Conversión de san Pablo (I)

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Por Tomás
Morales, SJ
(de Estrella del mar, 25-I-1942)
Calendario litúrgico. 25 enero
Nubes de
polvo van señalando a través del desierto el paso de un pelotón de jinetes.
Rostros fatigados y ojos bermejos por la lluvia de un sol que reverbera
calcinante. Instantáneamente, la decoración cambia. Un oasis espléndido por
donde arrastran sus aguas el Abana y el Farfar se ofrece a la vista de la
caravana. Y, al fondo, perdida entre bosques aromáticos de higueras y granados,
alzándose orgullosa entre vergeles de naranjos y limoneros, entre murmullos de
fuentes y trinos de pájaros, se destaca Damasco, la blanca, una red de perlas
sobre un tapiz de esmeralda, en bella imagen del poeta árabe… De repente, una
claridad que deslumbra y ciega, una fuerza misteriosa que hiela la sangre y
paraliza los miembros, un hombre que cae derrocado del caballo, una voz,
reproche y amor a un mismo tiempo, truena imperiosa en la altura: Saulo, Saulo,
¿por qué me persigues?
Lo que
después pasó, ya lo sabéis. Entre Pablo, hundido en el polvo, y el Dios cuya
voz «quebranta los cedros del Líbano y hace temblar las montañas», se entabla
un duelo a muerte. La gracia se apodera de aquel corazón indomable. Como espada
de dos filos lo ha penetrado. Percutiens et sanans, occidens et vivificans,
dirá San Agustín. Ni alucinación inconsciente, ni visión imaginaria, ni mucho
menos, producto de un proceso psíquico inmanente, como pretende porfiadamente
la pseudocrítica racionalista empeñada vanamente en la negación de lo
sobrenatural. Esa transformación radical es un milagro prodigioso de la gracia
que, erguido en medio de la Historia, proclamará con ritmo de eternidad la
misericordia de un Dios de bondad que se fatiga en buscar a la humanidad
rebelde por las mismas rutas por las que pretende huir de Él…
* * *
Damasco es
para Saulo el romper de una energía misteriosa, el alumbrar de una vida nueva
que se desarrollará ininterrumpida en una serie de escenas aparentemente
incoherentes. Podrían quizá escalonarse en las losanges de una colosal vidriera
gótica; pero tendríamos que renunciar a trazar en su centro los rasgos que
transparentasen el alma de titán de su protagonista. La multiplicidad de
facetas que descubre su riquísima psicología sería un obstáculo insuperable. Y
ahí tenéis la razón del fracaso del Arte de todas las épocas, desde los iconos
primitivos hasta el simbolismo contemporáneo, cuando ha tratado de fijar en el
marco rígido de un cuadro o en el moldeado de una talla, la vida exuberante de
aquel hombre «que no tendrá semejante en el mundo» (S. Crisóstomo). Es que San
Pablo desconcierta a los artistas por la movilidad de sus rasgos.