Educar a los jóvenes ante el reto de la ideología de género

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El reto
El reto

El reto

Todo educador debe ser muy consciente del mundo en el que le toca vivir, de sus corrientes culturales, de sus movimientos sociales. Porque no somos islas, sino hijos de nuestro tiempo en gran medida. Y la sociedad en la que vivimos configura nuestra forma de pensar y de relacionarnos.

En este cambio de época, más que época de cambios, como apuntaba el papa Francisco, la ideología de género es sin duda uno de esos paradigmas culturales más relevantes. Un cambio de dimensiones históricas, ya que anula el mismo concepto de naturaleza humana, y que está trasformando las entrañas de nuestra sociedad.

El propio papa Francisco comentaba a los obispos polacos: «En Europa, América, América Latina, África, en algunos países de Asia, hay verdaderas colonizaciones ideológicas. Y una de estas —lo digo claramente con nombre y apellido— es el «gender». Hoy a los niños —a los niños— en la escuela se enseña esto: que cada uno puede elegir el sexo. ¿Por qué enseñan esto? Porque los libros son los de las personas y de las instituciones que dan el dinero. Son las colonizaciones ideológicas, sostenidas también por países muy influyentes. Y esto es terrible. Hablando con papa Benedicto, que está bien y tiene un pensamiento claro, me decía: «Santidad, esta es la época del pecado contra Dios creador». (…) Lo que ha dicho el papa Benedicto tenemos que pensarlo: “Es la época del pecado contra Dios creador”» (Cracovia, 27 de julio de 2016).

Aunque quizás lo más significativo del momento en que vivimos es que esta ideología ha dejado de ser una opinión más en un mundo plural, para ser la única forma de pensamiento posible, tanto por la presión social como por la legislativa. Es el sordo miedo a que te llamen homófobo o el temor real a que te pongan una multa si enseñas algo fuera de lo políticamente correcto.

¿Qué podemos hacer los educadores —padres y madres, profesores, catequistas…— ante esta situación?

Obviamente la solución fácil de pensar que esto no va conmigo, o no me va a afectar, es totalmente descartable, por cobarde o por ingenua. Hay que ser audaz… a la vez que inteligente. Y, sobre todo, discernir desde la verdad del evangelio cómo hemos de educar en nuestras comunidades cristianas para salir al paso de este gran reto.

