Educar corazones que escuchan

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Sergio Tapia-Velasco
Sergio Tapia-Velasco es profesor asociado de Retórica y Antropología, Facultad de Comunicación Institucional, Pontificia Universidad de la Santa Cruz, Roma.

«Cada vez que nos encontramos con un ser humano en el amor, quedamos capacitados para descubrir algo nuevo de Dios. Cada vez que se nos abren los ojos para reconocer al otro, se nos ilumina más la fe para reconocer a Dios».

Papa Francisco, Evangelii gaudium, 272.

Por Sergio Tapia-Velasco

Ya en el 2009, los obispos de Italia diagnosticaron que nuestra sociedad pasaba por una emergencia educativa, caracterizada no solo por el abandono y la ignorancia de muchos conceptos que antes formaban parte del imaginario católico popular, sino, sobre todo, por un creciente individualismo que, agravado por el consumismo de masa, corría el riesgo de generar una sociedad estéril, estancada en un materialismo sin Dios. Ahora nos damos cuenta, quizás con un dramatismo que no nos esperábamos, que nuestros jóvenes han sido engañados durante años a través de una propaganda sutil que, invocando la necesidad de autorealizarse, de buscar el éxito a todo coste, les escondía que, en este mundo, nadie se realiza solo: Dios nos creó en comunión, y solo a través del encuentro con el Otro y con los otros (1), podemos alcanzar nuestra plenitud personal. El egoísmo, esa autorrealización mal entendida, solo termina por generar tristeza e injusticias.

Hace quince años, Ken Bain publicó el libro What the best college teachers do (2), en el que se preguntaba qué podemos aprender de los mejores profesores universitarios americanos para mejorar en nuestro proceso educativo. Bain confirmó, entonces, que en ocasiones nos conformamos con que nuestros estudiantes pasen un examen, sin preguntarnos si realmente han aprendido algo que verdaderamente pueda influir en su modo de vida, de pensar o de sentir. Desafortunadamente, en ocasiones, el papel de los educadores se limita a transmitir datos, olvidándose de que el aprendizaje performativo (ese que no solo informa, sino transforma la vida) se consigue cuando los conocimientos se construyen, y no simplemente se transmiten. No se trata de rellenar la mente de nuestros alumnos, sino de ayudarlos a pensar, desafiarlos intelectualmente de modo que los inspiremos para plasmar un pensamiento crítico propio, que los ayude a tomar esas decisiones de encuentro que den lugar a una vida plena.

Ayudar a pensar es un proceso complicado que pone en juego muchas variables. Hoy, quiero solamente detenerme en una: el educador debería aplicar muchas de sus energías a enseñar a escuchar. La tarea educativa exige, ante todo, generar hombres dispuestos a estar nuevamente en silencio, para escuchar a los demás y enriquecerse con el don de la existencia de los otros. Cuando el joven Salomón se encontró entre sus manos con la responsabilidad de que se había convertido en rey —lo recordarán bien— le pidió al Señor la gracia de la sabiduría, de tener un corazón dócil. Literalmente el libro de los Reyes dice: «Concede a tu siervo un corazón que sepa escuchar para juzgar a tu pueblo y para saber discernir entre el bien y el mal» (1 Reyes 3:9). Pienso que nosotros estamos llamados a suscitar en nuestros alumnos ese mismo deseo.

El papa Benedicto XVI lo expresaba así en su mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones del 2012: «El silencio es parte integrante de la comunicación y sin él no existen palabras con densidad de contenido. En el silencio escuchamos y nos conocemos mejor a nosotros mismos; nace y se profundiza el pensamiento, comprendemos con mayor claridad lo que queremos decir o lo que esperamos del otro; elegimos cómo expresarnos. Callando se permite hablar a la persona que tenemos delante, expresarse a sí misma; y a nosotros no permanecer aferrados solo a nuestras palabras o ideas, sin una oportuna ponderación. Se abre así un espacio de escucha recíproca y se hace posible una relación humana más plena» (3).

De algún modo, independientemente de la materia que cada uno de nosotros enseñe, hay una asignatura precedente que tenemos que transmitir: delante de cualquier problema, escucha, intenta entender, comprende, empatiza y, solo, si es verdaderamente necesario, intenta resolver.

Marco Fabio Quintiliano, en sus famosas Institutiones oratoriæ, explicaba que, en cierta forma, toda la educación termina por ser educación para la retórica: transmitir enseñanzas que capaciten a los niños a conversar y a discutir sobre cualquier materia. Sin embargo, para Quintiliano, esa educación —entre otras cosas— parte de dos consideraciones previas: por un lado, el ejemplo de vida virtuosa del maestro (4), pues un maestro que no vive lo que enseña termina por ser un tirano; por otra, la necesidad constante de formar a los alumnos en las buenas maneras, pues solo quien está dispuesto a tratar bien a sus interlocutores, a pesar de lo distantes que puedan ser sus ideas, conseguirá ser un buen orador. Tendrán que pasar casi dieciocho siglos para que los estudios de cortesía de la comunicación pongan en evidencia que las buenas maneras no son simplemente «forma» del mensaje, sino también «contenido». Cuando hablamos, no solo transmitimos una idea, sino que, en cierto modo, nos transmitimos.

Por eso, la comunicación —y, con mucha mayor intensidad la docencia—, inicia por aquello que Aristóteles llamaba eunoia (eu-, bueno y –noein, pensar) y que Tomás de Aquino tradujo por benevolencia (bene volere = querer bien). Hay que pensar bien de nuestro interlocutor, de nuestro público, de nuestros alumnos. De ahí que la primera virtud comunicativa o la primera de las partes artis oratoriæ (de las partes de la retórica) sea para Quintiliano la intellectio, ese intus-legere, leer dentro de nuestro público, para entender qué es lo que les interesa, qué es lo que necesita y, a partir de ahí, de la necesidad de quien me encuentro delante, intente construir mi discurso, un discurso que no será una imposición de las ideas que me gustan o interesan, sino que será una respuesta ad hoc para la persona con quien me he encontrado.

El papa Francisco no cesa de hablar de que nuestra misión es forjar una cultura del encuentro. El silencio atento que intenta entender al otro es el primer paso para que ese encuentro pueda ser un descubrimiento y no un choque.


(Notas)

1.- cfr. Pierangelo Sequeri, La cruna dell’ego. Uscire dal monoteismo del sé, Vita e Pensiero, Milán 2017.

2.- Ken Bain, What Best College Teachers Do, Harvard University Press, Cambridge MA 2004. Traducido al español por Óscar Barberá y publicado en 2005 (Publicacions de la Universitat de Valencia; 2ª edición en 2007) con el título: Lo que hacen los mejores profesores universitarios.

3.- Benedicto XVI, Mensaje para la XLVI Jornada mundial de las Comunicaciones Sociales «Silencio y Palabra: camino de evangelización», 20 de mayo de 2012, https://bit.ly/2NbcCmd.

4.- Cfr. Institutiones oratoriae, Libro II, Cap. II.