Dignidad humana: El valor de los que no cuentan

El «ordo amoris»

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El valor de los que no cuentas. Foto: Daniel Van Den Berg
El valor de los que no cuentas. Foto: Daniel Van Den Berg

Hace años tuve la ocasión de participar junto a un catedrático emérito de psicología, de sólida formación humanística, en un trabajo de reflexión en relación con lo que pretendíamos llegara a ser fundamento para una declaración formal de los derechos de la familia y de sus miembros en el seno de la misma. Me encomendó redactar argumentos para justificar la necesidad de atención a los ancianos en el ámbito natural de la familia. En mi superficialidad, recurrí a los lugares comunes y los tópicos de las ventajas y la riqueza de contar con el aporte de la sabiduría y la experiencia de nuestros mayores. El sabio catedrático me corrigió inmediatamente advirtiéndome: «Si esos fueran los argumentos para cuidar de los abuelos o de los padres en casa, yo hubiera preferido tener en la mía a Ortega y Gasset, mucho más sabio y más experimentado que mis progenitores. No. Esos no pueden ser los argumentos. Aunque no tengan ya nada que aportar, son personas y son mis padres».

Quizás esta sea la clave. Si, a pesar de las enfáticas declaraciones de los derechos del hombre y la gesticulante actividad política en pro de la igualdad y de la no discriminación, aumentan hoy las formas de «descarte» en nuestra sociedad y las pérdidas de «ciudadanía activa», quizás tengamos que pensar que, entre tanta biotecnología y tanto progreso, se nos ha extraviado el «principio de humanidad».

Podemos preguntarnos si en la marginación por indiferencia de no nacidos, ancianos, minusválidos, personas con trastornos mentales, etcétera, una vez que se han reducido las categorías morales al principio de utilidad, no es ya solo el mercado el que los margina por ser improductivos e incapaces de aportar su fuerza de trabajo. A medida que, tanto la razón teórica como la razón práctica han ido siendo sustituidas por la razón económica, la persona ha ido degradando en un mero valor instrumental.

Resultan sobrecogedoras las propuestas de algunos especuladores contemporáneos del ámbito de la bioética (H. T. Engelhardt, P. Singer, J. Harris, etc.) para quienes «persona es solamente aquel ser que reúne en acto determinadas cualidades: racionalidad y autoconciencia». Solo cuando se dan estas características podríamos hablar de alguien que es digno de respeto por sí mismo y no debe ser instrumentalizado según sentenciaba Kant. Así, para Harris habrá «prepersonas» y habrá «expersonas», y, en consecuencia, no todo ser humano es persona. Prepersonas, expersonas y personas fallidas estarían fuera del estatuto ético aplicable a esa sustancia que hasta hoy hemos conocido como «el hombre».

Desde la Antigüedad, el pensamiento occidental parte de la base de considerar al hombre como un ser «digno», colocado incomparablemente por encima de todo otro ser sobre la tierra como asevera Cicerón en De officiis (Libro I, 30) o Séneca al sentenciar en misiva a Lucilio (Ep- XCV…). Homo homini sacra res. En esta tradición ética se sitúa la más contemporánea declaración de los derechos del hombre, columna vertebral de un ethos que parecía haberse convertido en supuesto dado de todo trato entre humanos. Sin embargo son abrumadoras las legislaciones y las prácticas administrativas para las que «prepersonas», «expersonas» y otra suerte de discapacitados son descartados y dejan de contar para la vida colectiva. Piénsese, por ejemplo en el arrumbamiento de tantas personas mayores que, perdida la capacidad de su actividad habitual, son «desclasificadas» y abandonadas al olvido. Prescindir de su valor como personas, no necesariamente de su saber y de su experiencia, es un derroche social que nos empobrece. Como decía M. Scheler: «En la actualidad no se carece en modo alguno de discursos y de teorías éticas, solo que ninguna de estas ha hecho mejor a nadie».

Convendría preguntarse por qué caminos hemos llegado en nuestra tradición cultural a esa toma de conciencia del valor absoluto del hombre, fin en sí mismo y no medio, que no tiene precio, sino dignidad (Kant) y que todavía, a pesar de todo, parece estar presente en la conciencia colectiva de nuestro acervo cultural, para interrogarnos a continuación cuál ha de ser el camino de la rectificación en esta deriva en la que parece estar descarrilando el principio de humanidad (eugenesia, eutanasia, escuela-filtro o selección de las especies más productivas en la educación formal, etc.).