  1. Un tema que debemos abordar y planificar. La primera idea importante es saber que es un tema que tenemos que abordar. Sea cual sea el ámbito donde el educador tenga contacto con los jóvenes (clase, catequesis, grupo de tiempo libre…) ha de saber que tendrá que acometerlo. Por ello es bueno que sea programado, en los momentos correctos, llevando la iniciativa el educador…, y no como simple respuesta medio improvisada a las preguntas de los jóvenes.
  2. Presentar presupuestos previos básicos. En esa planificación hemos de tener en cuenta que hay algunos conceptos que hay que haber trabajado previamente: la dignidad de la persona, desmontar el relativismo, trabajar criterios básicos de ética y moral… De esta forma cuando llegue el tema de la ideología de género tendremos una base puesta sobre la que cimentar.
  3. Trabajar en grupo e individualmente. Hay una doble dinámica educativa que es siempre importante, y en este tema es vital, que es el trabajo con el grupo y la charla personal. Las dos necesarias. Hay que hablar del tema con el grupo de jóvenes que estemos acompañando, y con ellos analizarlo. Pero también la conversación personal es de una especial relevancia al tratar temas más personales, que difícilmente en grupo el joven se atreverá a plantear delante de sus compañeros.
  4. Exponer el tema ampliamente. En todas estas materias controvertidas el adolescente especialmente busca una respuesta de sí o no, breve…, y que no tenga que pensar mucho. ¿Estás a favor de los gays? ¿Sí o no? Hay que salirse de esa dialéctica y llevar el adulto el ritmo de la explicación. Y esto necesita tiempo…, mucho tiempo. El educador ha de tomarse todo el tiempo necesario para exponer desde cero la visión de la sexualidad que proponemos exponiendo una antropología correcta. No se trata de ir a la contra, a la defensiva, sino más bien al revés, ser propositivo, explicar la belleza del amor humano.
  5. No tener miedo a las preguntas. Nuestros jóvenes, también los cristianos, viven en un ambiente en el que la ideología de género ha calado. Y seguramente tienen amigos que se declaran abiertamente homosexuales. Es normal que su visión esté llena de dudas y preguntas. Especialmente porque no quieren herir a esos compañeros. Sentir que escuchamos todos sus planteamientos, sin entrar directamente a rebatirlos, sino a comprenderlos, será la primera actitud que el joven debe captar en nosotros.
  6. El respeto y la acogida como actitud. Debemos visualizar y verbalizar que la actitud del cristiano hacia personas que tengan atracción hacia otra del mismo sexo es de acogida y respeto. Planteando como referencia la búsqueda del bien para cada persona. Esa actitud desarma muchos planteamientos que han hecho ver a la Iglesia y a los cristianos como enemigos e intolerantes. En ese buscar el bien de la persona, el bien de las personas con atracción hacia el mismo sexo, también se ha de percibir la honestidad en los planteamientos —aunque en principio se pueda no estar de acuerdo— como parte del respeto a su dignidad. Precisamente porque queremos ayudar de verdad la respuesta ha de ser honesta, exponiendo la verdad sobre la persona y la sexualidad humana. Esa honestidad es parte del respeto que debemos a todas las personas.
  7. Desarrollar una pedagogía de la verdad, sabiendo exponer a cada edad de la manera aludida los conceptos que correspondan. Especialmente en las edades más tempranas, hemos de dar certezas, como clave de un crecimiento armónico. Quizás uno de los grandes males pedagógicos de la ideología de género es que genera la duda sobre la propia identidad como base del crecimiento, cuando es al revés: maduramos desde las certezas que vamos consiguiendo, también las de la propia personalidad. Esta exposición nunca ha de utilizar palabras ofensivas. No debe entrar en la dialéctica. Tienen que buscar serenamente la verdad. Ayudará para ello exponer ejemplos de jóvenes que se han visto en esa situación y cómo se les ha ayudado realmente desde la Iglesia, y no hacer un discurso demasiado abstracto ni apologético. O sea, una exposición que es todo un arte, pero que es especialmente importante cuidar cuando estamos trabajando con niños y adolescentes. No podemos olvidar la pedagogía al exponer un tema tan complejo como éste.
  8. Enseñar a valorar y conocer la propia sexualidad. En esta dinámica educativa hemos de ayudar al joven a vivir con gozo y plenitud su sexualidad, a descubrir la riqueza del otro sexo como complementario y enriquecedor de mi propia sexualidad.
  9. Derivar a especialistas. Si con quien tratamos es un joven que se encuentra personalmente en esta situación, hemos de ser especialmente delicados y acogedores, a la vez que humildemente saber que hemos de ponerle en contacto con algún especialista que le pueda ayudar como profesional.
  10. Educar en la virtud de la castidad. Mostrar la belleza del amor humano, de una sexualidad ordenada, de los valores del compromiso, la entrega, la apertura a la vida. Porque el corazón humano, más allá de las pasiones que quieren aprisionarlo, añora un amor de verdad y para siempre. Un amor que refleje el plan de Dios creador, tal como nos soñó para que fuésemos felices.

Quizás esta sea la clave más importante. Educamos a la persona completa. Y, como decía el padre Morales y nos repetía Abelardo de Armas, las ideas se entienden cuando se viven y se dejan de entender cuando se dejan de vivir. Si el joven vive su propia sexualidad de forma ordenada, estará más preparado para entender el plan de Dios sobre el ser humano.

Un horizonte mucho más rico y amplio que la espiral atosigante en la que nos quieren atrapar, que lo reduce y juzga todo en clave sexual.

Es verdad. La mejor forma de educar a los jóvenes que viven en esta sociedad es precisamente liberarnos de la pansexualización, que lo quiere impregnar todo. No caer en darle a la sexualidad la centralidad cultural que desde la ideología de género se plantea. Más bien al revés. Abrir horizontes en otros ámbitos vitales, especialmente de entrega a los demás y de generosidad desinteresada.

El aire fresco de la vida, con toda su rica realidad, será el mejor camino para desmontar la ideología de género. Porque no hay nada que se oponga más a cualquier ideología que la realidad. A la ideología de género: la realidad de la vida en plenitud para la que hemos sido creados.