Burgos, ¿tierra de misión?

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Proclamar el evangelio
Proclamar el evangelio

De siempre se ha dicho que Burgos es tierra de curas y militares (por ejemplo, hay un total de 55 órdenes religiosas femeninas, cientos de iglesias, ermitas…) y Burgos es la provincia de España con mayor número de misioneros por el mundo con un total de 573 en 69 países.

Con estos datos la respuesta a la pregunta debiera ser que no. La realidad es que Burgos como el resto de España, por supuesto, es tierra de misión. En estos momentos solo el 48 % de los niños que nacen son bautizados y un paupérrimo 20 % de los matrimonios son por la Iglesia. Si lo que entendemos por misión de la Iglesia es mostrar a la gente el amor de Dios y decirles que es posible tener una relación con él. Entonces nosotros somos llamados a hacer esto de todas las maneras en que Jesús lo hizo durante su tiempo aquí en la tierra. Es por esto que la misión es integral: comprende toda la vida.

Todos nosotros por el bautismo somos constituidos como sacerdotes, profetas y reyes a imagen de Cristo, obra que el Espíritu Santo va haciendo en nosotros en la medida en que se lo permitamos. A esto sumaría que también somos constituidos como misioneros.

Yo he tenido el privilegio de haber estado tres veranos en Honduras compartiendo misión con los Padres Paúles y si la labor humana y asistencial que se hace es inmensa y en situaciones muy complicadas, la tarea espiritual la tienen más fácil que aquí. He hablado allí con cientos de jóvenes y a ellos no les entra en la cabeza el no participar de la vida de la Iglesia o el no creer en Dios (el ateísmo es prácticamente inexistente; eso sí, las sectas evangélicas están por todos los lados), y te dicen que la fe es lo mejor de su vida y lo que le da sentido. Es emocionante ver las iglesias llenas de vida, de familias, de personas mayores, de niños, con cientos de jóvenes participando activamente de la vida comunitaria entorno a la Iglesia. ¿Algún parecido a nuestras iglesias y a nuestros jóvenes?

Pues es en nuestra realidad, en mi caso en Burgos, donde Dios nos llama a todos nosotros a ser misioneros. ¿Y por qué? Porque estamos llamados a ser sal y luz en nuestro entorno (Mt 5,13-16), a anunciar su reino (Mt 4,17), a curar, limpiar, resucitar (Mt 10,7-8), y todo esto no lo hacemos por obligación o porque «debamos hacerlo» sino porque «queremos hacerlo». ¡Cómo no compartir la buena nueva, como dejar de trasmitir la esperanza, la vida, que se desborda en las bienaventuranzas!

En nuestro día a día, sentimos las dificultades de hacer esto vida. Este es un mundo muchas veces hostil y nos da la sensación de que vamos a contracorriente en esta sociedad, que defender a la Iglesia y al evangelio nos convierte en gente sospechosa. Pero también son momentos de oportunidades. Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? (Rm 8,31). Esto nos abre infinitas posibilidades.

En primer lugar, no hay que dar nada por sentado, podemos comprobar con mucha facilidad, por ejemplo, que hay muchos chicos que ven en un cuadro a la Virgen María y no saben quién es. A veces nos es más difícil ser misioneros en nuestros entornos más cercanos que un poquito más lejos. Nuestros hijos, nuestras casas, nuestras familias, son nuestra principal tierra de misión. No nos engañemos, la corriente mayoritaria nos incita al individualismo, al egoísmo, al sálvese quien pueda… Y por eso no tenemos que desfallecer, nos jugamos mucho. En un mundo tan competitivo como el laboral también tenemos que hacer que nuestros trabajos sean tierra de misión, nuestra aportación tiene que ir en la dirección de construir relaciones más colaborativas, más fraternas, donde estemos más para ayudar que para ponernos zancadillas. Donde hagamos presente a Jesús con nuestras palabras y obras. Aunque nos cueste.

Ahora que se habla tanto de la España vaciada, donde pongo mi granito de arena al respecto es en Villagutiérrez, un pueblecito a 25 kilómetros de Burgos con unos veinte vecinos en invierno. Llevo ya cinco años yendo un domingo al mes para celebrar con ellos la Palabra. Se escucha el evangelio, hacemos homilía, tengo el privilegio de dar la eucaristía. En el largo invierno burgalés nos juntamos unas diez personas, todas mayores; en verano se dobla el número. Es una gozada para mí compartir estos ratitos con la gente humilde del campo, tomar un café con pastas caseras en sus casas. También los pueblecitos que son parte de la Iglesia, son tierra de misión y servicio. Siempre, siempre, recibimos mucho más de lo que damos (Mt 19,29).

Uno de los colectivos que conozco más alejados de la Iglesia y de los sacramentos son las buenas gentes de la feria y el circo, debido a su ser de nómadas y al hecho de trabajar siempre en nuestros días festivos. Llevo ya 30 años en esta pastoral tan diferente. Pasando tiempos, cuidando a sus hijos, escuchando sus problemas y alegrías, siempre intentando acercar el mensaje de Jesús, desde la gratuidad en esta realidad tan materialista. Y esto me ha dado la posibilidad de compartir esta misión con mis hijos y con otros jóvenes. Tenemos que tener el chip de proponer a nuestros jóvenes acciones, participar en tareas de voluntariado y en todo aquello que les haga implicarse y crecer.

Con un grupo de amigos acabamos de organizar la 2ª Noche de Arte y Oración, presidida por nuestro obispo. Teatro, vídeos, danza, pintura, reflexiones y música entre todos para realizar una noche de oración y alabanza. Más de cinco horas en las que muchísima gente de Burgos participó en esta bonita velada. El arte —la música en especial— es un vehículo increíble de transmisión del evangelio (Sl,150). También nuestras diócesis son tierra de misión. A veces no sabemos la riqueza que tiene nuestra Iglesia. Por eso es bueno organizar eventos en los que nos conozcamos más y nos coordinemos mejor.

Y la misión es algo compartido, que se vive en comunidad (Mc 6,7). Así lo entendemos en mi comunidad Promoción Solidaria, una asociación diocesana de Burgos que este año estamos celebrando el 25 aniversario de su fundación. Veinticinco años caminando juntos, intentando desde nuestro ser de laicos comprometernos con la Iglesia de Burgos. Unas veces denunciando las situaciones que generan pobreza e injusticia a través de acciones de calle, murales y presencia en la vida pública (la calle no solo tiene que estar para lucecitas de Navidad y anuncios que nos llenan de superficialidad y consumismo) y otras veces anunciando que otro modo de vida es posible, con iniciativas económicas que pongan en el centro a la persona por encima del dinero.

Cada uno de nosotros tiene que discernir dónde Dios le llama a ser misionero en su cotidianidad, a entregar lo mejor de uno mismo para hacer un mundo más justo, para construir el reino de Dios en la tierra. Cada camino es único, pero, sinceramente, de verdad que la misión merece la pena

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