Algunas reflexiones sobre la música litúrgica

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Foto: Il Ragazzo
Foto: Il Ragazzo

Por Francisco Palazón

Ya han pasado 52 años, desde que fue publicada la instrucción Musicam sacram, (marzo de 1967) que desarrollaba la doctrina del Concilio Vaticano II sobre la música en la celebración del culto divino. Este es el documento más claro y enriquecedor que se ha publicado en la historia de la Iglesia, referente a la música en la liturgia. Con este documento acabó definitivamente la condena de inmovilidad que desde hacía siglos pesaba sobre la liturgia y la música sagrada. Había acabado el monopolio del canto gregoriano y de la polifonía al estilo clásico. Pero muchos entendieron que, a partir de este momento, ya se habían roto todas las barreras y cualquiera que supiera poner los dedos en una guitarra para tocar los tres acordes de tónica, dominante y subdominante, se creyó ya intérprete y, ¿por qué no?, compositor carismático de la nueva música. Ya no era necesario aprender armonía para componer y para ello estaban los arreglistas, en su mayoría procedentes de la música ligera que dieron su toque profano a las melodías de cualquier aficionado. Pero por si esto no era suficiente, algunos, en vez de componer nuevas melodías, no dudaron en adaptar a conocidas melodías profanas un nuevo texto de contenido religioso. Recordemos como ejemplo la tan extendida canción de Bob Dylan Blowing in the wind (Saber que vendrás…).

Bien, es cierto que esto no habría ocurrido, si las editoriales religiosas no se hubieran prestado a ello; pero entusiasmadas por el éxito fugaz —y quiero pensar que obligadas por necesidades crematísticas— fueron las difusoras de unos hábitos musicales que han empobrecido la música de nuestros templos y, además, no han arrancado la pretendida participación de los fieles, ya que una comunidad múltiple, como es la que asiste normalmente a la misa dominical de una parroquia, requiere una música sin edad y no sujeta únicamente a los gustos o a la sensibilidad de un pequeño grupo.

Si bien es cierto que, en muchos casos, músicas con poco nivel artístico han conseguido una gran participación de los fieles en la celebración eucarística, también es cierto que, en otros casos, el resultado ha sido lamentable. Se ha querido obligar a todos los fieles a cantar melodías y textos inapropiados, escogidos en la mayoría de los casos por personas de muy buena voluntad, pero que ignoran la diferencia entre música de tema religioso y música litúrgica. Además, de la llamada música moderna, no hemos escogido siempre la mejor y, sobre todo, salvo en contados casos, la hemos interpretado muy pobremente. Yo pediría que este género de música fuese interpretado, al menos, con la dignidad con que se hace en otros lugares no sagrados.

Creo que, después de estas experiencias tan negativas, deberíamos volver a releer las indicaciones de la citada instrucción Musicam sacram y reflexionar sobre su contenido.

¿Cómo debe ser, según la citada instrucción, la música litúrgica?

Se entiende por música sagrada o litúrgica, aquella que, creada para la celebración del culto divino, posee las cualidades de santidad y perfección de formas. En estas palabras se encierra el verdadero valor intrínseco y constante que debemos saber detectar para calificar una música como sagrada o no.

¿Cómo valorar la santidad de una música? ¿No es esto algo subjetivo y difícil de discernir? Efectivamente, no es fácil de deslindar con exactitud lo santo de lo profano en música.

La santidad en una música emana, principalmente, del texto sagrado y solamente cuando el texto es el punto de partida, es cuando la música es auténtica. De aquí que el texto tenga que ser necesariamente anterior a la música y, por lo tanto, las acomodaciones de textos a melodías ya existentes son de muy dudosos resultados. La misión de la música cantada no es otra, ni puede ser otra, que la de acentuar el sentido del texto, de proclamarlo, de hacerlo más inteligible, de hacerlo más persuasivo y más expresivo, para que se comprenda mejor y para que cale más hondo.

La perfección de formas alude, sin ningún género de duda, a que esta música debe de ser artística y estar de acuerdo con las normas del arte sonoro. Aunque estas normas evolucionan continuamente según las épocas y los estilos, cualquier músico bien formado puede juzgar, con bastante objetividad, el valor artístico de una pieza musical. Lo primero que debe respetar una música destinada a ser cantada son los acentos propios de la palabra; de lo contrario, en vez de resaltar el sentido del texto, lo que hará será oscurecerlo, enturbiarlo y hacerlo ininteligible.

