“Dios mío, Dios mío: ¿Por qué me has abandonado?”

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Abilio de Gregorio

“Y a la hora de nona gritó Jesús con voz fuerte: Eloí, Eloí,
lama sabchtani? Que quiere decir: Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has
abandonado?” (Mt 27,46; Mc 15,34).
Estamos ante el clímax de una historia real y verdadera en
la que la materia argumental de fondo es la relación de un Dios que hace al
hombre por amor a su imagen y semejanza y, por más amor si todavía cabe, se
hace El mismo, no sólo a imagen y semejanza del hombre, sino que asume en
plenitud, en totalidad, la condición humana.
Es precisamente en la narración de la Pasión y Muerte de
Jesús donde percibimos la dimensión más profunda y, al mismo tiempo, más
dramática de esa novedad del cristianismo respecto a las religiones vigentes.
El Dios infinito y trascendente, imponente, inaccesible, incomprensible, más
grande que lo más grande, el absolutamente Otro, asume la condición de ser humano,
se hace carne como una prolongación de aquel acto creador primero por amor.
Pero Dios se hace carne de ser humano, no como quien decide tener una experiencia
temporal de solidaridad o vivir una generosa aventura durante una temporada en
las chabolas de la humanidad. Dios asume la condición humana, toda la condición
humana por dentro y por fuera, con todas las consecuencias Sólo así, y a partir
de ese momento, dotando de pleno valor humano a lo divino que hay en El, tiene posibilidad
de adquirir valor divino la más pequeña de nuestras acciones humanas.
Parecería que los evangelistas han puesto un especial empeño
en mostrarnos esa humanidad de Jesús al narrarnos precisamente este tramo final
de su vida humanizada. Con total realismo, sin adornos épicos, sin exaltaciones
heroicas: como cualquiera de nosotros. Nada hay en la narración evangélica que
nos recuerde, por ejemplo, al impasible Sócrates enfrentado a la muerte
apurando con serena indiferencia la copa de cicuta. Jesús, por el contrario,
hace suyo nuestro miedo al sufrimiento y a la muerte: se entristece y se
angustia con una tristeza mortal Los evangelistas nos lo muestran en Getsemaní
con todo el horror ante lo que le espera, y llora abatido con el alma encogida
como estaría cualquiera de nosotros en semejantes circunstancias. Su divinidad,
la claridad de su misión no le va a ahorrar lo más mínimo de dolor ni de terror
ante la proximidad cierta del maltrato más cruel y la muerte.
Y ahí, desde ese abatimiento, desde ese miedo al
sufrimiento y a la agonía mortal, clama con la debilidad del desvalido que se
siente en el hondón del agotamiento “¡Abbá, Padre! Todo es posible para Ti,
aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres Tú”.
ME FÍO DE TI
Al leer estas palabras del Señor queda uno íntimamente reconciliado
con su propia debilidad, incluso con su rebeldía ante la adversidad y el dolor.
¿Es que no hay otra manera más soportable de cumplir los designios o la
voluntad de Dios? Sin embargo, y a pesar de todo, la plegaria de Jesús le dice
al Padre: creo que eres un Padre bueno, un Padre que lo puede todo y, por ello,
me fío de Ti y quiero que todo suceda como quieres Tú.
Dicho esto, a Jesús todavía le quedaría el consuelo interior
de saber que Dios no nos prometió ahorrarnos o apartarnos el sufrimiento, sino
que nos prometió estar a nuestro lado para consolarnos y ser un Referente desde
el que pudiéramos dar sentido a la adversidad en los momentos más arduos. Pero
ni siquiera eso puede percibir en el derrumbamiento total por el dolor y por
tanta sangre derramada. Ya no es sólo el sufrimiento físico: a él seguramente
se une un hundimiento anímico tal, que le deja sin recursos psíquicos para
dotar de elevación a lo que está soportando. Todo tan humano… Y es que el Verbo
se hizo carne de verdad, carne de hombre débil, carne expuesta a la soledad, a
la decepción y a la depresión anímica; al amor efusivo, sí, pero también al horror
y al miedo. Porque ese era el camino por el que el hombre podía aprender a ser
imagen de Dios. El crucificado no quitó del mundo el sufrimiento, pero con su cruz
cambió a los hombres. Volvió su corazón hacia todos los hombres que sufrían, y
de esa manera nos fortaleció y nos purificó: nos redimió. Dios se compadece del
doliente, pero la compasión de Dios tiene carne. Se llama flagelación,
coronación de espinas, crucifixión, tumba. Como escribía el entonces Cardenal
Ratzinger en Jesús de Nazaret, con ese grito-oración “lleva ante el corazón de
Dios mismo el grito de angustia del mundo atormentado por la ausencia de Dios
(…) Se identifica con la humanidad que sufre a causa de la “oscuridad de Dios”,
asume en sí su clamor, su tormento, todo su desamparo y, con ello, al mismo
tiempo los transforma Cristo. Ora en ese momento cumbre como Cabeza y como
Cuerpo de la humanidad a la que redime: tiene presente la lucha de todos
nosotros, nuestras propias voces, nuestra tribulación y nuestra esperanza. Nosotros
mismos somos orantes en la comunión con Él”.
