Construyendo una cultura de vida

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Por José María Echeverri y María Luisa Gabas
“Quien negare la defensa a la persona humana más inocente y débil, a la persona humana ya concebida, pero todavía no nacida, cometería una gravísima violación del orden moral. Nunca se puede legitimar la muerte de un inocente”
Juan Pablo II

El
valor de la vida humana y el derecho a la vida
En la
sociedad actual el valor de la vida humana está en crisis puesto que está
sufriendo grandes ataques, y muchas veces de un modo casi inadvertido. Para
descubrir la verdad acerca del valor de la vida humana personal deberíamos
tener en cuenta las siguientes reflexiones1:
Lo más
valioso que cada ser humano tiene es su propia vida, ya que sin ella se
carecería de todo lo demás, por muy valioso que sea. Todos los derechos humanos
se fundamentan en uno: el derecho a la propia vida. Si toda persona, por el
hecho de serlo, es sujeto de derechos fundamentales, se ha de concluir que el primero
de ellos es el derecho a la vida, y que por lo tanto a nadie se le puede
arrebatar.
Aunque
los hombres nacen unos de otros y viven en mutua dependencia, nadie es el dueño
de la vida de otro. Por otra parte, nadie se ha dado la vida a sí mismo, sino que
le ha sido dada gratuitamente.
Todas
las vidas humanas tienen valor en sí mismas, y este valor es el mismo para
todos; de otro modo el más fuerte acabaría con el más débil.
De
estas premisas se puede concluir que la vida del ser humano tiene dignidad en
sí misma, por lo que en todo momento ha de ser respetada y valorada por sí
misma, y que el primero de los derechos es el derecho a la vida. De otro modo,
la vida humana pasaría a tener un valor relativo dependiendo del beneficio que
pudiera proporcionar a otras personas y/o a la sociedad.
Por
tanto, cuando se ataca el derecho del hombre a la vida desde el momento de la
concepción, se ataca indirectamente el orden ético-moral que asegura los
derechos fundamentales de la persona.
Dignidad
de la vida humana
El
término dignidad de la vida humana quiere decir que cada ser humano,
personal y concreto, tiene un valor incomparable, es un ser único, irrepetible
e insustituible. Su valor no se puede medir en relación con ningún objeto ni
persona.
La Iglesia, cuando habla del derecho a la vida, además de basarse en
unos principios racionales como los vistos, que propugnan el bien esencial del
hombre, reconoce la majestad del Creador, que es el primer Dador de esta
vida
2.
Todos
deberíamos valorar que cada ser humano es único e irrepetible porque es
criatura de Dios, amada por Él, y llamada a vivir en Él. Por ello, toda vida
humana es sagrada. La razón más alta de la dignidad humana consiste en la
vocación del hombre a la comunión con Dios. El hombre es invitado al diálogo
con Dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por Dios por
amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad si
no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su creador
3.
La
persona es bien tratada y valorada cuando es respetada y amada. En cambio, es
maltratada y minusvalorada cuando es tratada como objeto de intercambio, como
medio para alcanzar un fin. Es tratada indignamente cuando la vida es destruida
