Cuando planté rosales

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El que
siembra espinas 

que no espere cosechar flores.

—Refranero—
John tiene seis o siete años. Vive en la ciudad con sus padres y pasa
temporadas en el campo con los abuelos. Un día se adentró un poco en el campo
imaginando ser un jinete montado en el bastón de su abuelo. Con todas sus
fuerzas espoleaba a su “caballo” gritando: —¡Corre, corre! ¡Vamos, vuela!
Y oyó que
desde el valle cercano alguien repetía sus palabras. Desconcertado, preguntó: —¿Quién
es?
—¿Quién
es?
Fue la respuesta.
Cada vez
más enfadado, empezó a insultar al intruso: —Tonto, imbécil, bobo, baboso…
Y la voz
del valle le devolvía sus insultos. Enfadadísimo buscó de un sitio para otro
tratando de encontrar a aquel niño que se burlaba de él. Nada, no apareció por
ningún sitio. Volvió a casa disgustado y contó a su abuelo lo ocurrido: un
niño escondido se ha burlado de mí y me ha insultado.
—No,
John —
le dijo el
abuelo—, no era ningún niño. Era el eco que repetía tus palabras. Si en vez
de insultos, dijeras palabras amables, oirías palabras amables.
Un árbol se conoce por su fruto; un hombre por sus acciones. Una buena
acción nunca se pierde, y el que siembra cortesía cosecha amistad, y el que
planta bondad recoge amor.
El que
siembra vientos recoge tempestades pero el que siembra amor, cosecha amor. La
vida es como un gran boomerang que nos devuelve lo que hacemos. La clave está
en dónde ponemos el corazón.
La
tentación del hombre, hoy más que nunca, es la superficialidad, es decir el
vivir en la superficie de sí mismo. No comprendemos que el valor está en lo interior;
el hombre cuando más interioridad, más persona y cuanto más exterioridad, menos
persona.
Nunca como
hoy han tenido tanto poder los enemigos de la interioridad: la televisión, la
secularización, el liberalismo sexual, el egoísmo… son elementos que
constituyen un atentado permanente a la interioridad.
Ilustración de Juan Francisco Miral
Dice el padre
Ignacio Larrañaga, fundador de los Talleres de Vida y Oración, que es más
agradable la dispersión que la concentración, el hombre eterno fugitivo de sí
mismo, busca los placeres del mundo, corre tras el materialismo externo,
olvidándose de su mundo interno
.
Nuestra
crisis profunda es la crisis de la evasión, vivimos buscando palacios externos,
sin darnos cuenta del palacio que está dentro de nuestro corazón, que habita en
nosotros y que nos prometió buscad el reino de los cielos y lo demás vendrá
por añadidura.
Cuando, a
pesar de los pesares, lancemos sonrisas a la vida, la vida nos devolverá
sonrisas como un eco agradecido. Lo asegura el poeta mejicano, Amado Nervo: Cuando
planté rosales, coseché siempre rosas.

Tenemos buen ejemplo en la vida del P. Morales. Veinte años ha que nos lo demuestra.

Antonio Rojas