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title: "Abelardo y el Corazón de Jesús"
description: "Hablar de la devoción de Abelardo de Armas al Corazón de Jesús es afirmar que toda su vida fue el testimonio de un amor grande y constante a Jesucristo. Dan crédito de ello sus Agua viva, sus..."
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date: 2019-06-01
modified: 2022-09-30
author: "Bienvenido Gazapo"
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categories: ["El Corazón de España", "Primera plana"]
tags: ["Revista nº 316"]
type: post
lang: es
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# Abelardo y el Corazón de Jesús

Hablar de la devoción de
Abelardo de Armas al Corazón de Jesús es afirmar que toda su vida fue el
testimonio de un amor grande y constante a Jesucristo. Dan crédito de ello sus Agua viva, sus cientos de páginas inéditas de los puntos
de oración a los militantes en las convivencias de verano, sus ejercicios
espirituales y sus orientaciones educativas en las que siempre insistía en no
desanimarnos ante nuestras caídas, por sabernos amados por la misericordia de
Dios… Y en nuestros días, ¿qué ha sido el musical Contigo,
representado a lo largo de estos últimos tres años casi una veintena de veces
por niños, jóvenes y adultos del Movimiento de Santa María, sino una profunda
meditación sobre el corazón misericordioso de Dios, inspirada en la vida de
Abelardo?

Es conocido
tanto el origen como los elementos distintivos de la devoción al Corazón de
Jesús, tal y como hoy la conocemos. Su origen son las revelaciones (aceptadas
por la Iglesia como verdaderas) que, a partir de mediados del siglo XVII en que
se abría paso en Francia la corriente de espiritualidad jansenista (condenada
años después por la Iglesia como herética), hizo el Señor a santa Margarita
María de Alacoque, y transmitidas a través de san Claudio de la Colombière SJ,
del joven jesuita beato P. Bernardo de Hoyos en España o de la doctrina de
santa Teresa de Lisieux y de santa Faustina Kowalska, etc. En cuanto a sus
elementos distintivos, esta corriente de espiritualidad ofrece el amor personal
de Jesucristo por cada uno de nosotros, su dolor al no ser correspondido, la
reparación por tantas ofensas que se cometen contra él, la confianza en su
misericordia a pesar de nuestros pecados y miserias, el recurso insustituible a
la Virgen María.

La devoción al
Corazón de Jesús no es una ideología ni siquiera una devoción cualquiera.
Abelardo se inició en ella de la mano del venerable P. Morales SJ quien, desde
la mejor tradición de la compañía de Jesús —abanderada de esta devoción—, animó
a todos los miembros del instituto, que él fundó, a practicarla. Destacan en el
padre Morales los elementos propios de esta consagración, que Abelardo hará
suyos: amor personal a Cristo en respuesta al suyo «en despojo total»,
«crucificándose al mundo y a la carne» (reparación), con una intención
fuertemente apostólica: «arrastrar al cielo a todos los trabajadores del mundo»
(regla 28) por medio de la Virgen María. Abelardo enriqueció este legado a lo
largo de su vida al entrar en contacto con dos grandes santos: san Juan de
Ávila y santa Teresa de Lisieux.

Se ofrecen unas
pinceladas sacadas de Agua viva (junio 1984, pág.
292) cuya lectura se recomienda:

**1.** La devoción al Corazón de Jesús requiere conocerlo íntimamente, mediante ese conocimiento «interno» del Señor a que invita san Ignacio en sus Ejercicios espirituales. Es el conocimiento del amor, que nace de la contemplación. Abelardo tuvo la gracia de penetrar en esa intimidad del corazón de Cristo:

«[…] ese corazón
que, herido por nuestros pecados, se ha vengado de nosotros prodigándonos sus
infinitos tesoros de amor y misericordia […]. Tú comprendes todas nuestras
penas. Y en ti, todo abandono encuentra su propio refugio. Tú sigues amando a
cada pecador […]. Tú consuelas todo tormento, toda angustia, toda
desesperación, pues te hiciste hermano nuestro en todo nuestro dolor».

**2.** La primera consecuencia de ese conocimiento es la del agradecimiento. Es el grito de admiración de san Pablo cuando descubre que Jesucristo «me amó y se entregó a la muerte por mí» (Gál 2,20). ¡Por él, que era el peor de los pecadores, y que encontró misericordia! «para que Jesucristo demostrara en mí toda su paciencia, poniéndome como ejemplo de los que van a creer en él para alcanzar la vida eterna» (1 Tim 1,15-16). Ese mismo agradecimiento es el que manifiesta Abelardo permanentemente:

«Agradecemos tu
fortaleza heroica, que nos transmites en nuestras pequeñas pruebas,
insignificantes al lado de las tuyas […]. Agradecemos tus caídas camino del
Calvario, que nos alientan a no desfallecer en las nuestras […]. Y agradecemos
tu petición al padre por los pobres, que no sabemos lo que hacemos, los que
dormimos mientras la traición está despierta […]. Gracias a ti, Corazón de
Jesús, hijo de la Virgen María, que nos resucitaste a la vida eterna»

**3.** Quien se sabe amado de esa forma, confía sin límites, como san Pablo: «Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? […] ¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? […] Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados […] ni ninguna otra criatura podrá separarnos, jamás, del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Ro 8,31ss).

Abelardo
escribe:

«Confiamos en
ti, que no retiraste tu bondad de nosotros, ni siquiera en el momento de la
muerte […]. Confiamos en que tu dulzura, que no se ocultó ni en la cruz, siga
acariciando nuestras vidas […]. Confiamos en ti, que ni en las tristezas de
muerte de Getsemaní, abandonas la empresa comenzada […]. Por el agua y sangre
que brotó de tu corazón como de una fuente inagotable de misericordia para
nosotros, confiamos en ti, Señor. Y te damos gracias y nos volvemos a ti
repitiendo: “Yo confío en ti. Yo no puedo dudar de ti”».

**4.** «Amor con amor se paga». Es la reparación. Pero la reparación que Jesucristo pide no es una sanción que hay que pagar por nuestros pecados. Es estar con él, vivir como él, consolarlo mediante nuestra confianza sin medida, a pesar de las dificultades y sufrimientos de la vida. Así lo entiende Abelardo:

«Queremos consolarte, Señor. Limpiar el sudor
sangriento de tus angustias, confortando el dolor de los que sufren junto a
nosotros, y en los que tú continúas prolongando tu pasión. Consolarte a ti, el
más abandonado de entre los abandonados […]. Consolarte en tu abandono y
soledad de la cruz y de los sagrarios donde sigues siendo el gran solitario.
Consolarte en nuestros mismos corazones donde guardas silencio y amas a
escondidas y donde te olvidamos sumergidos en nuestras bagatelas de cada
momento».

Que el Corazón
santísimo de Jesucristo nos conceda a cada uno de nosotros, que caminamos entre
los hombres y mujeres de este mundo fascinante y vertiginoso que nos aturde,
una llamarada de ese amor y un océano de confianza para ser testigos de su
misericordia.
