Pantallas y tecnología, alternativas para una vida equilibrada y saludable

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Mano tocando la pantalla de un teléfono móvil, simbolizando el uso cotidiano de la tecnología.
Una mano interactuando con un móvil, imagen que refleja la presencia constante de las pantallas en la vida diaria.

Por José Manuel Contreras Naranjo, militar retirado, catequista, programador web, expresidente nacional de CONCAPA

La omnipresencia de la tecnología, cuya mediación la ejercen las pantallas, ofrece innumerables ventajas. A través de un teléfono móvil, y a un coste insignificante, podemos comunicarnos al instante con cualquier persona, desde cualquier lugar del mundo. Podemos aprender historia o a reparar un electrodoméstico. Se pueden hacer trámites que nos evitan desplazamientos. Desde gestiones bancarias hasta cualquier otra en organismos oficiales. Compras de todo tipo, ver cine en casa, recuperar contacto con antiguas amistades, escuchar conferencias o conciertos, consultar información, entre muchas otras utilidades que, previsiblemente, irán aumentando. El teléfono móvil nos acompaña en todo momento fijando nuestra atención hasta en las circunstancias más indescriptibles. Ya no podremos liberarnos de su uso habitual.

Sin embargo, la fascinación excesiva que antaño producía la televisión en los hijos se detectaba fácilmente como un problema difícil de gestionar y que podía derivar en fatales consecuencias. Por eso llegó a ser un tema recurrente en reuniones escolares y charlas para padres. Pero muchos de aquellos padres que asistían a las charlas no terminaban de caer en la cuenta de que ellos mismos eran víctimas de aquella perversa seducción que ejercía la televisión. Los hogares terminaron sembrándose de televisores, y los padres no renunciaron a colocar uno en su propio dormitorio. Finalmente, acabaron metiendo el ordenador en la habitación de los hijos. Quizá inducidos por un falso progresismo que ha venido envolviendo la pedagogía escolar, percibiendo las nuevas tecnologías como herramienta inexcusable. Se ha llegado incluso, en algunas comunidades autónomas, a repartir gratuitamente una tablet a cada alumno.

Así podemos ver adultos adictos a los videojuegos, pero preocupados por el abuso de móviles y las redes sociales entre sus hijos adolescentes. La serie documental «Generación Click», disponible en Prime Video, refleja fielmente esta situación. Testimonios de familias sufrientes ante la impotencia de una situación que les ha desbordado, y hasta parece haberles sorprendido. Algunos datos escalofriantes. El 40 % de los adolescentes presenta síntomas de ansiedad y depresión. Uno de cada cinco consume psicofármacos y cerca del 40 % lo hace por la presión de las redes sociales. Las autolesiones han aumentado un 592 % en los últimos cinco años. España es el tercer país con más casos de bullying y ciberbullying, solo por detrás de México y EE. UU. En Europa, encabezamos la lista.

En la última década, las ideas e intentos de suicidio han aumentado un 3.543 %, siendo la tecnología el detonante en el 51,5 % de los casos. Los jóvenes tienen dificultades para gestionar sus emociones, presentan trastornos del sueño, sufren por la soledad, experimentan problemas de atención y se han multiplicado los casos de violencia intrafamiliar de los hijos hacia los padres. Proliferan los desórdenes de la personalidad. El abuso de las redes sociales ha dado lugar al llamado «contagio social», causante del incremento de las autolesiones, las ideas suicidas, los trastornos de la alimentación o las disforias, entre las cuales la de género se ha convertido en una epidemia.

Parece necesario replantearse el estilo de vida y valorar alternativas. Me atrevo a plantear algo que, difícilmente, se abordará en una terapia del comportamiento y que, para mí, sería prioritario. Lo que nos distingue y eleva sobre el resto de los seres vivos es precisamente nuestra capacidad de trascender. En cualquier proceso hacia la madurez es necesario profundizar en la formación de esta dimensión trascendente. Y así, cuanto más elevado sea el objeto de esta formación/educación, más propiamente humanos podremos llegar a ser.

No podemos extendernos en algo que podría ser determinante para reconducir un estilo de vida sin dependencias ni desequilibrios. Tan solo decir que vivir en presencia de Dios, sin caer en la superstición o en delirios obsesivos, genera un entorno saludable. Dios nos ha creado libres, pero el diablo nos quiere esclavos (en palabras de monseñor Munilla). Asumir la necesidad de la eucaristía y la penitencia, junto con la oración, sólo es posible tras haber adquirido una cierta madurez, propia del ser humano. Una madurez que mitigará las consecuencias perversas de nuestras debilidades.

A mayores, para ayudar a conducir adecuadamente nuestros hábitos vitales, es fundamental recuperar la lectura de libros en papel. Los hogares deberían contar con una pequeña biblioteca de libros seleccionados. El momento de lectura, aunque solo sea media hora al día, debería programarse. Los adultos deben mostrar a los pequeños el gusto por la lectura. Han de leerles historias hasta que ellos quieran saborearlas por sí mismos. Y deben ser acompañados desde pequeños a las bibliotecas, en donde conseguiremos libros que no tengamos en casa. De igual forma, los profesores deberían encargar trabajos cuya información para realizarlos fuera necesario obtener en la biblioteca. Los libros consultados deberán ser referenciados oportunamente. Nada de consultas en internet. ¡Ya habrá tiempo!

Cuando hay pequeños en casa, las pantallas deberían permanecer ocultas, especialmente la televisión. O, al menos, no tenerla instalada en el lugar más destacado y en un formato de apabullante inmensidad. No encenderla durante las comidas o mientras se realiza alguna otra actividad. Además, ha de practicarse el ejercicio físico y gozar del contacto frecuente con la naturaleza. Ser restrictivo al compartir información en redes sociales y eliminar las notificaciones del móvil. A la hora de elegir colegio para los hijos optar, siempre que sea posible, por uno que exija a los padres un compromiso firmado de no utilizar pantallas en casa. Haberlos, los hay. Los compañeros de nuestros hijos serán los que más influencia ejerzan sobre ellos más pronto que tarde.

Pero no es posible superar la dependencia de las pantallas si no se ha adquirido el hábito del esfuerzo. Para ello, es ineludible tener educada la voluntad. La disciplina nos permitirá permanecer firmes en nuestro objetivo y mantenernos fieles a nuestro propósito. El rigor, en fin, no permitirá que nos traicionemos o nos perdamos en posturas relativistas. Y, si de lo que se trata es de educar a los pequeños, acompañándolos en su proceso hacia la madurez, todo ello debe ir aderezado por el amor, sin caer en el proteccionismo. El uso de las tecnologías es tan intuitivo y simple que mantener a los niños y adolescentes alejados de ellas no les impedirá que en la vida adulta puedan incorporarlos con sensatez y eficacia.

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