El itinerario hasta llegar a esa cumbre del «ethos» humanista que caracteriza el pensamiento occidental ha pasado por tres puentes culturales no siempre de fácil tránsito: la aportación de Grecia que sitúa a la razón como órgano de acceso, comprensión y, en cierto modo, apropiación de la realidad, lo que le proporciona al hombre una conciencia de soberanía y distanciamiento de la naturaleza; la aportación de Roma que proporciona la comprensión ciudadana de la existencia ordenada por el derecho, es decir, la libertad compartida, y, sobre todo, la novedad del cristianismo con su concepción de apertura al Absoluto en una relación paterno-filial que dignifica la sustancia hombre. En el cristianismo no parece suficiente afirmar la hechura del hombre a imagen y semejanza de Dios para exaltar su valor y dignidad, sino que se añade la presencia de un Dios que se hace un hombre elevando así la condición de lo humano a valor absoluto.

Es cierto que, cuando cada una de estas perspectivas ignoró a las otras dos, se produjo intolerancia y violencia sobre el hombre. Una concepción de la trascendencia que ignora y desprecia a la razón humana, así como a la ordenación de la libertad por el derecho, llevó en la historia a la brutalidad contra el hombre en nombre de Dios. Todavía hoy tenemos ejemplos que nos horrorizan y atemorizan. Mas, cuando fue la razón la que quiso destronar a la religión para ocupar su lugar, se volvieron a repetir los mismos horrores como nos recuerda la historia del nacimiento de la modernidad.

Otro tanto sucede al convertir al Estado en el absoluto al que se ha de rendir la religión y la razón. El siglo XX es un testimonio de la deshumanización y destrucción de la persona en nombre de la utopía del «hombre nuevo». Nuestra tradición cultural se ha configurado no por la simple superposición de las aportaciones griega, romana y cristiana, sino por la capacidad de escucha y diálogo entre todas ellas hasta llegar a configurar un humanismo implícitamente teocéntrico.

Asistimos, sin embargo, desde comienzos del pasado siglo a unos giros antropológicos que suponen la voladura de los puentes por los que habíamos accedido a interiorizar la incuestionable dignidad del ser humano en cualquiera de sus estadios y condiciones de vida. A partir del momento en que alguien se atreve a proclamar que «Dios ha muerto», se nos viene abajo el puente de la trascendencia. Cuando Dios desaparece del horizonte del hombre hay una pregunta acuciante e insistente: el bien y el mal ¿son realidades previas al hombre o son constructos de ese hombre deicida que se proclama soberano? Una vez que se decide la existencia de un mundo sin Dios, se deduce fácilmente un hombre sin prójimo, una realidad sin verdad y sin sentido.

Es sintomático que, a partir de ese momento empiece a resquebrajarse el puente de la racionalidad dando primacía a lo volitivo, lo instintivo primario, lo imaginativo, lo onírico, lo surrealista. El hombre va perdiendo soberanía sobre la naturaleza y queda reducido también él a naturaleza espontánea entregado a un frenesí dionisiaco.

Surge entonces una historia de desconfianzas: primero en la razón teológica, después en la razón pura, más tarde en la razón práctica. Pero hoy parece que incluso la razón instrumental empieza a ser subordinada a la única razón que parece ser fiable: es la razón económica. Es la razón que rige la búsqueda del beneficio, entendido como interés en términos de ganancia económica. La razón económica, la verdad económica, como verdad económica se nutre del debilitamiento de una razón sin apellidos llamada a servir de referente unificador para dar sentido a la realidad. En último término, creo que el denominado «pensamiento único», propio de la globalización, es una criatura del «pensamiento débil». Es más: la afirmación de la razón económica no es sino un eufemismo para señalar la sustitución de la razón, de la única razón, por la fuerza del mercado.

La necesidad de dar unidad a lo diverso, que ha sido previamente fragmentado, se resuelve ingenuamente al final con la peligrosa afirmación de que no existe más que una realidad: la realidad económica. (Obsérvese, de paso, cómo el materialismo liberal y el materialismo dialéctico terminan confluyendo en el mismo punto). Y si la única razón es la fuerza del mercado, entramos entonces en la dinámica dictada por la ley del más fuerte, dinámica que desemboca en la imposición de unos pocos sobre todos los demás.