Ese “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado”, nos
remite al Salmo 22, palabras que Dios puso en nuestros labios para que las usáramos
al dirigirnos a Él, como nos enseñó Benedicto XVI. Dice el Salmo: “Dios mío,
Dios mío, ¿Por qué me has abandonado? Lejos estás de mí socorro, de las
palabras de mi gemido. (…) Con todo, tú eres el Santo, tú que habitas entre las
alabanzas de Israel”.
¿UN DIOS INÚTIL?
Por allí pasaban escépticos y pragmáticos, viene a decir
el Salmo, que viéndolo como el “oprobio de los hombres y el desecho del
pueblo”, “moviendo la cabeza se decían: Se encomendó a Yahvé… líbrele, sálvele
Él, pues dice que le es grato”.
Son escépticos y pragmáticos como muchos de nosotros, los
que nos fabricamos un dios-fetiche para que impusiera un orden social a nuestra
medida, para que nos quitara el hambre convirtiendo las piedras en pan, para que
nos librara de la enfermedad y del dolor, para que nos asegurara trabajo y
bienestar, para que ahuyentara nuestros miedos ante la muerte… Y cuando llega
la injusticia, el sinsentido, la enfermedad o la muerte, volvemos los ojos y clamamos
a ese dios que nos hemos fabricado y guarda silencio y no acude, gritando decepcionados
¿Dónde está Dios? ¿Para qué nos sirve si no se presenta cuando lo necesitamos. Y
le damos la espalda dejándolo solo en su cruz, o en su sagrario, o en su excluido
y marginado, porque un dios que no nos da lo que pedimos es un dios poco rentable,
es un dios inútil. A veces, detrás de esas palabras hay más cinismo que respeto
real ante el sufrimiento humano. Escribía el Cardenal Ratzinger en El Dios de Jesucristo:
“Resulta sorprendente que las quejas contra Dios sólo en una mínima parte
procedan de los dolientes de este mundo, y en su mayor parte provengan de los
espectadores saturados que nunca han sufrido”.
Con todo, a pesar de todo, nosotros, con el Jesús de la
cruz, diremos: Dios es mi Padre (Abba). Ante el abandono e incluso ante la falta
de capacidad para dar sentido a mi derrumbamiento, “lo único que importa, Señor,
es que Tú sigas siendo Tú”, que sigas siendo mi Dios. Como narra Elie Wiesel en
su obra La Noche, respecto a aquella asamblea de los diez rabinos en Auschwitz
que llaman a Dios a juicio para juzgarlo por el abandono en que les dejó ante
la barbarie. Después de tres días de sesión judicial, declararon a Dios culpable.
Pero inmediatamente después del veredicto de culpabilidad, dijeron todos al
unísono: “Y ahora oremos al único Señor del mundo”.
¿PARA QUÉ?
Ante el dolor, ante la desgracia, ante la tristeza, la
soledad y la desolación, ya no te volveré a preguntar, “Señor ¿Por qué?” No me
importa el por qué; además casi nunca te entiendo tus motivaciones. Sino que
intentaré asirme a tu mano, aunque no tenga fuerzas ni ganas para ello, y te
preguntaré ¿Para qué? Porque me importa saber el sentido de mis sufrimientos y de
mis frustraciones y, mirando siempre hacia adelante, saber para qué me los
envías.
¿Para qué el sufrimiento del inocente y el abandono de
los que tanto hemos amado, y las injusticias con los desvalidos y la
incomprensión y la traición quizás, y la soledad…? ¿Para qué Señor? ¿Qué
pretendes de nosotros con ello? Tal vez mostrarnos que no es con la cruz con la
que cargas en tus hombros, sino que cargas a hombros con el hombre –con todos
los hombres-, conmigo, como con la oveja perdida; tal vez decirnos que hay un
sufrimiento que no es maldición sino que es amor que ha aceptado al hombre por
completo, aun en su culpa y en su miseria y así lo transforma; ¿Para qué,
Señor?
Contéstanos, por favor: Enséñanos tus caminos y danos el coraje
de transitarlos, aunque estemos en los últimos tramos y nos dé miedo.
Nos da miedo a pesar de saber que la cruz no fue la
última palabra de Dios en Jesucristo. La tumba no lo retuvo.
Resucitó y nos habla por el resucitado. En Ti ponemos
nuestra frágil esperanza.