Costa de Marfil 2022

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Grupo Juan Pablo II en Costa de Marfil 2022
Grupo Juan Pablo II en Costa de Marfil 2022

Grupo Juan Pablo II en Costa de Marfil

El 5 de julio, cinco de nosotros comenzamos nuestra aventura (Carlos, Andrés, Íñigo, Irene y Ana). No sabíamos lo que nos esperaba, lo único que sabíamos era que estábamos dispuestos a trabajar donde hiciese falta. Para algunos, era la primera vez que salíamos de nuestro entorno para una actividad como esta, para otros no, pero para todos, han sido unas semanas donde hemos recibido mucho más de lo que pensábamos.

Nuestro destino: Koni. Un pueblecito del norte de Costa de Marfil. Y una vez allí, las hermanitas de la Anunciación nos esperaban con los brazos abiertos. Esta congregación tiene en el pueblo un centro de salud, dedicado especialmente a consultas prenatales, pediatría y nutrición infantil. Una labor fundamental para el poblado y muy necesaria para la cultura africana que día a día fuimos descubriendo. Ha sido un regalo haber compartido estos días con ellas, conocer a la comunidad (cuatro hermanas en la casa central y cuatro novicias en la casa de formación) y, sobre todo, haber hecho vida como una gran familia dentro de la Iglesia.

Nuestro día a día se iba adaptando según lo que se necesitase. Nicole, una de las hermanitas mayores (y nuestra madre durante los días que estuvimos allí) tenía muchas propuestas y proyectos para llevar a cabo a lo largo de esas semanas, y todas muy buenas y necesarias para el pueblo. Poco a poco y día a día, fuimos organizando y priorizando aquellas tareas que necesitaban un empujón.

Koni tiene alrededor de 3.000 habitantes, con una media de edad de 25 años, por lo que la mayoría de sus habitantes son niños en edad escolar pero no todos pueden permitirse ir al colegio, bien sea por dificultades económicas o porque se ven obligados a tener que trabajar en casa y colaborar para sacar adelante a la familia. Una de las tareas que se nos encomendó estando allí, fue dar clases a estos niños.

Por las mañanas, se acercaba al centro de salud un grupito de jóvenes con ganas de aprender y profundizar en materias ya conocidas como el inglés o las matemáticas. Las hermanas nos habilitaron un aula dentro del recinto y utilizábamos el espacio para dar las clases. Mientras unos se quedaban aquí, otros aprovechábamos para pintar.

El padre Mateu, párroco de Koni, nos había pedido pintar un viacrucis en la parroquia, a lo largo del muro que cierra la parcela. Y las hermanas nos pidieron dibujar un retrato de la madre fundadora de la congregación, la Madre Berenice, de origen colombiano. Está en proceso de beatificación y este año es importante para las hermanas. Así que en eso invertíamos las mañanas; entre la parroquia y la madre fundadora, pasábamos las horas más intensas de calor en Costa de Marfil.

Por las tardes, caminábamos hasta la escuela del pueblo, el director nos facilitó unas aulas y todos los días se acercaban niños de todas las edades para aprender; algunos, con sus hermanos pequeños en la espalda porque tenían que encargarse de ellos. ¿El criterio de admisión? Ninguno, todos eran bienvenidos. Esas tardes, descubrimos las ganas de los chavales de coger un lápiz y una hoja para ponerse a escribir. Algunos sabían cómo hacerlo, otros no sabían ni por dónde empezar, pero entre todos, íbamos aprendiendo poco a poco a trabajar con ellos. Y como éramos cinco, supimos organizarnos y dividirnos por niveles según lo que necesitaban los chicos.

Algo que se me quedó grabado fue la cara de felicidad de los niños que no sabían escribir y la ilusión que desprendían cada vez que conseguían terminar de copiar la misma letra una y otra vez. No se cansaban y siempre querían más. Otra de las cosas que también nos llamaba la atención era cómo se acercaban los niños a la escuela. Había un grupito de chavales responsables de sacar y cuidar las vacas de la familia por las tardes y, a pesar de eso, venían a la escuela, pero no pasaban de la puerta para no perder de vista a los animales.

Una de las barreras que encontramos fue el idioma. El idioma oficial de Costa de Marfil es el francés, pero solo lo hablan aquellos que pueden permitirse estudiar, pues se enseña en la escuela. En la zona en la que estábamos se habla senufo, un dialecto africano del Norte y de países limítrofes como Burkina Faso o Malí. Allí todos hablan senufo, y los que sabían francés nos traducían para que todo el mundo entendiese lo que queríamos explicar, y si no, tirábamos del lenguaje del amor, ese sí que era fácil de entender.

Después, les sacábamos de las aulas y todos juntos o por niveles jugábamos a algún juego o dinámica con ellos. Las vacas que estaban por allí también nos acompañaban de vez en cuando. Solo había que ver la cara de felicidad de los niños cantando y repitiendo todo lo que hacíamos, para darnos cuenta de lo rápido que se nos pegaba la sonrisa al verlos así.

La verdad es que ha sido un regalo conocer a todas las personas que se nos han puesto en nuestro camino durante estos días. Poder compartir día a día con las hermanitas y hacer comunidad con ellas, en laudes, en las comidas, en las adoraciones y en los paseos por el pueblo. A Jacques, el chófer de las hermanas y ahora nuestro, que no se cansaba de preguntarnos por nuestro descanso. A los trabajadores del centro de salud, y a las mujeres que vivían allí o que pasaban alguna noche de manera temporal. Al padre Mateu. Y conocer, sobre todo, a todos los habitantes de Koni, ahora con nombres, apellidos y caras que no nos han dejado indiferentes.

Han sido unos días en los que hemos aprendido mucho, hemos descubierto una pequeña parte del mundo en el que vivimos y se nos ha quedado corto el tiempo allí. Ahora, cada uno, desde donde estamos y el momento que nos toca, tenemos la tarea de transformar lo vivido a nuestro día a día y, en la medida en la que podamos, seguir regando la semilla que hemos dejado allí.



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