Pero, una vez eliminados los referentes últimos del horizonte vital del hombre y, una vez se desconfía de la razón como vehículo de acceso a la verdad, se produce una relativización total de la ley llamada a ordenar las libertades individuales ¿Qué funda, a partir de ahora el deber de la ciudadanía? Todo quedará a merced de las voluntades de los que tengan más capacidad de decidir, de los que tengan más poder, y el «bien común» quedará subsumido en los intereses de los más (los más numerosos, los más fuertes, los más avispados, etc.).

Bien está apelar a los sentimientos de compasión y de solidaridad para prestar atención a esa cohorte creciente de los que no cuentan. Sin embargo, para que surjan sentimientos de este tipo, es preciso que haya algo dado anteriormente en los sujetos a los que se apela.

No me cabe duda de que la toma de conciencia del valor de los que no cuentan pasa por el restablecimiento de los tres puentes volados en nuestra cultura. Una concepción del valor de la persona vinculada a la trascendencia cristiana. Cuando se hace presente a Dios mediante la evangelización se está proponiendo implícitamente una plusvalía del hombre que es, no podemos olvidarlo, una imagen, un signo del Dios vivo. Pero es imagen de Dios no solamente por su razón o su libertad, sino a partir de la toma de conciencia de que el otro está ahí para sacarme de mi soledad y es carne de mi carne como se nos narra magníficamente en el Génesis: el otro, por diferente que sea, es parte de mí mismo. Como manifiesta Henri de Lubac, la historia de los últimos siglos nos enseña la hiriente verdad de que el hombre puede organizar el mundo sin Dios, pero sin él no puede organizarlo más que contra el hombre: que el humanismo que excluye a Dios es un humanismo inhumano.

Por otra parte, será necesario volver por los fueros de la razón como puerta de acceso a la realidad y como guía de la conducta humana. Si sepultamos en el relativismo una ética que debiera ser derivada del análisis racional de la realidad natural y humana, no nos quedarán otros referentes de apelación que los que fundan los primeros estadios de la ética infantil: bueno es lo que produce placer; malo es lo que produce dolor. Todo estaría permitido con la condición de que no genere sufrimiento, y todo estaría permitido para evitar el sufrimiento (el propio y el ajeno).

Volver por los fueros de la razón supone superar ese engañoso culto a la emocionalidad blanda como fundamento del imperativo ético. No me preocupa y ocupa el desvalido porque haciéndolo «me siento bien», sino porque la persona es un valor que exige una respuesta proporcional a su categoría axiológica: el respeto, la atención, el miramiento.

Por último, será preciso restaurar los pilares del puente de la ciudadanía. Una libertad que no alcance a madurar como «libertad con los otros» y a ordenar sus pulsiones estableciendo el principio de que la libertad del otro ha de ser norma, freno y frontera absoluta desde la que yo tengo que vivir la mía, terminará siendo una libertad arbitraria y sin significado. Libertad en la comunidad de convivientes y hacia ella.

Con el cristianismo, el horizonte se ensancha: La función ética del Evangelio —dice Paul Ricoeur— me parece ser la de restituir la atención por el otro. Desde el cristianismo, el sentido de la ciudadanía ya no consiste solamente en ordenar el ejercicio de la libertad. Se trata más bien de la afirmación de que el hombre solamente es auténticamente libre cuando lo es en relación con los demás.

Si Cristo quiso contar preferentemente con los que menos cuentan según la estimación de la lógica humana, Yo te bendigo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios e inteligentes, y se las ha revelado a la gente sencilla (Mt 11,25), quiere decir que los «descartados», según la lógica evangélica poseen un valor añadido por ser precisamente marginales y excluidos que «no es visible a los ojos» y que seguramente solo se pueda descubrir desde el corazón como afirmaba el Principito. Pero el corazón solamente está en disposición de descubrir lo que verdaderamente importa cuando se le ha ejercitado en el «ordo amoris» tal como proponía san Agustín.

Quizás en esto último está una de las claves para ver por dentro lo que verdaderamente importa del otro ser humano. Cuando lo miro y lo trato como torpe o inteligente, como varón o como mujer, como miembro de una u otra etnia, como joven o viejo, casi siempre se termina perdiendo de vista la condición nuclear de la persona. Esa «banalización del mal» que dio origen al horror del holocausto comenzó por despojar a los miembros de un pueblo de la condición de personas y reducirlos a judíos.