Cinco cuadros de Brueghel el Viejo

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El Oído, Brueghel el Viejo. Museo del Prado
El Oído, Brueghel el Viejo. Museo del Prado

En el Museo del Prado se exhiben cinco cuadros de Brueghel el Viejo pintados en colaboración con Rubens. Cinco cuadros dedicados a cada uno de los sentidos. Todos ellos nos presentan una sala amplia, lujosa, abigarrada de objetos y personas, bien en escenas reales, bien en reproducciones de óleos conocidos decorando paredes u objetos. La sala se abre al exterior, al menos en el gusto y el oído, mediante una galería de tres ventanales en forma de arco con sus columnas, el barandado de una escalera que desciende y una baranda de protección, hacia un paisaje profundo en el que el horizonte une la tierra y el cielo, y en el que destaca el castillo de Mariemont, una de las residencias de los mecenas Alberto de Austria y la archiduquesa Isabel Clara Eugenia, que, en ese momento, gobernaban los Países Bajos. Se pintaron entre 1618 y 1620.

Elegimos el óleo del Oído. ¿Sabríamos distinguir qué elemento pertenece al estilo de Rubens? Si detenéis vuestra mirada en la mujer y en el niño que le sostiene la partitura nos recuerdan los tipos femeninos y los angelotes del pintor barroco de la exuberancia y del movimiento. Rubens, en la serie, solo se hizo cargo de algunas figuras. Todo lo demás es de Jan Brueghel el Viejo.

La segunda cuestión que os plantearía es si el cuadro se queda en una muestra costumbrista o por el contrario trata el pintor de presentarnos una alegoría, que nos dice algo más.

Si trazamos una línea imaginaria a ras del suelo de la balconada, la parte de arriba agruparía en el centro el paisaje y a derecha e izquierda óleos colgados en las paredes, encima de la escena costumbrista mencionada. En la parte de abajo quedaría, a su vez, dividido en otros tres conjuntos.

Si nos fijamos en el de la derecha, veremos que el espacio queda dominado por la exhibición de relojes de diferente forma y tamaño. ¿No será que nos recuerdan la obsesión barroca por la fugacidad de todo y, en consecuencia, la moralizante vanidad de lo que apreciamos como tesoros eternos?

En el centro aparece desnuda la joven con el amorcillo y tocando un instrumento de cuerda. A sus pies, distintos instrumentos, que unidos a los situados en la izquierda siguen un cierto orden. Además, se nos muestra: el pájaro mecánico de la jaula, las aves reales, armas de fuego, un cencerro, cuernos, cascabeles, trompas, campanas, etc. Y para colmo un ciervo, un gato. En el centro una mesa con siete partituras abiertas sobre pequeños atriles, presididos por un reloj a modo de centro. ¿Pero qué barullo es esto?

Una pista nos la da el cuadro de arriba a la derecha. Se trata de una representación de Orfeo calmando a los animales con su lira. El cuadro nos recuerda una de las finalidades centrales de la música. ¿Los pájaros nos sugieren la competencia del hombre por superar a la naturaleza? ¿Los cuadros que cuelgan en las paredes, la belleza ya alcanzada? ¿El paisaje nos muestra la belleza de la creación? Pero ¿y la música? El cuadro nos presenta el momento previo: el esfuerzo, la creatividad que, en medio del tiempo efímero, preparan el instante prodigioso en que se ejecutan partituras y suenan los instrumentos, bien en honor de Apolo, bien en honor de Dionisio, entonces, «el alma que en olvido está sumida vuelve a cobrar el tino y memoria perdida de su origen primero esclarecida». El esfuerzo previo hace posible el milagro.

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