El amórmetro

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Amórmetro. Ilustración: Juan Francisco Miral
Amórmetro. Ilustración: Juan Francisco Miral
El amor no tiene cura, pero es la única medicina para todos los males.
—Leonard Cohen—

Narciso García Yepes (1927-1997) cuando estaba enfermo y aún podía desplazarse dificultosamente con ayuda de muletas, un miércoles de ceniza, al volver de la eucaristía, le dijo a su mujer Maysia:

—Estoy enfermo, por lo tanto, no tengo que hacer ayuno, hazme un buen desayuno, ¿quieres?

—¡Lo que usted mande! ¡La cafetería está abierta!

—¡Pues un par de huevos fritos, como en Buenafuente(*)!

—¡No sé, si sabré hacértelos tan ricos como los de madre Teresita que le salen con puntilla y todo!

Ese tono de broma, esa luz en su cara, todo ofrecía la apariencia de la más absoluta normalidad. En mi fuero interno di gracias por la gracia recibida y en vez de ir a la cocina me dirigí a darle un beso.

—Narciso, tengo que decirte algo, te amo muuu…

No me dejaba nunca acabar la frase, interrumpía para decir:

—¡Y yo más!

Era como un rito entre nosotros. Y si estaba de muy buen humor seguía la broma diciendo que no se había inventado el amórmetro para medir y averiguar quién era el que amaba más.

Se atribuye a la madre Teresa de Calcuta la frase: Amar hasta que duela, y cuando duela, seguir amando. Así puede desaparecer el dolor y al final solo quedar el amor. Algo diametralmente opuesto a los mensajes que los medios de comunicación nos ofrecen continuamente: amar es sentir y cuando no siento, no amo.

El amor, para ser verdadero, debe sustentarse en la renuncia, en el sacrificio, y no en la sensiblería. Y esperar reciprocidad, pero no exigirla inconscientemente, como aquel amigo mío que le decía a su novia: Si reñimos, tú pierdes más que yo: porque yo podré amar a otras como te amo a ti, pero a ti nadie te amará como te amo yo. Y se llenaba de decepción cuando pensaba que su novia no estaba a su altura.

Parece que mi amigo no era muy asiduo de san Juan de la Cruz: El alma que anda en amor ni cansa, ni se cansa, ni descansa. Claro que ni san Juan ni la madre Teresa identificaban el amor con la sensiblería.

Todos los días nos brindan multitud de pequeñas ocasiones para ejercitarnos en el amor: tratar a las personas y cosas con delicadeza, no protestar, huir de las excusas, sonreír, ser agradecidos y educados, ofrecernos para hacer favores, etc. Mil detalles menudos, algunos casi imperceptibles que, aunque no se puedan cuantificar, actúan como auténticos amórmetros.

* Monasterio Cisterciense de Olmeda de Cobeta (Guadalajara).