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title: "Ante la migración, Europa desarmada"
description: "Hay asuntos que tienen la virtualidad de enraizar en las zonas más pasionales de la opinión pública y circular después con el desparpajo de los consensos de muchedumbres. Me parece advertir que..."
url: https://revistaestar.es/ante-la-migracion-europa-desarmada/
date: 2018-12-01
modified: 2022-09-30
author: "Abilio de Gregorio"
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categories: ["Primera plana", "Un mundo sin fronteras"]
tags: ["Revista nº 313"]
type: post
lang: es
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# Ante la migración, Europa desarmada

Hay asuntos que tienen
la virtualidad de enraizar en las zonas más pasionales de la opinión pública y
circular después con el desparpajo de los consensos de muchedumbres. Me parece
advertir que es esto algo de lo que sucede actualmente con las reiteradas
noticias de los dramáticos flujos migratorios hacia Europa empujados por las
precarias condiciones de vida en sus países de origen.

Escandaliza el
comercio cruel de las mafias del tráfico migratorio, pero no produce menos
escándalo el manejo oportunista que del asunto hacen políticos de uno u otro
signo, apelando a las pulsiones de base más primarias de los ciudadanos, para
esquivar la reflexión responsable sobre un asunto que seguramente requiere
respuestas éticas colectivas de largo alcance.

Pulsión primaria
es, sin duda, un «buenismo» exhibicionista que estimula la compasión y el gimoteo
fácil de las gentes de buen corazón (la mayoría), mostrándose generosamente
acogedores con cargo a la deuda pública. Como es pulsión primaria el miedo y la
inseguridad ante lo diferente, que desborda el marco de nuestras vigencias y
que agitan, de forma oportunista e intrigante, los políticos cuando les entra
la fiebre del voto.

Ante un asunto
tan poliédrico, me quiero fijar solamente en uno de los espantajos que se
esgrimen con más frecuencia ante las reiteradas avalanchas de descartados
procedentes de la geografía del hambre o de la guerra: «Como se siga acogiendo
con tanta facilidad a esta gente, Europa no tardará en perder sus señas de
identidad» se suele decir. Recién estrenado el siglo XXI ya se empieza hablar
de «Eurabia», según término acuñado por Gisele Littman (Bat Ye`or), neologismo
con el que se quiere poner de relieve la rendición de Europa ante la emigración
islámica y se advierte del riesgo de la progresiva disolución de la cultura
europea ante la emergencia arrolladora de la migración islamista.

A Europa (con
más razón a España) no le salen las cuentas en sus tablas demográficas. No
alcanza las tasas de una fecundidad de reemplazo mientras, los más radicales de
los advenedizos y los más perspicaces demógrafos, advierten de una verdadera
revolución cultural en marcha que se llevará a cabo por medio de los vientres
de las mujeres de los pueblos hospedados.

Sé el riesgo que tienen estas advertencias y estas proyecciones en orden a la generación de fobias y de retornos a la placenta de la tribu. Sin embargo, evitar las advertencias y las proyecciones no cambia la realidad. Podemos predicar con Séneca en su *Carta a Galión* aquello de: *miraré todas las tierras como si fueran mías, y las mías como si fuesen de todos* (Cap. XIX de La vida bienaventurada), pero me temo que es un argumento demasiado sutil para enfrentarse con éxito a los zafios movimientos de xenofobia que empiezan a advertirse en Europa.

Creo más bien que habría que interrogarse por qué
caminos ha llegado Europa al miedo a engendrar. No sé si será muy aventurado
afirmar que, en la raíz, hay un giro antropológico que ha llevado a perder la
perspectiva de la vida como don. Todo ello por caminos frecuentemente
tortuosos. A lo largo de mi vida he tenido la oportunidad de tratar con muchos
matrimonios y recibir confidencias que me han dado qué pensar. He encontrado
numerosas parejas que, en realidad, no lo son como consecuencia de un verdadero
amor adulto y entre adultos, sino más bien como la vía «decente» de acceso a
una paternidad, o una maternidad, sentidas como impulso perentorio. En
consecuencia, los hijos nacen para colmar una expectativa de felicidad
individual o a dúo, y se evitan si es previsible que su presencia viene a
entorpecerla. Por este camino no es de extrañar que esos hijos, en vez de
considerarse deudores de sus padres por el regalo de la vida, lleguen a
considerarse acreedores.

En nuestra larga tradición cultural de raigambre religiosa, la vida es sentida como donación de Dios. Pero, una vez más, al desaparecer Dios de nuestras vigencias de pensamiento, desaparece con él el sentido de la *projimidad*, empezando por los no nacidos y desaparece la instancia última ante la cual responder acerca de la vida recibida y el compromiso de transmitirla en las mejores condiciones.

No. No son las
olas de emigrantes las que están poniendo en riesgo nuestra identidad cultural.
La empezamos a perder mucho antes de su llegada al malvender los valores que
configuraron la urdimbre de la personalidad cristiana europea por el plato de
lentejas del confortable bienestar.

Como yo insistía
a los jóvenes en mi vida profesional, el problema no radica en los peligros que
os encontraréis a lo largo de vuestra vida, sino con qué personalidad os vais a
enfrentar a los riesgos que os salgan al camino. Me parece que los miedos
sociales ante la emigración y las reacciones histéricas de muchos profetas de
desgracias nacen más de la inseguridad que produce el vacío de convicciones y
el nihilismo rampante que de las ofensivas fanatizadas. Así cayó el Imperio
Romano a pesar de su superioridad cultural respecto a los pueblos bárbaros que
lo invadieron. Parece inexplicable que esos pueblos migrantes presenten tantas
resistencias para asumir e integrarse en una cultura que, a nuestros ojos,
presenta tanta superioridad ética y socioeconómica. Ellos, sin embargo, lo que
dicen ver en el brillante occidente es un lamentable «progreso decadente».

Para otra
ocasión quede el reflexionar acerca de cómo la restauración de la decadencia
europea en las postrimerías de Edad Media, se realizó paradójicamente por medio
del monacato. Quizás se puedan descubrir pistas para la actualidad.
