Ana Artázcoz Colomo (Pamplona, 1979) fallecía el 8 de diciembre, festividad de la Inmaculada Concepción, como consecuencia de la enfermedad rara y degenerativa que padecía desde hacía más de 30 años.
Ana era licenciada en Psicopedagogía por la Universidad de Navarra, especialista en Logoterapia e Intervención Psicosocial y postgrado en Humanización de la Salud. Recibió varios reconocimientos: del Parlamento de Navarra (con motivo de su fomento de la resiliencia y sobre cómo afrontar la enfermedad), del Parlamento Europeo, del Ministerio de Educación y Cultura, el Premio de Radio Ática, de COCEMFE (Confederación Española de Personas con Discapacidad Física u Orgánica) o el premio Mujer emprendedora, entre otros.
Una mujer luchadora que siempre quiso darle la vuelta a la adversidad e impulsar una actitud positiva ante la vida. Orientadora escolar del Gobierno de Navarra, creó hace una década la Fundación Merece la pena, con la que ha colaborado con centros escolares para enseñar a los alumnos a afrontar las dificultades de la vida. Desde ella ha promovido una interesante Web educativa: https://www.merecelapena.info
Ha sido directora durante más de 20 años del Equipo Pedagógico Ágora, que promueve los FORUNIVER (https://www.equipoagora.es), actividad encuadrada entre las iniciativas de la plataforma «Laicos en Marcha» y en la que aportó lo mejor de sí mismo otro gran amigo nuestro, Santiago Arellano, que nos dejaba también, justo un año antes.
Una enfermedad que le hizo superarse
Y también, desde el año 2000, estaba vinculada al Movimiento de Santa María, donde, como en todas partes por donde pasó, ha dejado una estela de amistad entrañable y de admiración. Desde el principio quiso hacer su compromiso anual con la Inmaculada, viviendo de manera ejemplar una intensa vida de oración y de entrega generosa, asistiendo a cuantas actividades le era posible, dentro y fuera de Navarra. Qué inolvidables, por ejemplo, aquellas convivencias de Semana Santa en Zamora, junto a nuestra querida Marijose.
Hace unos años, en el Movimiento se instauró la figura del «miembro colaborador enfermo», y ella quiso asumir ese papel extraordinario para ganar gracias para todos los demás miembros, e imitar y compartir de manera más directa el sacrificio redentor de Cristo. En el compromiso que suscribió solo unos días antes de su fallecimiento, ocurrido, como hemos dicho, precisamente en el día en que ella quería reafirmar su entrega a la Virgen Inmaculada, se lee:
«Consciente del valor redentor del sufrimiento con y en Cristo crucificado, me propongo, con tu ayuda, ofrecer todos mis sufrimientos y limitaciones por la misión evangelizadora de la Iglesia desde el Movimiento de Santa María, especialmente entre los jóvenes y las familias, prolongando en el mundo la Encarnación de Cristo y el espíritu de la familia de Nazaret».
Basado en el conocimiento que tengo de sus deseos y vivencias, puedo asegurar que, más allá del ofrecimiento de las limitaciones debidas a su enfermedad, siempre pedía más tareas, deseaba hacer más y más cosas por los demás, en particular para llevar la presencia de Jesús redentor y consolador a cuantos encontraba en su camino. Nada le parecía suficiente. En todo buscaba intensamente amar y servir. Y si por algo se le hacía más gravosa su limitación, era sobre todo por no poder hacer aún más por las demás personas.
Tiempo de caminar
Creo que no exagero si digo que Ana nos está sonriendo ahora espiritualmente y nos anima a seguir caminando. Estas mismas palabras —«es tiempo de caminar»— las decía santa Teresa de Jesús unos momentos antes de su muerte. Seguro que Ana, lo mismo desde su silla de ruedas como desde el lecho del dolor, las ha hecho suyas una y otra vez; y ahora, desde la eternidad, nos las propone como un legado al mismo tiempo cariñoso y exigente.
Porque todos cuantos la hemos conocido somos testigos de que ella «caminó», e «hizo mucho», de manera asombrosa: estudiosa aplicada y tenaz, mujer activa, emprendedora, generosa, maestra de vida y guía para muchas personas a través de su amistad, del cariño familiar, de su profesión de orientadora escolar, desde su querida Fundación Merece la pena, desde su vida compartida con los demás miembros del Movimiento de Santa María.
Quiso hacer de su vida de enferma un testimonio de amor operante, de superación gozosa, y no exagero al decir que dejó una huella profunda por cientos de aulas escolares (de Primaria, ESO, Bachillerato, Formación Profesional) de toda Navarra, hablando de su enfermedad y de su firme convicción de que se puede vivir una vida con sentido a pesar de las adversidades. De la huella dejada en alumnos y profesores dan muestra los testimonios que pueden verse y leerse en la página Web de la Fundación Merece la pena.
Incansable en su testimonio, animaba a todos a ser resilientes, como ella repetía: a «transformar el sufrimiento en ocasión para la alegría», a perseverar y adaptarse cuando las cosas van mal, a superar los obstáculos, navegando a través de las adversidades…
No nos enseñó y cautivó con sus palabras sino con su actitud, su coraje, su alegría permanente. No es lo que decía; es lo que vivía. Te miraba y te hacía sentirte único. Te miraba y te invitaba a dejar mejor este mundo… y a quejarte un poco menos. Hizo mucho, sin duda, pero era mucho más lo que hubiera querido hacer… y caminar.
Pero Ana, sobre todo, ha sido un regalo y una caricia de Dios, que nos ha enseñado a dar lo mejor de nosotros mismos.
Ana, ahora ya junto ese Jesús que era su amor íntimo y supremo, nos está sonriendo espiritualmente y nos anima a seguir caminando. Sí. Es tiempo de caminar… Caminemos, entonces, siguiendo su estela, su ejemplo.







