Dispuestos a dar razón de nuestra esperanza

Formación para la misión en la vida cotidiana

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Brote
Brote

1. La santidad de la puerta de al lado

No pasó inadvertida esta frase de la exhortación apostólica Gaudete et exsultate del papa Francisco sobre la llamada a la santidad en el mundo actual:

«Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad de la puerta de al lado, de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, la clase media de la santidad» (n. 7).

Los «santos de la puerta de al lado» lo son solo porque son humildes y se saben necesitados de la gracia de Dios. La clase media de la santidad, para el papa, abarcaría a la gran mayoría de los santos. Esos que no son reconocidos oficialmente por la Iglesia, pero que son tantos y tan distintos que basta con mirar con ojos limpios para reconocerlos entre nosotros. Más aún, para entender que ese es precisamente el camino a seguir en nuestra vida de fe. De hecho, todos hemos sido santos cuando recibimos el bautismo.

El bautismo aporta una dimensión santificadora al afán humano de cada día. Y así, las tareas que desempeñan los bautizados en su vida cotidiana son el instrumento habitual de su santificación y de la redención del mundo. Esta es su vocación, plasmar la vida de fe y el amor de Cristo en los entresijos del vivir ordinario y normal de los hombres, que es el suyo. Ellos son una presencia santificadora de la Iglesia que asume y prolonga el misterio de la encarnación del Verbo.

Felices, lo que se dice felices, solo lo son los santos. Pero para ser santos no hay que ser extraordinarios. Hay que ser sencillos. Habla el escritor François Mauriac, en su Vida de Jesús, de unos leprosos que llegaban tarde al Sermón de la Montaña. «Bienaventurados», «bienaventurados», «bienaventurados»… Esta era la única palabra que lograban escuchar. «¿Qué dice el maestro?», preguntaba el último de ellos, y el que iba el primero respondía: «Creo que habla de nosotros».

2. La formación indispensable

La secularidad es una de las dimensiones de la Iglesia: es la presencia y la responsabilidad hacia el mundo que a ella le corresponde y en la que participan todos sus miembros según sus funciones propias. El modo que toca a los fieles laicos de ejercer esa secularidad es mostrar al mundo el destino para el que fue creado por Dios y llevarlo a la perfección como partícipes del misterio redentor, a través de sus tareas, actividades y trabajos cotidianos. Más aún, como afirma el propio Concilio, «el cristiano que falta a sus obligaciones temporales, falta a sus deberes con el prójimo; falta, sobre todo, a sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvación» (Gaudium et spes, 43).

En nuestros días la mentalidad dominante ha anegado la mirada cristiana y con ella la certeza que nos mueve a ver en el mundo creado la presencia de Dios y los criterios que nos ayudan a distinguir el bien del mal, la verdad de las apariencias falaces, y la belleza de una seducción envilecedora.

Los bautizados hemos de ejercer nuestra tarea evangelizadora en el mundo y desde él. Para ello es preciso formarse «en las cosas humanas y divinas» para ser realmente fermento en ese mundo, para ayudar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo a recuperar la esperanza y a reconocer a Dios.

Pero nadie da lo que no tiene. Es ineludible fortalecer e iluminar nuestra vida cristiana con certezas que nos permitan ver a Dios en un mundo que desdeña su presencia y su amor, y responder al nihilismo de una civilización podrida de banalidad, ahogada en la superficie. ¿Cómo? Por medio de una fe capaz de generar una cultura a la altura de la dignidad de la persona y de proporcionar razones y claves de esperanza.

Por ello se hace indispensable una formación sólida y asumida con responsabilidad, que nos ayude a descubrir los tesoros de la vocación bautismal, a unificar nuestra vida y a ofrecer respuestas validas a las necesidades de nuestro tiempo: criterios sólidos, lectura de buenos libros, conocimiento del magisterio y de la doctrina social de la Iglesia (Catecismo de la Iglesia Católica), saber escribir y comunicar, suscitar y apoyar iniciativas de incidencia cultural en la sociedad…

Los medios de comunicación son en muchos casos arietes del humanismo ateo contra la fe y la moral cristianas. Nuestras calles y plazas, las redes sociales, el cine, las series y los espectáculos, las universidades, institutos y colegios, los parlamentos y la televisión, son hoy un ámbito en el que los cristianos estamos urgidos a dar razón de nuestra esperanza (1 Pe 3,15).

Una fe que no se hace cultura es una fe «no plenamente acogida, no enteramente pensada, no fielmente vivida», es una fe insuficiente (S. Juan Pablo II). Por eso es imprescindible reabrir el diálogo de la verdad salvadora del Evangelio con un mundo relativista y secularizado, preso en el nuevo espacio digital, adorador de ídolos deshumanizadores. Y para ello, además de la piedad se pide una formación adecuada a las propias capacidades y circunstancias.

3. Movilización en amplitud y profundidad

Recuerda el venerable P. Tomás Morales en multitud de ocasiones y escritos, que la raíz más profunda de la crisis que hoy atraviesa el mundo es la deserción de los bautizados que dejan de ser fermento en medio del mundo, su desinterés por el apostolado, por formarse en su fe y en su responsabilidad evangelizadora.

Este fue el núcleo de la vocación fundadora del padre Morales: la movilización en amplitud y profundidad de los seglares bautizados. Y el punto de partida de esta movilización es la renovación interior y una formación a la altura de la misión evangelizadora en nuestro tiempo.

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