Educación en un tiempo de Crisis

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Andrés Jiménez Abad
Más allá, detrás y en el
fondo de los problemas económicos y de los escándalos políticos, hay mucho más
en lo que pensar. Los medios de difusión y las redes sociales nos ofrecen una
visión del momento más que preocupante: corrupción, quiebras empresariales,
paro, recesión económica, inestabilidad política, contestación y agitación
callejera, descenso en los niveles de bienestar material y emocional,
desigualdades crecientes… El panorama no se ciñe a un solo país, aunque a cada
uno le parece que el suyo es el no va más, por la proximidad de los datos, la
notoriedad de los personajes o la experiencia sufrida en las propias carnes o
las de los allegados.
Pero la crisis que agita
una buena parte del planeta no es sólo ni esencialmente económica. Es
consecuencia de algo más serio y más profundo, se trata una crisis moral, de
pensamiento y de sentido. Decía Ortega y Gasset -hace ya muchos años, pero es
de gran actualidad- que “lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa”.
Es general la sensación
desoladora de que “estamos mal, muy mal”, y se repite constantemente la castiza
expresión: “con la que está cayendo…”, sin entrar en más detalles, con la
convicción de que todos sabemos, más o menos, de qué se trata. Pero se habla de
economía y de política, sin ir más al fondo. Porque hay un fondo, y de eso no
se habla…, porque no se ve, o no se quiere ver.
“La que está cayendo” en
economía y en política es consecuencia de algo que viene de antes: cuando se
pensaba que estamos en este mundo para enriquecernos y pronto, para disfrutar y
“pasarlo bien”, sin sufrimiento. Hay un credo universal que se estableció como
mentalidad dominante y que podemos denominar, sin demasiada inexactitud,
utilitarismo y hedonismo. Es también lo que está en la entraña del consumismo:
pensar que la felicidad se compra con dinero y que consiste en lograr de forma
inmediata lo que se desea, y a toda costa.
Y así, unos y otros,
cada uno en su registro, cantábamos a coro aquél dicho anglosajón de que “cada
uno mire para sí y al último que se lo lleve el diablo”. La mentalidad liberal
desde el siglo XVIII insistía en que si cada individuo buscaba su riqueza, una
“mano invisible” (la expresión era de Adam Smith, que no se sabe muy bien si se
refería a la Providencia o a las leyes del mercado) propiciaría la riqueza
general. La canción tiene también su versión socialista, metiendo de por medio
a las clases sociales, al curso de la historia y al Estado. Total, que a
distintas voces la melodía de fondo no es muy diferente (suena algo así como:
“todos queremos más, los paraísos están aquí abajo, atrápalos”…
democráticamente).
Pero, al parecer, a la
famosa “mano invisible” de la que hablaba Adam Smith le gusta jugar a los
dados… o a algo peor. Entre otras cosas, porque en muchos casos la riqueza y el
éxito de unos se logra a costa de los demás. Y lo peor de todo es que el
bienestar material por sí sólo tampoco parece llenar las ansias más hondas del
corazón humano. Y de la vieja canción -que según parece es más antigua que los
mismos anglosajones al final se escucha siempre el eco: “¿Por qué, Señor, que
esto sólo no basta?”, como decía Blas de Otero.
Pero volvamos a “la
crisis”. Aún más serio que el cierre de las empresas, la paralización de la
construcción y del gasto público, es que la honestidad haya sido derrotada como
valor social por el afán de riqueza. Ahora nos lamentamos, ay. Porque hay algo
dramático en la codicia de bienestar material: ignorar dónde están los límites.
Saber qué es lo que no se puede -no se debe- hacer. Porque al final pasa lo que
cuenta también Ortega del rey Francisco I de Francia. Como es sabido, era éste
enemigo encarnizado de Carlos I de España, y las guerras entre ambas naciones
eran el pan nuestro de cada día. Alguien preguntó al monarca galo cómo era
posible que siendo primos hermanos los dos reyes, vivían en tal rivalidad. A lo
que Francisco contestó: “-Es que en realidad estamos de acuerdo: los dos
queremos Milán”.
Así las cosas, si no se
reconoce una instancia superior que establezca dónde está la diferencia entre
el bien y el mal, y dónde acaba la libertad codiciosa de cada uno, se produce
la “dictadura del relativismo” y con ella el camino más directo a la decadencia
moral, en la que los peor parados son siempre los menos fuertes: el no nacido,
el desfavorecido social y económicamente, el que no tiene preparación o
trabajo, el que ya no se puede valer por sí mismo, sea enfermo o anciano… Y es
que el que hace la norma hace la trampa, el que mueve los hilos de las
ideologías reinantes desprecia a la persona, el que tiene los medios de
comunicación y difusión manipula criterios, hechos y conciencias… El fin
justifica los medios: atrevámonos a todo con tal de que no nos pillen. El
dinero y el poder son dioses sin entrañas.