Volviendo a lo nuestro, algunos se contentan con que la música sea agradable al oído, y si es muy pegadiza, mejor. Así proliferan las acomodaciones de textos a melodías ya existentes de música religiosa y profana. Me estoy acordando ahora de una que prolifera mucho hasta en coros profesionales, con música de Händel, pero con texto inventado posteriormente en latín (Alelu, alelu, bedicát vobis). Es decir, con todos los acentos al revés. Esto no se lo puede permitir un músico culto. Al pueblo (que no tiene formación musical), se le puede permitir y hasta algunas veces tiene gracia, como aquel romance popular que dice: Arroyo cla, fuen sere, ¿Dónde vas por el río pobre, Almudená, etc.

La música es el lenguaje más universal que existe. Con ella se puede diferenciar perfectamente una súplica de una aclamación, un canto de júbilo de uno de penitencia. Voy a poneros un ejemplo: ¿Cómo debería ser la música de un «Señor, ten piedad»? Desde luego, no podrá ser algo solemne como es una aclamación. Tampoco creo que pueda hacerse con una melodía muy rítmicamente acentuada, como puede ser una marcha, más propia para un canto de despedida. Ni siquiera creo que pueda ser alegre, pues la condición del que suplica no es de júbilo, sino de indigencia, de penitencia.

Según el citado documento, además de la santidad y perfección de formas, la música litúrgica debe cumplir lo que se llama la función ministerial, es decir, debe estar en función de la comunidad que celebra. Esto quiere decir que no todos los cantos son idóneos para todas las asambleas. Un canto puede reunir las anteriores condiciones y, sin embargo, no ser apropiado para una celebración concreta. Esto vale tanto para la música «culta» como para la llamada música «rítmica». Si la música litúrgica tiene que estar al servicio de todas las personas reunidas en la celebración, deberá ser accesible al conjunto de los participantes, tanto si son ellos mismos los intérpretes, como si son los que escuchan. Por eso es muy importante conocer lo que los fieles de una determinada comunidad aprueban o rechazan respecto a los diversos géneros de música. Aunque también es cierto que el rechazo que un género de música puede provocar en una asamblea o en parte de ella, no es debido siempre a la selección de los cantos, sino a su pobre y mala ejecución.

Como podemos ver, todo esto está muy lejos de la improvisación, que es de lo que pecan bastante nuestras celebraciones. Es verdad que nuestro pueblo no es muy cantor, pero ¿hacemos todo lo posible para que cante?

Respecto a la música polifónica, creo que cuando hay posibilidades, nunca debería desaparecer, pues los fieles no solamente participan cantando, sino también uniéndose en espíritu a quien canta en nombre de los demás.

Por último, quisiera añadir que si no podemos celebrar una liturgia con la riqueza de medios que otros tienen, sería preferible optar por una digna sobriedad. En muchas celebraciones se echan de menos los momentos de silencio. Por medio del silencio, nos dice la citada instrucción, los fieles no se ven reducidos a asistir a la acción litúrgica como espectadores mudos y extraños, sino que son asociados más íntimamente al misterio que se celebra. ¡Cuánto me gustaría que, en algunas celebraciones, un monitor explicase a la gente lo que va a cantar el coro y tradujese las palabras, si son en latín u otro idioma, para que los asistentes se unieran en silencio a lo que canta el coro!

No es más rica la liturgia porque tenga más cantos, sino porque cree una mayor intensidad religiosa y una mayor participación.

En épocas anteriores, los compositores españoles fueron un modelo en el mundo entero y enriquecieron con sus composiciones el tesoro de la música sagrada. Recordemos, por ejemplo, los nombres de Tomás Luis de Victoria, Francisco Guerrero, Cristóbal de Morales, entre otros muchos. Tal vez se olvidaron del pueblo —que estuvo siempre callado en las celebraciones—, pero la Iglesia no había abordado este tema con la profundidad que lo hace ahora. La Iglesia quiere que también el pueblo participe activamente. La misa tiene que tener carácter de fiesta, de alegría, y por eso, como en todas las fiestas, no puede faltar el canto. Los cristianos somos a veces muy aburridos y esto se refleja en las misas de los domingos. Si algún no creyente asistiera a nuestras misas dominicales, en muchos de los casos saldría decepcionado por nuestra pasividad, por nuestra indolencia y por nuestra rutina.

Tenemos que ser conscientes de que, para una gran parte de los creyentes, el único contacto con la Iglesia es la misa dominical, y sería una lástima que hubiéramos entendido la reforma de la música sagrada, solo como un mero cambio de repertorio o con la permisión de usar las guitarras u otros instrumentos en la celebración. Esto sería una tergiversación de la doctrina y del espíritu del Concilio Vaticano II.

Una cosa pediría referente a los textos. Inspiraos fundamentalmente en los textos bíblicos, sobre todo en el libro de los Salmos, y veréis la riqueza de ideas que encontráis allí. Precisamente ahora, cuando la Iglesia no está pasando por sus momentos más gloriosos, —yo diría que estamos en un tiempo de purificación— veréis cuanta actualidad tienen muchos de ellos.

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