Ante la migración, Europa desarmada

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Migrantes en el Mediterráneo
Migrantes en el Mediterráneo

Hay asuntos que tienen la virtualidad de enraizar en las zonas más pasionales de la opinión pública y circular después con el desparpajo de los consensos de muchedumbres. Me parece advertir que es esto algo de lo que sucede actualmente con las reiteradas noticias de los dramáticos flujos migratorios hacia Europa empujados por las precarias condiciones de vida en sus países de origen.

Escandaliza el comercio cruel de las mafias del tráfico migratorio, pero no produce menos escándalo el manejo oportunista que del asunto hacen políticos de uno u otro signo, apelando a las pulsiones de base más primarias de los ciudadanos, para esquivar la reflexión responsable sobre un asunto que seguramente requiere respuestas éticas colectivas de largo alcance.

Pulsión primaria es, sin duda, un «buenismo» exhibicionista que estimula la compasión y el gimoteo fácil de las gentes de buen corazón (la mayoría), mostrándose generosamente acogedores con cargo a la deuda pública. Como es pulsión primaria el miedo y la inseguridad ante lo diferente, que desborda el marco de nuestras vigencias y que agitan, de forma oportunista e intrigante, los políticos cuando les entra la fiebre del voto.

Ante un asunto tan poliédrico, me quiero fijar solamente en uno de los espantajos que se esgrimen con más frecuencia ante las reiteradas avalanchas de descartados procedentes de la geografía del hambre o de la guerra: «Como se siga acogiendo con tanta facilidad a esta gente, Europa no tardará en perder sus señas de identidad» se suele decir. Recién estrenado el siglo XXI ya se empieza hablar de «Eurabia», según término acuñado por Gisele Littman (Bat Ye`or), neologismo con el que se quiere poner de relieve la rendición de Europa ante la emigración islámica y se advierte del riesgo de la progresiva disolución de la cultura europea ante la emergencia arrolladora de la migración islamista.

A Europa (con más razón a España) no le salen las cuentas en sus tablas demográficas. No alcanza las tasas de una fecundidad de reemplazo mientras, los más radicales de los advenedizos y los más perspicaces demógrafos, advierten de una verdadera revolución cultural en marcha que se llevará a cabo por medio de los vientres de las mujeres de los pueblos hospedados.

Sé el riesgo que tienen estas advertencias y estas proyecciones en orden a la generación de fobias y de retornos a la placenta de la tribu. Sin embargo, evitar las advertencias y las proyecciones no cambia la realidad. Podemos predicar con Séneca en su Carta a Galión aquello de: miraré todas las tierras como si fueran mías, y las mías como si fuesen de todos (Cap. XIX de La vida bienaventurada), pero me temo que es un argumento demasiado sutil para enfrentarse con éxito a los zafios movimientos de xenofobia que empiezan a advertirse en Europa.

Creo más bien que habría que interrogarse por qué caminos ha llegado Europa al miedo a engendrar. No sé si será muy aventurado afirmar que, en la raíz, hay un giro antropológico que ha llevado a perder la perspectiva de la vida como don. Todo ello por caminos frecuentemente tortuosos. A lo largo de mi vida he tenido la oportunidad de tratar con muchos matrimonios y recibir confidencias que me han dado qué pensar. He encontrado numerosas parejas que, en realidad, no lo son como consecuencia de un verdadero amor adulto y entre adultos, sino más bien como la vía «decente» de acceso a una paternidad, o una maternidad, sentidas como impulso perentorio. En consecuencia, los hijos nacen para colmar una expectativa de felicidad individual o a dúo, y se evitan si es previsible que su presencia viene a entorpecerla. Por este camino no es de extrañar que esos hijos, en vez de considerarse deudores de sus padres por el regalo de la vida, lleguen a considerarse acreedores.

En nuestra larga tradición cultural de raigambre religiosa, la vida es sentida como donación de Dios. Pero, una vez más, al desaparecer Dios de nuestras vigencias de pensamiento, desaparece con él el sentido de la projimidad, empezando por los no nacidos y desaparece la instancia última ante la cual responder acerca de la vida recibida y el compromiso de transmitirla en las mejores condiciones.

No. No son las olas de emigrantes las que están poniendo en riesgo nuestra identidad cultural. La empezamos a perder mucho antes de su llegada al malvender los valores que configuraron la urdimbre de la personalidad cristiana europea por el plato de lentejas del confortable bienestar.

Como yo insistía a los jóvenes en mi vida profesional, el problema no radica en los peligros que os encontraréis a lo largo de vuestra vida, sino con qué personalidad os vais a enfrentar a los riesgos que os salgan al camino. Me parece que los miedos sociales ante la emigración y las reacciones histéricas de muchos profetas de desgracias nacen más de la inseguridad que produce el vacío de convicciones y el nihilismo rampante que de las ofensivas fanatizadas. Así cayó el Imperio Romano a pesar de su superioridad cultural respecto a los pueblos bárbaros que lo invadieron. Parece inexplicable que esos pueblos migrantes presenten tantas resistencias para asumir e integrarse en una cultura que, a nuestros ojos, presenta tanta superioridad ética y socioeconómica. Ellos, sin embargo, lo que dicen ver en el brillante occidente es un lamentable «progreso decadente».

Para otra ocasión quede el reflexionar acerca de cómo la restauración de la decadencia europea en las postrimerías de Edad Media, se realizó paradójicamente por medio del monacato. Quizás se puedan descubrir pistas para la actualidad.