EDUCACIÓN DE CALIDAD: EDUCAR, ¿PARA QUÉ?
Lo raro de todo esto
sería que la educación no se viese afectada. Es verdad que los resultados son
malos en muchos países, como muestran una y otra vez más evaluaciones
internacionales. Es verdad también que se ha politizado de forma nefasta, que
desde fuera y desde dentro se ha convertido en un campo de batalla entre
ideologías y entre grupos de poder. Claro, se halla en juego la orientación de
las conciencias de los niños y los jóvenes.
Y luego están los otros
temas: que la formación de los jóvenes no garantiza un puesto de trabajo
-¿debería?-, que no hay disciplina ni respeto en las aulas, que el profesorado
presenta niveles de estrés elevadísimos, que la autoridad ha dejado de ser un
valor educativo, que una grandísima parte de las familias ha dimitido de su
función educadora, que la enseñanza pública ha sido colonizada por la izquierda
y se agranda el abismo y el enfrentamiento entre ésta y la enseñanza privada,
como si no tuvieran un quehacer común más importante que sus diferencias; que
los estudiantes varones fracasan estrepitosamente en comparación con las
mujeres -hablamos de 15 a 20 puntos de diferencia porcentual de fracaso, sobre
todo en secundaria-, las altísimas cifras de fracaso escolar (el 32% no se
gradúa en enseñanza secundaria obligatoria) y de abandono temprano (28,5%), que
la inversión dirigida al sistema educativo no se ve satisfecha con una mejora
de resultados, que el vertiginoso cambio cultural y tecnológico de la sociedad
exige a su vez una preparación adecuada -no sólo técnica- de los jóvenes y de
sus maestros, que muchas empresas se lamentan del nulo nivel de los hábitos
personales de respeto, modales, responsabilidad, constancia, afán de
superación… de los jóvenes candidatos a un puesto de trabajo, que el uso del
tiempo libre juvenil y el consumo de sustancias nocivas escapan al control de
la sociedad y de las familias…
Algunos, apuntando a
España, que es un buen escaparate de lo que está pasando o va a pasar en otros
países, lo resumen en el escandaloso número de jóvenes “ni-ni”: que ni estudian
ni trabajan. En realidad, se quedan cortos en el análisis. Es más escandaloso
que esos jóvenes sean en realidad “ni-ni-ni”: ni estudian, ni trabajan… ni les
importa. Exigen -es un decir- que los problemas se los resuelvan otros, el
Estado por ejemplo. El fracaso educativo es aún más dramático que el fracaso
escolar. Nótese que no hemos querido aludir a las creencias y convicciones
morales de nuestros jóvenes, o cómo se enfoca concretamente la “educación
sexual” en las leyes y en los centros escolares -lo cual merecería una
reflexión aparte, más ponderada-  para no
ahondar más en la herida. Todo esto apunta a una verdadera crisis de sentido.
Para los sesudos
analistas de la cosa, se hace urgente mejorar la calidad de la educación: ¡oh,
menos mal! Y por eso proponen que el aprendizaje sea más entretenido y
diversificado, que se insista en la formación en idiomas extranjeros y en la
competencia digital del alumnado para mejorar su empleabilidad. Ya. Bueno. Eso
no está mal. Pero… ¿así es como se va a mejorar, de verdad, la calidad de la
educación? Decía Unamuno de cierto intelectual famoso de su época que “era
capaz de decir tonterías en cinco idiomas”. Lo más importante, para empezar, es
acertar en la primera de las preguntas: Educar, ¿para qué? La respuesta óptima
pero insuficiente a esta pregunta es: tenemos que educar para que nuestros
hijos, nuestros alumnos, sean felices. Bien, pero ¿tenemos claro dónde está la
fuente de la felicidad?
LA NECESIDAD DE UNA REFORMA
Si la actual crisis, en
el fondo, es una crisis de finalidades, de valores y de sentido, la solución y
el camino hacia el futuro vendrán de la mano de la educación de las personas,
de las nuevas promociones de jóvenes a las que hoy estamos educando. Pero para
ello hay que empezar por saber hacia dónde ha de ir la educación. Por ejemplo,
¿qué es más importante: ser honestos o ser ricos? Lo demás estará bien, pero es
secundario con relación al sentido de la vida, a la diferencia que existe entre
el bien y el mal, a la experiencia que permite descubrir la belleza, y
diferenciar la verdad de las apariencias.