antes del nacimiento; cuando se habla del niño como una carga, o se le
considera como medio para satisfacer necesidades emocionales; cuando el
matrimonio queda abandonado al egoísmo o reducido a un acuerdo temporal, ya que
los hijos tienen derecho a vivir en una familia unida en el amor; cuando la
libertad se utiliza para dominar a los más débiles, para destruir las riquezas
naturales y para negar a los hombres las necesidades esenciales; cuando los
enfermos, ancianos y moribundos son abandonados4.
Cultura
de vida
La
vida es un don, fruto del amor entre los padres, que se manifiesta en la
transmisión de una nueva vida. El matrimonio participa del poder creador y de
la paternidad de Dios. En el deber de transmitir la vida humana y educarla,
que han de considerar como su misión propia, los cónyuges saben que son
cooperadores del amor de Dios creador y en cierta manera sus intérpretes. Por
ello, cumplirán su tarea con responsabilidad humana y cristiana5
.
Los
padres no piden permiso al hijo para darle la vida; es un regalo gratuito de
los padres, que aman al hijo aun antes de nacer. Con el paso del tiempo el niño
va creciendo, y el hijo ve en esa vida que ha recibido el amor de los padres y
de Dios Creador.
Todo
ser humano está llamado al amor, no puede vivir sin él. La persona necesita el
amor para reconocer su dignidad y para encontrar un sentido valioso a su vida.
Este amor se experimenta en primer lugar en la familia: siendo amados en ella,
se aprende a amar y a establecer relaciones de amor en círculos más amplios.
Cuando se vive desde el amor verdadero, se pueden afrontar las limitaciones de
la vida encontrándoles un sentido.
Los
cristianos sabemos y experimentamos que el amor de Cristo sacia los anhelos del
corazón humano y es capaz de sanar todas las carencias afectivas, tan
frecuentes en nuestra sociedad. Por la Revelación valoramos a cada persona como
criatura de Dios, dignificamos la vida humana al ver en ella un don de Dios que
nos ha sido dado por medio de nuestros padres.
El ser
humano ha sido creado por Dios a su imagen y semejanza. Por ello, la vida del
ser humano tiene dignidad en sí misma; la persona no es algo que se pueda usar
y tirar, sino alguien a quien Dios ama.
En
consecuencia, los cristianos tenemos una tarea como constructores de una
cultura de vida que conlleva no sólo su defensa sino también respetarla y
promoverla. La actitud del cristiano frente a la vida comprende:
1.
Recibirla: la
vida es un regalo que Dios nos hace, no una propiedad de las personas. Sólo
Dios, el Señor de la vida, es su dueño.
2.
Amarla: una
vez recibida, la vida se debe amar como el mejor regalo recibido; por ello
hemos de tener una actitud de agradecimiento.
3.
Promoverla: Dios
entrega la vida para hacerla crecer y fructificar, en un primer momento,
creciendo y madurando como persona y, en un segundo, ayudando a que los demás
sean auténticos hombres y mujeres Creced y multiplicaos, llenad la tierra
(Gn 1,28). 
4.
Defenderla: en
nuestra sociedad la vida se encuentra amenazada de muchas formas. Para generar
una cultura de vida hay que luchar contra las agresiones que ésta sufre desde
su origen hasta su muerte.
Generando
una cultura de vida
Generar
una cultura de vida supone6:

