Abelardo y el Corazón de Jesús

41
Abelardo y el Corazón de Jesús
Abelardo y el Corazón de Jesús

Hablar de la devoción de Abelardo de Armas al Corazón de Jesús es afirmar que toda su vida fue el testimonio de un amor grande y constante a Jesucristo. Dan crédito de ello sus Agua viva, sus cientos de páginas inéditas de los puntos de oración a los militantes en las convivencias de verano, sus ejercicios espirituales y sus orientaciones educativas en las que siempre insistía en no desanimarnos ante nuestras caídas, por sabernos amados por la misericordia de Dios… Y en nuestros días, ¿qué ha sido el musical Contigo, representado a lo largo de estos últimos tres años casi una veintena de veces por niños, jóvenes y adultos del Movimiento de Santa María, sino una profunda meditación sobre el corazón misericordioso de Dios, inspirada en la vida de Abelardo?

Es conocido tanto el origen como los elementos distintivos de la devoción al Corazón de Jesús, tal y como hoy la conocemos. Su origen son las revelaciones (aceptadas por la Iglesia como verdaderas) que, a partir de mediados del siglo XVII en que se abría paso en Francia la corriente de espiritualidad jansenista (condenada años después por la Iglesia como herética), hizo el Señor a santa Margarita María de Alacoque, y transmitidas a través de san Claudio de la Colombière SJ, del joven jesuita beato P. Bernardo de Hoyos en España o de la doctrina de santa Teresa de Lisieux y de santa Faustina Kowalska, etc. En cuanto a sus elementos distintivos, esta corriente de espiritualidad ofrece el amor personal de Jesucristo por cada uno de nosotros, su dolor al no ser correspondido, la reparación por tantas ofensas que se cometen contra él, la confianza en su misericordia a pesar de nuestros pecados y miserias, el recurso insustituible a la Virgen María.

La devoción al Corazón de Jesús no es una ideología ni siquiera una devoción cualquiera. Abelardo se inició en ella de la mano del venerable P. Morales SJ quien, desde la mejor tradición de la compañía de Jesús —abanderada de esta devoción—, animó a todos los miembros del instituto, que él fundó, a practicarla. Destacan en el padre Morales los elementos propios de esta consagración, que Abelardo hará suyos: amor personal a Cristo en respuesta al suyo «en despojo total», «crucificándose al mundo y a la carne» (reparación), con una intención fuertemente apostólica: «arrastrar al cielo a todos los trabajadores del mundo» (regla 28) por medio de la Virgen María. Abelardo enriqueció este legado a lo largo de su vida al entrar en contacto con dos grandes santos: san Juan de Ávila y santa Teresa de Lisieux.

Se ofrecen unas pinceladas sacadas de Agua viva (junio 1984, pág. 292) cuya lectura se recomienda:

1. La devoción al Corazón de Jesús requiere conocerlo íntimamente, mediante ese conocimiento «interno» del Señor a que invita san Ignacio en sus Ejercicios espirituales. Es el conocimiento del amor, que nace de la contemplación. Abelardo tuvo la gracia de penetrar en esa intimidad del corazón de Cristo:

«[…] ese corazón que, herido por nuestros pecados, se ha vengado de nosotros prodigándonos sus infinitos tesoros de amor y misericordia […]. Tú comprendes todas nuestras penas. Y en ti, todo abandono encuentra su propio refugio. Tú sigues amando a cada pecador […]. Tú consuelas todo tormento, toda angustia, toda desesperación, pues te hiciste hermano nuestro en todo nuestro dolor».

2. La primera consecuencia de ese conocimiento es la del agradecimiento. Es el grito de admiración de san Pablo cuando descubre que Jesucristo «me amó y se entregó a la muerte por mí» (Gál 2,20). ¡Por él, que era el peor de los pecadores, y que encontró misericordia! «para que Jesucristo demostrara en mí toda su paciencia, poniéndome como ejemplo de los que van a creer en él para alcanzar la vida eterna» (1 Tim 1,15-16). Ese mismo agradecimiento es el que manifiesta Abelardo permanentemente:

«Agradecemos tu fortaleza heroica, que nos transmites en nuestras pequeñas pruebas, insignificantes al lado de las tuyas […]. Agradecemos tus caídas camino del Calvario, que nos alientan a no desfallecer en las nuestras […]. Y agradecemos tu petición al padre por los pobres, que no sabemos lo que hacemos, los que dormimos mientras la traición está despierta […]. Gracias a ti, Corazón de Jesús, hijo de la Virgen María, que nos resucitaste a la vida eterna»

3. Quien se sabe amado de esa forma, confía sin límites, como san Pablo: «Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? […] ¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? […] Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados […] ni ninguna otra criatura podrá separarnos, jamás, del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Ro 8,31ss).

Abelardo escribe:

«Confiamos en ti, que no retiraste tu bondad de nosotros, ni siquiera en el momento de la muerte […]. Confiamos en que tu dulzura, que no se ocultó ni en la cruz, siga acariciando nuestras vidas […]. Confiamos en ti, que ni en las tristezas de muerte de Getsemaní, abandonas la empresa comenzada […]. Por el agua y sangre que brotó de tu corazón como de una fuente inagotable de misericordia para nosotros, confiamos en ti, Señor. Y te damos gracias y nos volvemos a ti repitiendo: “Yo confío en ti. Yo no puedo dudar de ti”».

4. «Amor con amor se paga». Es la reparación. Pero la reparación que Jesucristo pide no es una sanción que hay que pagar por nuestros pecados. Es estar con él, vivir como él, consolarlo mediante nuestra confianza sin medida, a pesar de las dificultades y sufrimientos de la vida. Así lo entiende Abelardo:

«Queremos consolarte, Señor. Limpiar el sudor sangriento de tus angustias, confortando el dolor de los que sufren junto a nosotros, y en los que tú continúas prolongando tu pasión. Consolarte a ti, el más abandonado de entre los abandonados […]. Consolarte en tu abandono y soledad de la cruz y de los sagrarios donde sigues siendo el gran solitario. Consolarte en nuestros mismos corazones donde guardas silencio y amas a escondidas y donde te olvidamos sumergidos en nuestras bagatelas de cada momento».

Que el Corazón santísimo de Jesucristo nos conceda a cada uno de nosotros, que caminamos entre los hombres y mujeres de este mundo fascinante y vertiginoso que nos aturde, una llamarada de ese amor y un océano de confianza para ser testigos de su misericordia.