Educadores misericordiosos como el Padre

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Por Javaier Segura
—Quiero
pedirte una cosa: ayúdame a vencer mi timidez.
Miré con una sonrisa agradecida a ese joven, y en él
vi reflejado a tantos que, como guía espiritual, nos piden que les ayudemos a
crecer, a madurar. Cada uno con nuestro talón de Aquiles, todos necesitamos
vencer las fuerzas que nos empujan hacia abajo, y dar un salto hacia arriba
para salir de nuestra mediocridad. Pero de una forma especial los jóvenes, por
su fragilidad y por la propia etapa de crecimiento en la que se encuentran,
buscan una mano amiga que les ayude a vencer sus defectos, a dar lo mejor de sí
mismos.
El educador debe tener ese corazón de padre que le
exija al joven y le muestre el camino para ser su mejor yo. Que no se conforme
con mediocridades. Que le anime a levantar la mirada y le aliente en la lucha
contra sus defectos de carácter, en la pugna por vencer la impureza y en la
pelea para sobreponerse al ambiente cómodo y blandengue.
Pero a la vez, —y aquí viene la segunda parte que
aprendimos en la Milicia de Santa María magistralmente de la mano de Abelardo
de Armas—, a la vez que se exige, hay que saber acoger al joven en su
fragilidad y en su debilidad. Hay que alentarle en sus caídas. Hay que hacerle
conocer y amar el barro frágil y quebradizo del que estamos hechos. Hay que
enseñarle el camino de la santidad en el combate contra sus miserias,
alegrándose de verse y sentirse pequeño.
Hay que tener, en resumen, un corazón misericordioso
como el Padre.
Inevitablemente cuando pienso en ese padre, que sabe
amar a la vez con ternura y exigencia, me viene a la memoria el recuerdo de
Abelardo. Él sabía conjugar esa amalgama que debe tener todo educador: ternura
de madre y firmeza de padre.
Abelardo nos lo enseñó con sus palabras y con su
vida de una manera muy especial en el campamento. Allí nos hacía contemplar la
suavidad del musgo recubriendo el duro granito. Y mirándolo nos enseñaba a ser
educadores de otros, a ser guías que conjugasen ese amor exigente con los
educandos, que pide y acoge a la vez. ¡Y nos lo enseñó también con sus
canciones! Subiendo a las cumbres de Gredos, repetíamos esa estrofa de la
canción ‘Montañero’ que compuso Abe con la melodía de la canción ‘De colores’.
Cuánto cuesta, cuánto cuesta creer que miserias, / son gracias muy
serias que matan el yo. /
Y que el alma se hace grande si se ve pequeña, / con tal de que busque los
brazos de Dios.

Sí, el educador ha de tener el corazón del Padre.
Pide, marca el camino correcto, pero sabe que el auténtico crecimiento se dará
sólo si brota de dentro, si respeta la libertad del educando. Y por ello,
también está pronto a acoger con misericordia, con entrañas de padre y madre,
cuando el hijo regresa roto de las experiencias de la vida, de sus propios
errores y caídas. Y frente al instintivo ‘ya te lo decía yo’ sabe acoger con un
abrazo, levantarle del suelo con una voz de ánimo, con una invitación a seguir
caminando.
Exigencia y misericordia no se pueden, no se deben
separar. Una sin la otra desemboca en una educación deshumanizada, por dura o
por consentida. Una y la otra, mano a mano, unidas en el corazón del educador,
ayudan al joven a crecer libre, robusto, seguro. Porque las dos son reflejos
del mismo rostro, el del amor incondicional de Dios.
Y es que la misericordia es, en sí misma,
tremendamente exigente. De entrada para el propio educador.
Amar con misericordia es lo contrario a un amor
sentimental y blando. Amor de misericordia es una amor activo, un amor que se
preocupa por el que está al lado, que no se queda mirándole diciendo
simplemente “mira: ¡qué pobrecito!”. Es un amor eficaz, que pone remedio, que
saca al otro de su agujero. Es un amor que no tiene nada de sensiblero, sino
que tiende la mano para ayudar al joven y se implica con toda la vida.
Un amor de misericordia obliga a hablar con verdad
al joven:
—He estado pensando en lo que me dijiste y me hizo
reflexionar. No puedo ir detrás de las chicas como una babosa. He decidido
cambiar mi forma de mirarlas.
Un amor de misericordia marca metas concretas:
—Entonces, ¿qué tengo que hacer para mejorar mi
relación con los demás? ¿No pelearme con mis hermanos en casa?
Un amor de misericordia enseña al joven a ser él
mismo misericordioso y preocuparse por los demás:
—¿Lo que dices es que deje de mirarme a mí mismo y
sea menos egocéntrico?
En fin, un amor misericordioso es un amor expropiado
de uno mismo. Como lo es el del Padre.
—Llevo días pidiéndole
a Dios que ponga en mi camino alguien que me ayude, me decía un joven en
una tanda de Ejercicios Espirituales.
Yo mismo había sentido en mi interior que Dios me
pedía estar cerca de ese joven y echarle una mano, pero me resistía, porque
sabía lo que implicaba de entrega, preocupaciones, dejarse el corazón. Pero el
Señor sabe vencer siempre esas dificultades.
—¿No he de escuchar la
petición de mis hijos más pequeños?, me
susurró en la oración.

Sí, para ser educador es necesario tener un corazón
como el del Padre, rico en misericordia.