Tomar conciencia de que la vida humana es un don precioso de Dios, sagrada e
inviolable; por ello, son inaceptables el aborto provocado y la eutanasia.

Vivir el amor matrimonial siendo conscientes de que los cónyuges son
cooperadores del amor de Dios Creador y en cierta manera sus intérpretes, por
lo que han de vivir la paternidad responsable desde una justa generosidad.

Conocer y respetar la sexualidad y la fecundidad que conlleva no romper el
significado unitivo y procreativo del acto conyugal. Para armonizar amor y
procreación es esencial el conocimiento de los períodos de fertilidad.

Proteger y cuidar la vida humana en todo momento, especialmente en los momentos
más frágiles.

Ayudar a vivir un amor auténtico desde donde el sufrimiento y la muerte tienen
un sentido.

Trabajar por que la ciencia y la técnica estén siempre ordenadas al hombre y a
su desarrollo integral.

Desarrollar legislaciones, instituciones y servicios que respeten, defiendan y
promuevan la dignidad de cada persona humana en todo momento y condición de la
vida, incluyendo el modo de regular los nacimientos y de ser concebidos.
Trabajar
por la familia y los jóvenes
La
cultura de la vida está estrechamente relacionada con la cultura de la familia;
por eso, generar una cultura de vida, es promover, valorar y defender la
familia.
Trabajar
por la familia supone ayudar a los jóvenes a descubrir la verdad sobre el
matrimonio y la familia, capacitarles para que vivan su vocación al amor a
través de una auténtica educación afectivo-sexual que implica la formación en
la castidad. La banalización de la sexualidad es uno de los factores
principales que están en la raíz del desprecio por la vida naciente: sólo un
amor verdadero sabe custodiar la vida7
.
Consideramos
que nuestros jóvenes han de ser conscientes del contexto en el que les toca
vivir. Gran parte de las relaciones personales afectivas en nuestra sociedad,
están impregnadas de un modo de concebir la vida que lleva a una manipulación
emocional y un manoseo afectivo, por medio del que se busca entrar en la
intimidad del otro para manipularlo y conseguir que sea objeto del propio
placer.
En
esta sociedad se hacen más necesarios que nunca jóvenes capaces de amar con
autenticidad, que garanticen con su manera de vivir una acogida de los demás
libre y sana. En la adolescencia y juventud es donde se empieza a hacer
consciente la vivencia afectiva. Por ello, habitualmente es donde comienzan las
primeras amistades. Una verdadera amistad entre chicos y chicas es una escuela
de amor que va generando una cultura de vida.
El
“corazón”, por el que se hace realidad la capacidad de amar, aparte de la misma
vida, es el regalo más hermoso que se nos ha dado, la fuerza que Dios ha puesto
a disposición de cada uno y del mundo. Para ser constructores de una cultura de
vida es prioritario ayudar a los jóvenes a lograr el equilibrio afectivo que
les hará amar a los demás con un amor auténtico. Para ello es necesario8:
1.
Ser dueño de uno mismo:
nadie puede dar lo que no tiene. Por ello es imprescindible ayudarles a
conocerse, aceptarse y quererse.
2.
Amar con amor noble: un
amor que no se preocupa de recibir sino de irradiar, que va al encuentro de los
demás para consolarlos, acompañarlos, iluminar su vida, que es generoso para
entregarse y tierno para compadecerse. Amar con un amor noble es una grandeza
para el que lo tiene y un tesoro para los demás.
3.
Dominio del corazón: hay
que ayudarles para que dentro de su corazón no entre nada turbio, malsano,
apasionado. Estamos hechos a imagen y semejanza de Dios; somos templo de Dios.
Si nuestros jóvenes son limpios de corazón serán capaces de ver a Dios
habitando en cada ser humano, y su amor será reflejo del amor de Dios a los
hombres.
4.
Amar a María:
ayudarles a que María sea realmente la Madre; ella es la que ayuda a superar
todas las crisis. El amor a la Virgen calma los ardores de un corazón
caprichoso y apasionado, ayudando a saber esperar y madurar hasta llegar a amar
con un corazón noble.
5.
Amistad con Jesús: es
imprescindible enseñar a conocer a Jesús, aprender a tratarle como a un amigo
íntimo al que contarle todo lo que pasa por el corazón, las alegrías y las
penas. Solo en el Corazón de Jesús se alcanza la madurez de una vida plenamente
humana y cristiana.
De
este modo se puede ayudar a nuestros jóvenes a que logren el equilibrio
afectivo, de manera que vayan madurando al hilo de las actividades que con
ellos se realicen para sensibilizarles hacia una cultura de la vida.
Son
muchas las actividades que se les pueden proponer: acudir a centros de acogida
donde hay madres que han decidido seguir adelante con su embarazo, potenciar
lugares y actividades en los que haya una auténtica diversión y donde se
aprende a ser amigo de verdad (deportes, salidas a la montaña, grupos…),
realizar visitas y acompañamiento a ancianos en residencias, ayudar a niños
inmigrantes…
Si
logramos que nuestros jóvenes vivan con equilibrio afectivo, estas actividades
serán algo más que unas buenas obras que se hacen en unos días; les ayudarán a
descubrir que la vida tiene un sentido, que el otro es el rostro de Dios, y a
madurar afectivamente.
Viviendo de este modo cada joven descubrirá la vocación al amor, el
amor fiel y el aprecio a la vida humana, y será constructor de la cultura del
amor y la vida.
1 Cf. Javier Mahíllo (1994), Ética y vida.
Ed. Internacionales Universitarias (2ª ed.) p. 62 y ss.
2 Juan Pablo II. Homilía en Nowy Targ, 8.6.1979.
3 Gaudium et Spes, 19.
4 Cf. Juan Pablo II. Homilía en el Capitol Mall, Washington, 7.10.1979.
5 Gaudium et Spes, 50.
6 Idem, 81.
7 Idem, 97.
8 P. Tomás Morales (2012), El Ovillo de Ariadna.
Ed. Encuentro, pp. 74-83.