Diálogo intergeneracional

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El árbol
El árbol

Nos solemos escandalizar cuando escuchamos la escasa comunicación que existe incluso entre las generaciones de una misma familia. «Va cada uno a lo suyo», se quejaba una conocida, amiga desde la niñez y, por lo tanto, tan entrada en años como yo. Vive en una gran ciudad, sin duda ajetreada y dinámica; su lamento no era una frase hecha como una muletilla de ocasión. Le salía del alma. Se quejaba de sus nietos, que viviendo muy cerca, no se acuerdan de la abuela ni para un saludo de cortesía ni a la mañana ni a la noche.

Enseguida condenamos: qué mal educados. Y así es. Están mal educados. Son el fruto de una sociedad que, desde hace mucho tiempo, ha dejado de ser comunidad. Cuando digo mucho, me remonto a cualquier año de la Edad Moderna o Contemporánea en cuyos manuales de historia se nos decía como primera característica «exaltación del yo». Es decir, predominio del individuo sobre la persona. Aquí ya no existen lazos, aquellos aspectos de cada uno de nosotros que enriquecen nuestra personalidad. ¿Recordáis ideas tan elevadas como: «Al rey la hacienda y la vida se ha de dar, pero el honor es patrimonio del alma y el alma solo es de Dios»?

¿Pero qué es eso de dar? ¿Qué es eso de Dios? ¿Qué es eso de honor? Cuánto apuestas a que te llaman majadero, aunque no las hayan entendido. Que no, que el individualismo es «yo, mi, me, conmigo, para mí»; ni por error serían capaces de pronunciar «yo, mi, me, contigo, para ti». Es que a la naturaleza humana nada se le da hecho. Carece hasta del instinto que guía al reino animal. La carencia del instinto lo suple la educación. «Dime con quién andas y te diré quién eres». Dime el modelo de educación que has recibido y podré profetizar tu futuro. «Siembra vientos y recogerás tempestades». La buena mujer aún podía reconocer en sus nietos que solo se preocupan por el colegio y los amigos. No quise entrar en matizaciones. Pero ni una ni otra palabra las entendí en su acepción más noble. Colegio suele estar asociado a camino para medrar, y amigo a compañero de entretenimientos y, en muchos casos, a competidor por mis mismas aspiraciones. Buenas notas es augurio de porvenir. Fracaso escolar, de descartado. Esto, que era frecuente en la sociedad civil, viene de lejos. Hoy lo encontramos en la vida familiar.

De cómo el individualismo ha ido rompiendo los lazos que se tenían como sagrados, no solo con Dios, con la vecindad o con la patria, sino con la misma familia carnal, es digno de lectura atenta en El árbol de la ciencia de Pío Baroja. Observen: se escribió en 1910.

Es una de las obras más representativas del desmoronamiento de la civilización moderna. Normalmente se la califica como una de las más representativas de la que llamamos Generación del 98, y si por ella entendemos el grupo de escritores que surgen movidos por el hundimiento de la presencia de España en Cuba y Filipinas —últimos reductos del antiguo Imperio Español— tendríamos que ampliar la definición de las características e incluirla dentro de la denominada generación de fin de siglo en la que encajan las influencias que el grupo recibe de los principales escritores de Europa: Schopenhauer, Nietzsche o Kierkegaard.

Andrés, el protagonista de la novela, no representa a un ser peculiar, su nombre hace referencia a que en él se encarna al hombre en general. Andrés, etimológicamente significa hombre, (aner-andrós). Y para colmo lo apellida Hurtado (robado). Andrés, fracasado en todo: en la ciencia, en el amor, en el trabajo, en la amistad, termina suicidándose. Lo tremendo es que Baroja pone en boca de su tío Iturrioz: «Era un precursor». Un adelantado al futuro que nos espera. No puedo olvidar lo que está sucediendo en nuestros días.

Como muestra selecciono el capítulo tercero de la primera parte en el que describe el ambiente de su familia. A la madre, que era el único referente religioso, la hace desaparecer rápidamente, después de haber caricaturizado su religiosidad: «La madre era una fanática navarra». La familia deja de ser una comunidad de vida y amor. El padre es la encarnación del individualismo egoísta. Se mueve por impulso de intereses, simpatías o antipatías. Es la antítesis del modelo de paternidad responsable.

Las relaciones entre los componentes de la familia se describen como un mecanismo artificial. Falta el engranaje del amor. No es de extrañar que, como resumen del capítulo, se nos diga en la primera frase que incluía a la familia «…se sentía solo y abandonado». Grave es la soledad; pero abandonado nos estremece, porque denuncia no haber encontrado lo que en principio esperaba: «Solo estoy y ver cómo me las tengo que valer». El final del capítulo es demoledor: «Entre padre e hijo existía una incompatibilidad absoluta, completa, no podían estar conformes en nada. Bastaba que uno afirmara una cosa para que el otro tomara la posición contraria».

Mirad qué modelo de familia. Pensad en nuestro ideal «comunidad de vida y amor». Doy gracias a Dios por las hermosas familias que a pesar de todo sobreviven y son un referente de esperanza. Desde luego no son como la que describe Baroja en El árbol de la ciencia:

De los hijos, el mayor y el pequeño, Alejandro y Luis, eran los favoritos del padre. Alejandro era un retrato degradado de don Pedro. Más inútil y egoísta aún, nunca quiso hacer nada, ni estudiar ni trabajar, y le habían colocado en una oficina del Estado, adonde iba solamente a cobrar el sueldo. Alejandro daba espectáculos bochornosos en casa; volvía a las altas horas de las tabernas, se emborrachaba y vomitaba y molestaba a todo el mundo. Al comenzar la carrera Andrés, Margarita tenía unos veinte años. Era una muchacha decidida, un poco seca, dominadora y egoísta. Pedro venía tras ella en edad y representaba la indiferencia filosófica y la buena pasta. Estudiaba para abogado, y salía bien por recomendaciones; pero no se cuidaba de la carrera para nada. Iba al teatro, se vestía con elegancia, tenía todos los meses una novia distinta. Dentro de sus medios gozaba de la vida alegremente.

El hermano pequeño, Luisito, de cuatro o cinco años, tenía poca salud. La disposición espiritual de la familia era un tanto original. Don Pedro prefería a Alejandro y a Luis; consideraba a Margarita como si fuera una persona mayor; le era indiferente su hijo Pedro, y casi odiaba a Andrés, porque no se sometía a su voluntad. Hubiera habido que profundizar mucho para encontrar en él algún afecto paternal.

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