que se puede ver si lo que se dice se está interpretando en su auténtico sentido».

b. Detectar con acierto las dificultades

«Me parece como si oculto, entre líneas, manifestaras cierto temor […] a que lo que haces no esté bien. A que el amor que sientes por los muchachos no sea perfecto; te parezca pueda dividirte y tu entrega ya no sea total».

c. Motivar

«Es lógico que ellos [los chicos] sin visión sobrenatural, te quieran a ti, pues es de ti de quien sienten ser amados. Pero esto a Jesús no le da celos, como no los tiene el Padre del Hijo porque se lleve nuestro amor, ya que es en Jesús —el Dios que ha hecho visible el Amor— en quien nos sentimos amados […]. Cuánto haremos sufrir a Jesús con nuestra desconfianza, y lamento que esta máquina no tenga admiraciones para poner varias. Por eso tú confía en él y en ella, y pon en sus manos la perseverancia de esos muchachos».

d. Prevenir

«Ya hablaremos cuando Dios quiera sobre las tentaciones que te vendrán para quitarte esta cruz de encima. Es fácil renunciar a amar para evitarse los sufrimientos que engendra».

2. Nuestro amor ha sido redimido por Jesucristo. Podemos amar como él

Jesús ha amado sin medida y con sensibilidad humana desde su persona divina. Por tanto, ha sufrido como no podemos imaginar.

«Tú y yo. Aunque queremos universalizar el amor […] solo tenemos capacidad para un número, mayor o menor, pero limitado […]. En esto, como en todo, nuestra regla de conducta ha de ser mirar al modelo [Jesucristo] […] no hemos podido llegar a calar en el sufrimiento que le produjo amar […]. Jesús ha sufrido amando: a unos porque no correspondían al grado de perfección que deseaba de ellos. De estos […] tendría el sufrimiento de la no correspondencia a su amor en el grado debido. De los otros, los que se iban a perder, ¿quién será capaz de calibrar las medidas de ese sufrimiento de amor?»

Y esto es lo más grandioso de la encarnación. Ese Jesús, con su vida, nos enseña a ser hombres y, por tanto, a amar como hombres. Así nos lo recordaba san Juan Pablo II en una de sus inolvidables afirmaciones:

«Cristo, Redentor del mundo, es aquél que ha penetrado, de modo único e irrepetible, en el misterio del hombre y ha entrado en su “corazón”. Justamente, pues enseña el Concilio Vaticano II: “El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido en cierto modo con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, amó con corazón de hombre” (GS, 22)» (R.H, 8).

3. ¿Cómo amar como Cristo a los que verdaderamente amas?

Para Abelardo se trata de un lento proceso de maduración, lleno de altibajos, que debe ir orientado a ejercer la paternidad espiritual:

«Tú amas, y porque amas sufres […]. Esto es cierto y natural […]. Le pasa al padre de familia también. Pero es que, además, notas la ausencia de aquellos sobre los que tú vuelcas más tu paternidad espiritual […]. Con tus chavales estás en línea paternal, de padre a hijo […]. Un alma consagrada que no ejerza una paternidad o maternidad espiritual en una vida activa como la nuestra, acaba mareado dándose vueltas a sí».

¿Qué es la «paternidad/maternidad espiritual»? No es otra cosa que el ejercicio del don que Dios ha concedido a todo hombre y a toda mujer de dar vida a los hijos, no solo biológicamente. Constituye un requisito indispensable de plenificación humana, porque el hombre y la mujer no están hechos para la esterilidad, sino para la paternidad/maternidad nacidas del amor conyugal o de la virginidad consagrada a Dios. El papa Francisco ha insistido en este tema:

«El “deseo de la paternidad” está registrado en las fibras más profundas de un hombre […]. Cuando un hombre no tiene este deseo, algo falta […]. Todos nosotros, para ser plenos, para ser maduros, tenemos que sentir la alegría de la paternidad: incluso nosotros los célibes. La paternidad es dar vida a los demás […]. Tendremos muchos pecados […], pero no tener hijos, no convertirse en un padre, es como si la vida no llegara al final» (26.06.2013. Homilía en Sta. Marta).

¿Cómo conseguirlo? Abelardo vuelve de nuevo la mirada a Cristo, maestro de humanidad y apunta la solución: Hacer del ejercicio del amor humano un ejercicio de identificación con Cristo:

«Ámalos a ellos con el corazón de Jesús y así no temerás amar hasta la muerte, hasta dar la vida. Todavía estás muy lejos de amarlos tanto como los ama él […]. Cuando correspondan a tu amor y sientas que te quieren, purifica la intención, no te quedes con nada, piensa que no es a ti a quien aman sino al Jesús que no ven y que los amó desde ti […]. Pero cuando veas que los muchachos no responden a lo que esperas de ellos, vuélvete a Jesús y dile que deseas encuentre en ti el suplemento de lo que les falta a ellos».

4. Conquistar la libertad del corazón

¡Cuánto sufrimiento provoca el tema de las relaciones afectivas!: filias y fobias, dependencias y manipulaciones… ¡Qué difícil resulta conseguir la libertad afectiva! Es una aventura permanente de ensayo-error. Abelardo aconseja dos cosas desde su experiencia vital:

1ª. Amar a todos como al que más. Elevar la calidad de nuestro amor. Universalizar.

«Habrá siempre alguno con quien te sientas más compenetrado, porque lo ves más generoso, corresponde más que los otros, te busca, etc. Hay, entre tú y él, lateralidad, que llaman los psiquiatras. No le des importancia. Eleva a todos a la altura del amor que sientes por ese, es decir, trata a todos, aunque no lo sientas, en la medida que tratas a ese […]. A mí me ha desayudado cuando he sentido simpatía por alguien el tratar de cortar. Me ha ayudado el elevar a todos al nivel de ese».

2ª. No dejar de amar por nada del mundo, porque a amar se aprende amando.

«No podrás evitar el ver que muchas veces se mezcla tu persona en algo tan de Dios, y que notes el que te buscas a ti mismo […]. Sin embargo, si por temor dejáramos de hacer cosas, multitud de hazañas hubieran quedado irrealizadas. Ni por ti lo hago ni lo dejo de hacer, es lo que decimos para purificar la intención. Pues aquí, igual».

Cierro este testimonio recordando las palabras dirigidas por el papa san Juan Pablo II a los obispos europeos, que creo retratan a la perfección a Abelardo: «[Se necesitan hoy] heraldos del Evangelio expertos en humanidad, que conozcan a fondo el corazón del hombre de hoy, participen de sus gozos y esperanzas, de sus angustias y tristezas, y al mismo tiempo sean contemplativos, enamorados de Dios» (Al Simposio del Consejo de las Conferencias Episcopales de Europa, 11-X-1985).

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