Alice von Hildebrand

11
Alice von Hildebrand
Alice von Hildebrand

El 14 de enero pasado fallecía en Estados Unidos, casi centenaria, una gran mujer, Alice Jourdain, más conocida como Alice von Hildebrand por la permanente sintonía que mantuvo con el gran filósofo católico Dietrich von Hildebrand, de quien fue esposa.

Aunque es difícil sobresalir cuando se comparte la vida con alguien de la talla del filósofo alemán, Alice manifestó a lo largo de su vida una gran creatividad, pues ella misma fue escritora, profesora universitaria y teóloga católica, lo que le permitió no solo divulgar el pensamiento de su esposo, sino aportar luz propia, a través de sus escritos, sobre la condición femenina, sobre el matrimonio cristiano y sobre la misión de los laicos en la Iglesia.

Nació en Bruselas en 1923. Siendo muy joven se vio obligada a emigrar a los Estados Unidos para salvar su vida de la persecución nazi. Allí se instaló como refugiada, pasando duros momentos. Estudió en la Fordham University (universidad de los jesuitas) en Nueva York, donde conoció al profesor Dietrich von Hildebrand, catedrático en la misma. En 1947 comenzó a impartir clases en el Hunter College de Nueva York hasta su jubilación. Cuando Dietrich enviudó, contrajeron matrimonio, formando una pareja excepcional en todos los sentidos, pues él tenía 70 años y ella 36. Desde la muerte de su esposo, se dedicó a difundir el legado filosófico y teológico de su marido.

Signo de contradicción

La trayectoria biográfica de Alice estuvo indisolublemente ligada a la de su esposo, tanto en su vida, como tras su muerte, ocurrida en 1977. Es, pues, obligado hacer memoria de uno de los pensadores católicos más fecundos del siglo XX.

Dietrich nació en Florencia en 1889. Fue alumno de Husserl y de Reinach. A los 25 años, recién conseguido el título de doctor en Filosofía, se convirtió al catolicismo. Enseñó en la Universidad de Múnich hasta el año 1933 en que el acontecimiento del incendio del Reichstag le advirtió que las cosas se ponían peligrosas. Huyó a Viena, donde fundó una revista antinazi titulada El Estado cristiano, lo que le puso en el punto de mira de los nazis, por lo que tuvo que huir a Suiza y finalmente a Estados Unidos. Allí fue profesor en la Fordham University, donde conoció a Alice.

Dietrich von Hildebrand fue un filósofo personalista cristiano (como Maritain, Mounier o Guardini) que, desde su cátedra y sus escritos, contribuyó a profundizar en la antropología cristiana e influir sobre algunos temas tratados en el concilio Vaticano II, especialmente en los referentes a sexualidad, matrimonio, familia, etc.

Sin embargo, tuvo que afrontar la tormenta de un posconcilio que lo llenó de perplejidad y dolor, y que le hizo tomar la actitud incómoda de denuncia contra la tendencia secularista que fue penetrando en muchos sectores de la Iglesia («neomodernismo» lo denominaron algunos). No era para menos, pues el mismo Pablo VI llegó a escribir por esas fechas: «Diríamos que, por alguna rendija misteriosa —no, no es misteriosa—, por alguna rendija, el humo de Satanás entró en el templo de Dios […]. Se creía que, tras el Concilio, vendrían días soleados para la historia de la Iglesia. Vinieron, sin embargo, días de nubes, de tempestad, de oscuridad, de búsqueda, de incertidumbre […]. Intentamos cavar abismos en lugar de taparlos» (29.06.1972).

Y es que a Dietrich le tocó vivir el drama de muchos conversos europeos del siglo XX: recibieron el don de la fe y encontraron en la Iglesia armonía interior, pero en el atardecer de sus vidas, chocaron estrepitosamente con una realidad desconcertante a la hora de interpretar, en sectores neomodernistas, los documentos del concilio: los interminables abusos en la liturgia, la secularización y la pérdida del sentido de lo sagrado, la puesta en duda de la constitución divina de la Iglesia, etc., todo ello, como consecuencia de asumir principios filosóficos incompatibles con la fe. Lo mismo experimentaron Jacques Maritain en Francia o Cornelia de Vogel en Holanda. Todos denunciaron esta situación: Hildebrand, con El caballo de Troya en la ciudad de Dios. Maritain, con El campesino del Garona, Cornelia de Vogel (profesora de filosofía en la Universidad de Utrecht), con A los católicos de Holanda, a todos.

La aportación de Alice

Nos hemos ido distraído un poco de la vida de Alice, pero parecía necesario, porque ella participó plenamente de este estado de ánimo y de esta actitud combativa contra el neomodernismo.

Ella, como Dietrich, fue una luchadora incansable contra el relativismo, lo que le ganó una dura oposición en el Hunter College durante las casi cuatro décadas que impartió clases allí. Luego, desde su jubilación, dedicó mucho tiempo a impartir conferencias, participar en programas televisivos y escribir.

Destacó como divulgadora de algunos temas de gran importancia para las mujeres. Citamos tres obras, traducidas al español:

Cartas a una recién casada (1997). Plantea en esta colección de cartas, con un estilo muy cercano a la mujer, que la vivencia del amor humano es el camino para que los casados lleguen, a través de él, más fácilmente a Dios, que desea su felicidad.

La noche oscura del cuerpo (2016). Es una recopilación de artículos sobre el misterio de la intimidad de la persona, que es algo más profundo que la «privacidad». La autora profundiza en el tema del pudor, prestando mucha atención a la «epidemia» de la pornografía, que supone la violación total de la intimidad de la persona.

El privilegio de ser mujer (2019). En esta obra, Alice toma partido por la defensa de la dignidad de la mujer. Critica el feminismo que intenta lograr la igualdad con el hombre, imitándole, (ese «machismo con faldas» como lo ha llamado el papa Francisco) y apuesta por la naturaleza femenina, demostrando que es más capaz que el varón en entrega, sensibilidad, belleza, etc., y tiene una gran habilidad para despertar lo mejor de él mediante su ternura.

Alice mostró con su vida «el poder de poner la confianza en Dios para recibir la fortaleza con la que resistir el sufrimiento y transformar la vida» (Raymond Arroyo, presentador de la cadena EWTN Global Catholic Network).

Artículo anteriorUn sínodo sobre el sínodo
Artículo siguienteMadeleine Delbrêl, una mano tendida al otro