Dios vive en este lugar

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Dios vive en este lugar
Dios vive en este lugar

Por Paz Núñez

Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme.

Entonces los justos le responderán: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte? Y el Rey les dirá: En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis (Mateo, 25 43-44).

Siempre me han interpelado estas palabras de Jesús a sus discípulos, dichas en un momento de intimidad y confianza en un huerto del extrarradio de una Jerusalén inquieta y bullente, llena de contradicciones, de ricos y pobres, de familias y soledades. Como cualquiera de nuestras ciudades.

No es casual que lo dijese ahí. Si nos fijamos, Cristo siempre habla en lugares que permitan a sus interlocutores comprender mejor sus palabras. En este caso, elige una ciudad para dar uno de los mensajes más certeros sobre qué significa vivir en comunidad. La ciudad es espacio de oportunidades, también de necesidades, donde sus habitantes crean vínculos y se afanan buscando una vida que les permita promocionar y crecer como individuos y sociedad. En este sentido, la Jerusalén romana mantiene con nuestras ciudades ser el hábitat donde nos movemos y la materialización de lo que nuestro corazón, como sociedad, desea.

Pongamos, por ejemplo, Madrid. Desde hace mucho sus habitantes colaboran y trabajan para alcanzar una vida buena (fin último de la polis para Aristóteles). Con el tiempo, se ha configurado una ciudad cosmopolita donde los vecinos quieren vivir (el 80% según la Encuesta 2017 de percepción de la calidad de vida). Pero en Madrid también residen familias que no comparten esa vida buena. Aquellos que viven al margen de la ciudad formal, con escasos recursos y el estigma de los empobrecidos. De los varios asentamientos de la periferia metropolitana, hoy me ocupa Cañada Real Galeana. A los madrileños les sonará, aunque probablemente con la imagen sesgada y truculenta que los medios suelen dar del asentamiento (eso vende): marginalidad, mafias de la droga, consumo, delincuencia y un largo etcétera de historias sórdidas. Pero si tenemos la suerte de conocerlo, estos imaginarios se desvanecen.

Cañada Real fue una de las muchas vías pecuarias que desde el medievo recorrían los pastores en busca de pastos para sus ovejas. Por esta trashumancia continua las cañadas enriquecieron cultural y económicamente la península hasta mitad del siglo XX, cuando comenzó su decadencia por el desarrollo de la ganadería estabulada. Aprovechando el abandono de la vía pecuaria que atravesaba Madrid, una parte de los muchos emigrantes rurales que llegaron a Madrid esperando mejorar su vida aprovechando a la creciente demanda de mano de obra para la industria, la construcción y los servicios. Se afincaron en Cañada Real, como en otras periferias. No lo hicieron por añoranza de los espacios abiertos sino porque Madrid no estaba preparado para recibirlos.

Desde entonces Cañada ha sido ocupada por familias que, desde distintas realidades, han construido sus casas y sus hogares a lo largo de 16 km de longitud y 75 m de ancho, generando un extenso poblado chabolista o, técnicamente, una «ciudad informal». Hoy la habitan unos 8.000 vecinos procedente de distintos lugares y culturas: Portugal, Rumanía, Marruecos, Bolivia, Senegal… y, mayoritariamente, España. Aunque esta diversidad podría enriquecer cultural y socialmente a Madrid, no es la visión predominante. El que la mayoría sean familias extremadamente vulnerables o en exclusión severa los estigmatiza y la ciudad formal los mete a todos en el mismo saco de personas non gratas.

Fiesta del Niño en Cañada
Fiesta del Niño en Cañada

No seré necia ni diré que Cañada es un buen lugar. No lo es. Como tampoco lo es nuestro barrio, nuestros vecinos, nuestras familias…, ni nosotros. Pero ahí no todo es venta de droga y delincuencia. Ni mucho menos. Las circunstancias a las que se vieron avocados para establecerse en Cañada son heterogéneas, aunque la mayoría lo hizo «porque no tenían sitio» en la posada —perdón, en la «ciudad formal». Son los excluidos de nuestros barrios; al igual que los que estaban allí, en Jerusalén, al otro lado del huerto de los olivos. Quienes no pueden acceder a un piso porque la crisis se los llevó por delante y no tienen trabajo, porque no han podido estudiar y apenas tienen habilidades sociales, porque Madrid y su idiosincrasia «les intimida». Personas que quizás conocéis, pero no sabéis que viven en Cañada, porque para muchos es un estigma que les obliga a ocultar su domicilio. Pero, pese a lo que podamos imaginar, desde que trabajo con ellos, hace ya una década (primero como voluntaria y ahora desde el Comisionado para Cañada del Ayuntamiento de Madrid) he sido testigo de cómo las palabras de Jesús se hacen vida en sus vidas.

Y me vienen a la cabeza muchas historias que lo avalan.

