Coloquio con el hijo que no nació

A todos los padres que han vivido una circunstancia similar

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Coloquio con el hijo. Foto: Vanessa Bumbeers
Coloquio con el hijo. Foto: Vanessa Bumbeers

Nuestro colaborador, Miguel Ordóñez, nos cuenta la experiencia de perder, involuntariamente, un hijo antes de nacer. Una incipiente persona —sin valor social aún— que motiva la existencia de los padres. Un ejemplo más de que hay personas, cosas, hechos, que tienen un gran valor en sí mismos, aunque no posean unos valores cuantificables, productivos, tangibles.

Si, además, se tiene fe, todo tiene sentido, incluso una persona enferma, un anciano impedido, un individuo indocumentado, todo adquiere valor porque Dios no crea seres inútiles.


Por Miguel Ordóñez Martínez

Tu madre y yo ya te amábamos. Eras amor, nuestro amor, amor soñado, querido, realizado. Eras la respuesta a una llamada inatendida mes tras mes. Respuesta luminosa que llenó de día nuestra aburrida oscuridad. Respuesta musical que hizo sonar, con ritmo de esperanza, la partitura no interpretada.

Te acompañamos, desde un amanecer a otro amanecer, en cada segundo de tu existencia. Te sentíamos vivo, dilatando horizontes a nuestro vivir. Yo solamente podía llevarte en el hondón de mi espíritu. Tu madre, con más fortuna, te llevaba también en su carne. Su cuerpo deformado tenía la nueva armonía de la belleza maternal, belleza original de cada mujer a pesar de su repetido suceder.

Como creyentes, pensábamos en tu alma, motor de ese portento que se estaba gestando en el hogar caliente del seno fecundado. Eras nuestra oración, nuestra adhesión al Ser que crea y llama. De ordinario, pensamos en el milagro como una alteración de las leyes naturales. Y dejamos de ver el «milagro natural» que sucede ante nuestros ojos constantemente: milagro del grano que, en su agonía, estalla en vida centuplicada, milagro del olfato de un perro capaz de encontrar a su dueño a kilómetros de distancia, milagro del sentido de orientación de una paloma mensajera, de la exactitud matemática de las abejas al construir sus panales.

Y otra vez tú, hijo mío, apareciéndote como el milagro natural más acabado. Una insignificante semilla seleccionada entre millones para transmitir un código microscópico que multiplicará y multiplicará células, no de forma anárquica y descontrolada, sino conducidas hábilmente a la edificación de un palacio donde no faltará el más mínimo servicio, donde estará presente todo lo necesario. La reflexión sobre cada órgano de tu cuerpo, hijo, fue en aquellos momentos motivo de nuestro embeleso, de nuestra admiración, de nuestra acción de gracias. Tu madre y yo, dos seres corrientes, dotados del mágico don de hacer viva y actual la creación, de servir de eslabón que recibe y transmite la existencia con la frescura del momento único en que Dios infundió el alma primera en elementos materiales. Barro o primate poco importa. Lo que sí pregono, con fe viva, es que la tuya, la primera y todas las almas, son obras del Ser Único que, por amor a ti, a mí y a cada una de las criaturas, nos puso en la existencia.

Todo esto pensaba dialogarlo contigo más adelante, sentándote sobre mis rodillas en alguna velada de invierno, mientras contemplábamos en familia el chisporroteo de la lumbre bajo la chimenea en la casita de nuestro pueblo. Pero…

No sé lo que ocurre en el corazón de otros padres. Yo tengo la osadía y el orgullo de confesarte, hijo, que no creo a nadie capaz de sentir tan intensamente como yo el casi infinito cariño que bloqueó mi ser desde que presentí que ya estabas allí, actuando poderosamente en la sangre común de tu madre y mía. Y también me atrevo a jurarte que ningún otro padre sintió un desgarro más lacerante cuando recibí el negro anuncio de que la sinfonía iniciada iba a quedar fatal, inevitablemente interrumpida. Para el médico, profesional eminente que hizo cuanto supo para impedir tu huida, eras un caso más. Para mí, el palacio que se derrumba, la luz que se apaga y me apaga, la risa infantil ansiada que ya nunca oiría en tus juegos.

No pude llorar. No me lo reproches. Te aseguro que la nube de dolor oscureció todo tu sol. Y que mis fibras más escondidas se estremecieron ante tu aparente caminar hacia el silencio de la nada. Pero el espíritu es inmortal y gozosamente consciente de su inmortalidad. Esa es tu fuerza y la mía, tu gloria y mi gloria. Yo fui concebido, nací y permanezco en el tiempo. Tú empezaste a vivir y, sin nacer, adquiriste el estado permanente de vida al que yo necesariamente llegaré. El tiempo es solamente un detalle. Detalle importante, es verdad, para rellenar debidamente la muestra pretrazada. A ti te bastó pasar la pluma por la breve rayuela que te pusieron en la falsilla. Y cumpliste. La página de mi vida va siendo larga y, lamentablemente, con muchas tachaduras. Me causan una cierta tristeza y, sin embargo, no me aterran. Él, que sabe medir con plena justicia, y solamente Él, proclamará quién fue más fiel al plan personal y único del que va a depender la calidad de la vida futura.

Sí, estoy plenamente de acuerdo contigo, hijo mío: la maravilla de la vida humana consiste en que una vez esta ha sido decretada y el aliento vital ha traspasado el umbral de lo creado, no hay ya vuelta atrás. Por eso podemos tener tú y yo esta conversación. Una conversación entre inmortales.