Ejercicios espirituales, la novena sinfonía de san Ignacio

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Foto: Anton Repponen
Foto: Anton Repponen

Por Blanca Rosa Martínez y Miguel Ausín

Una fuente de inspiración

Preludio. Escribir sobre los Ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola y su relación con la música parece una temeridad, pero es ciertamente tentador. De entrada, nos aventuramos a dúo a parafrasear al cantautor español Juan Pardo: Bravo por la música de los ejercicios.

Prestissimo. Sí, la vida de san Ignacio y su libro de los Ejercicios espirituales es, de hecho, una fuente de inspiración musical constante. Baste citar, como botón de muestra, tres producciones del último quinquenio: la primera, la Sinfonía jesuita, del compositor Venus Rey Jr., compuesta después de haber leído San Ignacio, solo y a pie, del P. Tellechea; la segunda, el Concierto para alcanzar amor, del compositor y pianista Miguel González-Vallés, inspirado en su experiencia personal de los ejercicios ignacianos; y, la tercera, los diversos sellos discográficos de San Pablo Multimedia, el más reciente Ignacio íntimo. Sinfonías, conciertos, canciones… unos y otros, tratan de reflejar las vibraciones más íntimas de la experiencia personal y espiritual de san Ignacio y de la cual el Pueblo de Dios (CV II, LG, 9) viene bebiendo desde hace más de quinientos años.

Una sinfonía espiritual

Haciendo un ejercicio de imaginación, siempre limitado y matizable, podemos buscar la similitud entre el itinerario espiritual de los Ejercicios con una sinfonía musical de cuatro movimientos.

El primero de ellos, allegro, correspondería con el «Principio y fundamento», una pieza alegre, rápida y vigorosa que da paso a los siguientes movimientos que el santo de Loyola denomina semanas. Pretende despertar el asombro del ejercitante al conocer el origen y el fin de su vida: «El hombre es criado para alabar (cantar alabanzas) a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su ánima…» [EE 23].

El segundo movimiento, adagio, es un tempo de purificación; más lento y con un tono opuesto al allegro. El contraste es fuerte e intenso, pero realista. Supone reconocer que la libertad del hombre ha desafinado al interpretar el plan de Dios, y aceptar ser afinados de nuevo por la gracia del Verbo Encarnado.

El tercer movimiento, incluye toda la vida de Cristo desde su encarnación en las entrañas de María hasta su ascensión a los cielos y se divide en dos partes, scherzo y trío: la etapa iluminativa (conocer para amar) y la etapa unitiva (comunión).

El cuarto y último movimiento de los Ejercicios, también del tipo allegro, alcanza la cima de un gran himno de amor y alegría, entonado al unísono entre el Creador y la criatura. Un ritmo en crescendo, desemboca finalmente en un fortísimo y apasionado: «Tomad, Señor, y recibid» [EE 234]. Constituye el pasaje más jubiloso de la sinfonía espiritual de los Ejercicios. Su efecto, como el de una piedrecita en un lago, se expande en círculos concéntricos insospechados que se prolongan más allá de la propia experiencia de Ejercicios, tomando cuerpo en la vida personal, familiar, social y eclesial.

Este ejercicio de imaginación nos invita a un ostinato anual; repetir, volver cada año a interiorizar y vivir, durante unos días, la experiencia personal de encuentro con Dios: un manantial de paz interior, un río de «agua viva», una cascada de música que sobrepuja todas las fiestas y cantos de sirena del mundo. «Música callada, soledad sonora» (san Juan de la Cruz, Cántico espiritual).

Una nota pastoral

Interpretando la partitura ignaciana, «el que da los ejercicios», «modo y orden», adaptará la velocidad e intensidad de cada movimiento según la edad, madurez y disposición del ejercitante. También, desde el punto de vista pastoral, podrá servirse «tanto cuanto» de la música y los cantos, en momentos concretos. Especialmente en la liturgia, fuente y culmen de los Ejercicios y de la vida cristiana. Los temas, acordes con la temática del día, deben poseer una dimensión orante, para facilitar la contemplación. Pueden ser temas musicales, canciones o cantos breves significativos, adagios, para introducirse en el espacio interior, habitado por Dios. Ahí, el ejercitante podrá captar las vibraciones más intimas de las cuerdas del alma y podrá «sentir y gustar de las cosas internamente». Al fin y al cabo, «la música es el lenguaje de Dios» (Ludwig van Beethoven).

Cantores, profetas y médicos

Ignacio, el Peregrino, se desvive presto por encontrar al Padre en cada nota y en cada compás del camino, como compañero de Jesús. Después, llegará la Compañía. Hoy, también, el don de los Ejercicios es capaz de alumbrar nuevos compañeros de Jesús: cantores, profetas y médicos, para la Iglesia y el mundo. Cantores que animen la marcha, minueto, y alienten la esperanza; profetas valientes que alerten de los peligros del camino, aun a costa de ser incomprendidos o perseguidos; y, médicos humildes que curen con aceite las heridas. Cantores, profetas y médicos se complementan mutuamente. Por ello, el Espíritu en Ejercicios renueva la fe que engendra comunión, comunidad, movimiento: una orquesta bien afinada.

Una hermosa música

El papa emérito Benedicto XVI al concluir unos ejercicios espirituales, mostraba su agradecimiento al director con estas sorprendentes palabras: «Me impresionó en particular la anécdota en la que nos habló de su amigo que, estando en coma, tuvo la impresión de encontrarse en un túnel oscuro, pero al final veía un poco de luz y sobre todo oía una hermosa música. Me parece que esta puede ser una parábola de nuestra vida: con frecuencia nos encontramos en un túnel oscuro en plena noche, pero, por la fe, al final vemos una pequeña luz y oímos una hermosa música, percibimos la belleza de Dios creador y de la criatura, del cielo y de la tierra».

Finale. Son los Ejercicios espirituales, sin duda alguna, una sinfonía espiritual singular, pero inacabada. Su santo patrono, en la inspirada oración Alma de Cristo concluye con una súplica: «En la hora de mi muerte, mándame ir a ti, para que con tus santos te alabe» por toda la eternidad. Con santa María y su canto del Magníficat; y con el Espíritu Santo, el Eterno ruiseñor.

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