Cómo aprender a encontrar a Dios escondido en el otro

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Basida 2022
Basida 2022

Este verano, en el grupo Juan Pablo II, sentimos una fuerte llamada en nuestro interior a misionar, a darnos a los demás, a salir de nosotros mismos para aprender un poquito mejor qué es eso del amor y la entrega. Algunos han tenido la oportunidad de viajar lejos, descubrir nuevas culturas o aprender otras lenguas. Sin embargo, por temas laborales, familiares o personales, hay quienes no han tenido esa oportunidad, pero Dios tenía pensado otros planes muy particulares.

A tan solo una hora de Madrid, muy cerca de Aranjuez, se encuentra Basida, lo que sería nuestro hogar durante una semana. Llegamos al anochecer, entre la lluvia, y con un montón de preguntas. No sabíamos muy bien en qué iba a consistir nuestra misión, en qué podríamos ayudar o si estaríamos a la altura; tan solo teníamos ganas de entregarnos, de darnos a los demás, de servir para servir.

La comunidad nos acogió de una manera excepcional, íbamos a ser parte de su familia durante nuestra estancia, y así nos lo hicieron sentir desde el primer momento. Nuestra misión no consistía en grandes gestas o hazañas: la convivencia en la casa era nuestra misión. Allí éramos una familia, sin distinciones ni privilegios. La comunidad vive entregada al propósito de acoger, ayudar y acompañar a todo aquel que lo solicita, aquellos cuerpos rotos que la sociedad aparta, a todos aquellos corazones heridos que necesitan ser amados. La historia de Basida es un gran ejemplo de la fe práctica en la divina providencia, de la entrega absoluta al amor de Cristo. Desde 1990 crecen bajo el manto de María, confiados en ella; nunca les ha faltado nada.

Las personas a las que damos la espalda por su condena, enfermedad o condición, han sido nuestros grandes maestros. Sus historias están llenas de sufrimiento y dolor; pero no fue eso lo que nos cautivó, sino la fuerza y el coraje con la que luchan día a día. Todos aquellos estigmas de la sociedad que sonaban tan lejanos como la droga, la inmigración, la prisión o la enfermedad ahora tienen rostro y apellidos. Se han personificado en cada uno de los miembros de nuestra familia de Basida, que han sufrido y tan solo necesitan ser amados para volver a amar.

Nosotros tuvimos el privilegio de recibir una clase magistral sobre el amor, que duró siete días. Desde la oración por la mañana hasta el momento de dormir, no dejamos de ver a un Dios escondido en cada gesto, cada mirada, cada palabra. Hemos trabajado, codo a codo con la comunidad, en distintas tareas; unas veces requerían de músculo, otras de maña, pero todas implicaban un corazón generoso.

Pensábamos que nos costaría encontrar a Dios ya que no íbamos a misionar lejos, ¡qué ilusos! Sus planes siempre superan la realidad. Ha sido una semana de oración, de entrega desinteresada, de conocer los frutos del amor de Dios. En Basida dejamos un trocito de nuestro corazón, porque allá donde estemos, el regalo que Dios nos hizo siempre estará con nosotros. Ahora que hemos vuelto a la rutina del día a día, seguimos siendo misioneros, habiendo sido partícipes de lo que es el amor, y con la misión de seguir amando como nos han enseñado. Porque Basida significa «Buscadores Ansiosos de Signos de Amor».



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