Deseaba ser bueno

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Deseaba ser bueno. Ilustración: Juan Francisco Miral
Deseaba ser bueno. Ilustración: Juan Francisco Miral

Benevolencia no quiere decir tolerancia de lo ruin, o conformidad con lo inepto, sino voluntad de bien.

Antonio Machado

Joaquín Echeverría, el padre de Ignacio, el héroe del monopatín, cuenta esta anécdota en el libro Así era mi hijo Ignacio, lo copio de la página 107:

«También en el tanatorio, se presentó un joven marroquí que le había conocido patinando en Londres. Nos contó que, durante una larga temporada, tuvo que estar solo en el hospital pues no tenía a nadie que se preocupara por él. Ignacio se pasó muchas tardes, después de salir del trabajo, haciéndole compañía y quitando tiempo a su ocio. Creo que esa buena obra de mi hijo no nace exclusivamente de su bondad innata, sino también de un deseo de perfeccionar su espíritu, de alcanzar la bondad. Pienso que aquello que le caracterizaba es que deseaba ser bueno».

Recuerdo perfectamente que, en nuestra época de idealismos juveniles, uno de los compañeros —buen amigo, además— me decía con frecuencia:

—Yo creo, Antonio, que una vida bien gastada es aquella que se dedica a arrancar cardos y plantar, en su lugar, flores. Flores que, cuidándolas, hermoseen la vida de los que nos rodean.

Arrancar cardos y plantar flores, es decir, cultivar la bondad como una manifestación concreta del amor; definiendo el amor como la mayor virtud de la vida en la que está representada todo el afecto, la bondad y la compasión del ser humano.

Entiendo el amor como un impulso interior, ardiente y fecundo que nos genera una constante disposición a la bondad. No se trata de mera simpatía, entendida esta como una cierta disposición que da en la medida que recibe; no se trata de amar solo si recibe amor o de complacerse en lo que despierta complacencia.

No, ser bueno en el sentido de arrancar cardos y plantar flores, es una disposición del alma que arranca de lo más íntimo y genera un modelo habitual de ser y vivir para aclarar sombras y definir perfiles amables; es decir, hacer de la vida una siembra gozosa de bien y paz.

Es verdad que todos vivimos experiencias amargas, desagradables y deprimentes; cierto, y que, en no pocas de estas ocasiones, se nos revuelve el interior y deseamos responder como se merece la ocasión, dando rienda suelta a nuestro resentimiento; es muy humana esta actitud que, normalmente, no resuelve nada, pero deja satisfecho nuestro ego; pero pienso que es mucho mejor imitar la actitud de Ignacio y, aun en las peores situaciones, desear ser bueno.

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