En España, como
decíamos, se tiene la impresión de que el actual sistema educativo ha fracasado
en muchas cosas. En esto se parece a otros países que impulsaron un modelo tan
chato como el nuestro, y a aquellos que -oh, tristeza- lo copiaron (muchos
países hispanoamericanos, por ejemplo).
Los datos que ofrecen
las evaluaciones generales, son penosos sin paliativos. En la última década se
ha duplicado el presupuesto público destinado a la educación, pero los
resultados no han mejorado en absoluto. El sistema educativo español presenta
muy graves problemas de fracaso escolar y abandono temprano. Nada menos
equitativo que un sistema en el que una cuarta parte de los jóvenes sale del
mismo sin haber adquirido los conocimientos y las competencias mínimas para insertarse
en el mercado laboral.
El espíritu emprendedor
-y no sólo el empresarial-, al parecer, brilla por su ausencia. Suele decirse
que estamos ante la generación de jóvenes mejor preparada de la historia; esto
es matizable. Vale para un sector, precisamente el que se coloca, emigra en
busca de puestos de trabajo en el extranjero, o se lo está pensando. Sin
embargo, hay otro inmenso sector de gente joven mediocremente cualificada o
directamente fuera del circuito educativo, que abandonó por el camino. Otro
dato interesante -éste, por lo demás, incluye a los países educativamente más
destacados- es que la inmensa mayoría de quienes ocupan este segundo grupo son
varones.
Desde 1980, con el
Estatuto de Centros Escolares (LOECE), del ministro de UCD Otero Novas, se han
venido sucediendo varias leyes que han pretendido reformar el sistema educativo
español: 1985: LODE, del ministro Maravall, y la base de la reforma socialista,
que estableció los límites a la iniciativa social en educación, que definió
como servicio público, pasando a convertirse en atributo del Estado; 1990:
LOGSE, que establece un nuevo modelo de escuela, con una nueva finalidad de la
enseñanza: la transformación social y el igualitarismo, dejando de lado la
transmisión del conocimiento; 1995: LOPEG, del ministro Pertierra, sigue la
línea de la LOGSE aunque intenta dar cierta solidez a la dirección de los
centros ante el desprestigio y pérdida de autoridad reinantes. Cuando el PP de
Aznar asume el gobierno en 1996, mantiene el sistema y modelo LOGSE, hasta que
al final de su mandato, en 2003, intenta aplicar su propia ley, la LOCE, que
intenta reinstaurar la cultura del esfuerzo y da consistencia a la atención a
la diversidad del alumnado, pero no llega a aplicarse porque el Gobierno
Zapatero la paraliza inmediatamente al subir al poder en 2004. En 2006 instaura
una nueva ley, la LOE, famosa por la creación de la Educación para la
ciudadanía, entre otras cosas. El marco de la LOGSE sigue vigente sin cambios
del todo esenciales, si bien en 2011 se aprueba la Ley de Economía sostenible,
que introduce varios cambios en la estructura de la Enseñanza Secundaria.
En suma, en 18 años, de
6 Leyes Orgánicas 5 son de iniciativa socialista y la que iba a instaurar el
Partido Popular no llegó a aplicarse. A pesar de los cambios y correcciones, el
modelo LOGSE permanece intacto.
Según el informe
elaborado por McKinsey&Company, “Educación en España. Motivos para la
esperanza” (enero 2012), es necesario apostar por factores como la estabilidad
y calidad del tejido familiar, el nivel de formación del cuerpo docente y la
calidad de los procesos educativos en los centros. También es generalmente
reconocida por todos los estudios recientes la importancia de la evaluación
externa de los rendimientos escolares, con el fin de que los centros y los
responsables de la administración educativa rindan cuentas a la sociedad de
manera transparente (OCDE: Synergies for Better Learning. An International Perspective on Evaluation and Assessment).
¿ES LA LOMCE UNA OPORTUNIDAD?
Nada más llegar al
gobierno, el PP de Rajoy se ha lanzado a plantear una nueva ley, la LOMCE, que
se quiere poner en vigor en 2015-16, y que se presenta como una corrección en
algunos aspectos de la LOE, destacando la flexibilidad en los itinerarios
académicos seguidos por el alumnado, el establecimiento de evaluaciones
externas -ojo: deberían ser corregidas de forma fiable, no por los evaluados-,
la implantación de una FP básica para recibir al alumnado que abandona
tempranamente el sistema escolar sin cualificación suficiente, el
reconocimiento de la libertad de creación y elección de centros, una nueva
ordenación de la enseñanza religiosa, una mayor autonomía en la dirección de
los centros y la consiguiente rendición de cuentas…
Algunas críticas,
procedentes sobre todo desde la oposición y desde la izquierda en general,
acusan al anteproyecto de la LOMCE de un marcado economicismo, y de mostrar la
educación casi como un proceso productivo más. Ha sorprendido también a muchos
que se haya relegado la enseñanza de las humanidades y de la filosofía.