La de Ratma, mujer marroquí musulmana que por la precariedad económica y social de su país emigró en busca de oportunidades con su marido y tres hijos menores. Sabe que nadie les dará trabajo en los próximos tres años (los requeridos para demostrar arraigo en España) porque estarán «sin papeles» y nadie podrá hacerles un contrato. Pero aguantan. Aguantaremos, Paz, porque tenemos que forjar un futuro para nuestros hijos y en nuestro país no lo hay. Claro, damos por supuesto que el sistema sanitario y escolar es igual en todos lados. Pero no. En Marruecos Ratma no puede pagar el tratamiento médico que precisan dos de sus tres hijos afectados por una enfermedad degenerativa que los tiene postrados en sillas de ruedas. La sanidad pública marroquí es exigua y el humilde empleo de su marido —peluquero— no daba para lo más importante: la salud de sus hijos. Así que se embarcaron en la peligrosa aventura de cruzar el estrecho para lograr un horizonte a los pequeños. Aun así, Ratma tiene su pequeña casa hecha un primor. No le importa que no haya agua corriente o dependa de un peligroso enganche ilegal para ver por las noches. Pese a la humildad y sencillez de la vivienda, se respira hogar. Su marido no se resigna y sigue buscando trabajo mientras ella cuida de los niños: los lleva y trae del colegio con una alegría serena que me conmueve. Cada vez que entro en su cotidianidad salgo interpelada física y espiritualmente. Realmente la madre Teresa tenía razón: Ellos son el signo de la presencia de Dios entre nosotros, ya que en cada uno de ellos es Cristo quien se hace presente.

La de Aurora, gitana madrileña de 46 años. Luce con orgullo en sus brazos a una de sus cinco nietas de apenas un año. La vida no ha sido fácil para ella. De poblado chabolista en poblado chabolista, inmersa en un entorno hostil y con escasas posibilidades de relación con otras familias, otras niñas, otros hombres, otras realidades. Aun así, incansable, lucha con una fuerza arrolladora para salir adelante, sola, sin marido; moviéndose entre administraciones que le proporcionan la Renta Mínima de Inserción (benditos 400 euros), la parroquia de Cañada que le facilita alimentos infantiles y ropa, las entidades sociales que apuestan por ellas. ¿Para cuándo el piso, Paz? Mira cómo estoy… ¡Venga bonita, a ver cuándo me dais la noticia! Tiene toda la razón. Nadie debería vivir como vive. Como sociedad, como comunidad, estamos fallando cuando personas como nosotras se ven avocadas a vivir así. Pero, como bien dice el refranero: De lo que no se habla, no existe.

La de Agustín, el párroco de Cañada. Hombre de Dios, desde toda perspectiva. Divertido, cercano, dispuesto, deportista. Un sembrador de Esperanza que, gracias al Señor y a su docilidad, está logrando de manera silenciosa y comunitaria que muchas familias logren salir de la exclusión. No sólo eso. Está empeñado en acercar posturas políticas, favorecer encuentros y generar confianza con los de enfrente a base de permanecer y de una profundísima experiencia de Dios. Lo está logrando. La tenacidad es su arma y la escucha su virtud. Ahora busca construir un espacio digno para los drogodependientes que malviven en torno a la parroquia. Un espacio donde puedan reposar alma y cuerpo. Lo hará, estoy segura. Porque es de sentido común hacerlo y una responsabilidad social cuidar al que peor está. Dios mediante, ahí estaremos construyendo ese lugar de dignidad. La comunidad parroquial está decidida a seguir trabajando por estas personas. Las más tiradas de nuestra sociedad. Agustín, haciendo vida las palabras que el Papa Francisco, insiste en que tomemos como propias:

Parroquia de Cañada Real. Foto: R. Goycoolea
Parroquia de Cañada Real. Foto: R. Goycoolea

Estamos acostumbrados a una cultura de la indiferencia y tenemos que trabajar y pedir la gracia de realizar una cultura del encuentro. De este encuentro fecundo, este encuentro que restituya a cada persona su propia dignidad de hijo de Dios, la dignidad del viviente. Estamos acostumbrados a esta indiferencia, cuando vemos las calamidades de este mundo o las cosas pequeñas: ‘qué pena, pobre gente, cuánto sufre’…, y seguimos de largo. El encuentro. Si no miro —no basta ver, no, hay que mirar— si no me detengo, si no miro, si no toco, si no hablo, no puedo hacer un encuentro y no puedo ayudar a hacer una cultura del encuentro (13/09/2016).

Hay muchas más historias de vida en Cañada. Panóptico de semejanzas entre ciudades atemporales. Escenarios silenciosos del Evangelio. Como palabra viva, hecha vida, el día a día con estas familias me ofrece un espejo donde se reflejan cuestiones fundantes de mí. Y en mi ser encuentro al Señor, a la espera.

Pensé que era otro el hambriento, el sediento, el forastero de la ciudad informal del que hablaba Cristo en el Evangelio. Sin embargo, soy yo, la de la ciudad formal, la que estaba desnuda y me vistieron, la sedienta y me dieron de beber, la hambrienta y me dieron de comer. Menuda paradoja. Yo, que me creía de los enriquecidos, resulta que el Señor me muestra mi miseria a través de ellos, sus elegidos. Aquellos por los que hay que doblar la cerviz para lograr una equidad social, con los que trabajar codo con codo para lograr una oportunidad, una voz que se escuche, visibilidad. Ellos, los de esa ciudad, los más vulnerables, son Su Rostro. ¿Cómo no estar a su lado?

Dios de amor, muéstranos nuestro lugar en este mundo como instrumentos de tu cariño por todos los seres de esta tierra, porque ninguno de ellos está olvidado ante ti. Ilumina a los dueños del poder y del dinero para que se guarden del pecado de la indiferencia, amen el bien común, promuevan a los débiles, y cuiden este mundo que habitamos. Los pobres y la tierra están clamando: Señor, tómanos a nosotros con tu poder y tu luz, para proteger toda vida, para preparar un futuro mejor, para que venga tu Reino de justicia, de paz, de amor y de hermosura. Alabado seas. Amén. (Papa Francisco, oración final. Laudato si’. 2016).