Es evidente que el
sistema educativo debe estar coordinado con el sistema productivo, y que debe
preparar a niños y jóvenes para un escenario complejo y en vertiginosa
transformación -se habla ya de la ‘era del postconocimiento’-. Hay que mejorar
la empleabilidad de los jóvenes, permitir que nuestro país se posicione mejor
en la economía global, hacernos más fuertes y competitivos, canalizando mejor
el talento de los jóvenes que, en la economía de hoy, es la “nueva riqueza de
las naciones”…
Pero también es cierto
que la persona es más que una pieza del sistema económico. De hecho, la crisis
económica actual es consecuencia de una crisis antropológica y de valores más
profunda. De ahí la necesidad de una buena formación moral, humanística y
filosófica.
Desde otros sectores
sociales, críticos con el modelo socialista, se lamenta un planteamiento
educativo autocomplaciente, que en nombre de la “cohesión social” y la “equidad”
practica un igualitarismo a la baja, y desconecta de la realidad eludiendo el
esfuerzo, la exigencia, la disciplina, el afán de superación y de excelencia.
Este es un planteamiento educativamente fallido.
La educación, es verdad,
no debe ser un factor generador de injustas diferencias culturales, sociales y
económicas. Pero también ha de ser motor de innovación, asunción de riesgo,
invitación a lo mejor, y para todos. No merece la pena entrar en una dialéctica
excluyente. La educación puede estar orientada a la excelencia, el
emprendimiento y a su vez, a la equidad y la atención sin exclusiones.
La LOMCE podría ser una
buena ocasión para ir al fondo del problema y no sólo a los resultados y las
consecuencias (algunas). Es preciso mirar más lejos, más allá de los intereses
del partido o de la ideología; está en juego algo de verdad importante. Y la
educación es tan importante que no se puede dejar en manos de la confrontación
política.
Apuntando a la raíz, la
educación debe cuidar por encima de todo la formación cabal del carácter, del
afán de conocer la verdad, la responsabilidad moral y social, la honestidad, la
resistencia la frustración, el respeto a la dignidad de todo ser humano, el
compromiso social y solidario con el bien común…
La educación es un factor
impulsor de cambio, de innovación y de desarrollo social en una sociedad que
plantea nuevos retos. Por ello es imprescindible impulsar a todos los niveles
-familias, equipos directivos, profesorado, alumnado, núcleos creadores de
opinión una cultura permanente de motivación a la excelencia en educación. Pero
al hablar de excelencia no hablamos de destacar y sobresalir a cualquier
precio; se trata de dar lo mejor de uno mismo, de suscitarlo en cada alumno.
Debemos apostar por aquellos valores y virtudes que sostienen la calidad de las
personas y de los sistemas educativos, erradicando el relativismo intelectual y
moral.
LOS EDUCADORES
La LOMCE no entra en
ello, pero es sabido que el factor más decisivo de toda reforma educativa es la
calidad moral, humana y profesional de los educadores. Esto implica la
formación inicial y permanente del profesorado y un sistema de selección que
escoja de verdad a los mejores. Se ha dicho, y está contrastado empíricamente,
que nunca un sistema educativo puede aspirar a una calidad superior a la
calidad de sus docentes.
Pero también es
fundamental impulsar la autoridad moral del profesorado y la revalorización de
la profesión docente en todos los niveles, la recuperación de su prestigio, el
crecimiento de la legítima autoestima y el compromiso ético de los educadores.
Y eso empieza por el compromiso renovado del profesorado en su buen hacer, que
será fuente principal de autoridad y prestigio ante sus alumnos, ante ellos
mismos y ante la sociedad en su conjunto. Hacen falta maestros de vida, grandes
maestros.

Y otra cosa, para
terminar, aquí sólo apuntada: si la familia no respalda con una formación
humana de base, el trabajo del profesorado será en vano. La familia ha de poner
las bases, ofreciendo el clima afectivo, el buen ejemplo y la exigencia
amorosa, el equilibrio emocional, los hábitos, las creencias esenciales y la
escala de valores al afrontar la vida cotidiana. Ha de elegir responsablemente
el mejor tipo de educación para sus hijos, exigirlo y defenderlo. Entramos ya
entonces en algo aún más esencial, que dejamos para más adelante.