El Atrio de los Gentiles, lugar de la adoración del Dios único

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Mons. Melchor Sánchez de Toca
Subsecretario del Consejo
Pontificio de Cultura
El
atrio de los Gentiles”: el nombre suena como un exclusivo club inglés, un lugar
donde se reúnen personas cultas y educadas para discutir deportivamente acerca
de las más variadas cuestiones. La realidad es mucho más prosaica, pero también
mucho más interesante, y tiene su origen en una propuesta lanzada por el Papa
en su discurso a la Curia Romana, con motivo de las navidades, el 22 de
diciembre de 2009. En aquella ocasión, el Papa invitó a la Iglesia a abrir un
«atrio de los gentiles» donde poder acoger a los no creyentes y ateos que, de
alguna manera, buscan a Dios. La imagen sugestiva empleada por el Pontífice y
la rapidez con que comenzó a traducirse en una iniciativa concreta, encomendada
al Consejo Pontificio de la Cultura, han contribuido a difundir este término en
toda la Iglesia, aplicado a las realidades más dispares. Presentamos, pues,
este atrio de los gentiles, partiendo de la imagen, el templo de Jerusalén, para
entender qué pretendía el Papa cuando la propuso a toda la Iglesia.
El Atrio de los Gentiles se
refiere a la vasta explanada que rodeaba el Santuario de Jerusalén, lugar de la
morada de Dios. A este gran espacio, delimitado por una balaustrada, podían
acceder también los no judíos, que en hebreo son llamados “los pueblos” o “las
naciones”, goyim, los cuales se distinguen de el pueblo por antonomasia, ha‘am.
Los traductores alejandrinos de la Biblia vertieron los pueblos como ta ethne,
en latín gentes, de donde gentilis o perteneciente a los pueblos. Esta designación
puramente etnogeográfica acabó adquiriendo una connotación religioso-teológica:
los otros pueblos, que no conocen al verdadero Dios y se postran ante los
ídolos, son quienes no conocen al verdadero Dios, que corresponde vagamente a
lo que hoy denominamos “paganos”.
Una gran explanada a la que
todos tenían libre acceso, en la que se hallaban también los cambistas, los
vendedores de animales para el sacrificio, los escribas, amén de charlatanes y
curiosos. Es también el espacio en el que Jesús solía enseñar y, sobre todo,
donde realizó el gesto profético de la llamada purificación del Templo, más
propiamente purificación del Atrio.
Expulsando a los vendedores,
Jesús citaba al Profeta Jeremías (7,11), el cual acusaba a sus connacionales de
haber convertido el Templo en una cueva de ladrones, porque se había convertido
en el símbolo de un culto exterior, vacío. Pero un templo convertido en una
cueva de ladrones ya no goza de la protección de Dios y se encamina hacia su ruina,
no porque Dios lo destruya, sino porque se ha privado voluntariamente de su
fundamento. Al mismo tiempo, Jesús citaba también un texto de Isaías que
anunciaba el destino universal del templo. Benedicto XVI, en su libro Jesús de
Nazaret, comenta así el significado profundo de la “purificación” del templo:
La acción de Jesús subraya esta
apertura interior de la espera, que en la fe de Israel se mantenía viva… Según
su palabra, en la purificación del Templo se trata precisamente de esta
intención fundamental: quitar lo que es contrario al conocimiento y adoración
comunes de Dios, abrir por tanto el espacio a la común adoración (J. RATZINGER,
Jesús de Nazaret II, 28).
Jesús, por tanto, anunciando
el fin inminente del sistema de sacrificios ligado al templo, que quedará
sustituido por el verdadero templo, es decir, su propio cuerpo, anuncia ya la
apertura a la universalidad del atrio de los gentiles, el espacio de la común adoración.
Añadiendo a las citas de los
profetas empleadas por Jesús la referencia al pasaje de Hch 17 sobre el «Dios
desconocido» —que precisamente en Jerusalén se da a conocer, manifestando su nombre—
el símbolo del Atrio designa, por tanto, un espacio al cual todos acceden en
busca de Dios, y remite por ello a la necesidad de no perpetuar las barreras que
dividen los pueblos, a un espacio que es, a la vez, sagrado y abierto a todos.
Si de la imagen pasamos a la
realidad, a la luz de estas consideraciones parece claro que, al proponer un
diálogo con los no creyentes, el Papa no invita tanto a crear un espacio neutro
para dialogar con quienes no creen, o aceptar una invitación a entrar en diálogo
con ellos en su propio campo, cosas ambas perfectamente legítimas y
provechosas, cuanto abrir un espacio sagrado, —la Iglesia, que es el nuevo
Templo (Jn 3,21)—, para acoger en ella a quienes no creen.
Es importante recordar que
las palabras con que Benedicto XVI propuso el atrio de los gentiles se enmarcan
en su comentario al viaje a la República Checa, uno de los países con mayor
índice de secularización en Europa y en todo el mundo. La imagen del Atrio se
enmarca, pues, en una reflexión acerca de la increencia, que aparece al
comienzo y al final de su discurso. Esta preocupación por los no creyentes no
es una novedad en Benedicto XVI: la había expresado muy claramente durante el
encuentro con los periodistas a bordo del avión que lo llevaba a Praga y en
numerosas otras ocasiones, como por ejemplo, en la convocatoria al encuentro de
Asís de un grupo de no creyentes. El Atrio de los Gentiles nace, pues, de una
preocupación por aquellos que no creen, una preocupación pastoral, en el sentido
genuino de la palabra, que, en términos laicos podríamos expresar con la
categoría de care, la cura o la atención. En este sentido, más que una serie de
iniciativas o de estructuras, hablar del «Atrio de los Gentiles» expresa una
actitud interior de acogida y escucha hacia quienes no creen.
Además, muy
significativamente, Benedicto XVI menciona la atención a los no creyentes en
relación con la nueva evangelización. Cuando se habla de «nueva evangelización»,
—observa Benedicto XVI— las personas que no creen se «asustan» o sienten molestas,
porque entonces se perciben a sí mismas no como destinatarias de un mensaje sino
como objetos de una estrategia de conquista. Justamente, nadie desea verse a sí
mismo como un objeto, sino como sujeto. La «libertad de pensamiento y de
voluntad» de cada hombre requieren un respeto incondicionado, que para algunos
se verían amenazadas cuando se habla de «evangelizar». Al mismo tiempo, sin
embargo, no es posible desinteresarse sin más por quienes no creen,
abandonándolos a merced de un buenismo relativista que sostiene que todas las
ideas poseen el mismo valor. Con ello se plantea aquí la dialéctica entre la
exigencia del anuncio el Evangelio a toda criatura y el respeto a la libertad y
voluntad del destinatario. Naturalmente, no se puede renunciar al anuncio el
Evangelio, puesto que es una misión recibida de Cristo mismo; lo que se pide al
cristiano es aceptar que el reconocimiento de la verdad tiene su propio ritmo
en cada persona, y que, aun cuando el deseo más íntimo sea que todos «conozcan al
Padre y lleguen al conocimiento de la verdad» (Jn 17,3), hay que admitir que a
la plenitud de la verdad cada uno llega solo a pequeños pasos, siguiendo su
propio ritmo.
En cuanto a los
destinatarios de esta atención pastoral, el no creyente a quien parece dirigirse
idealmente es aquel que, si bien siente la religión como algo extraño y a Dios como
un desconocido, sin embargo, no se contenta con el craso materialismo, ni con
las respuestas de un mundo cerrado a la trascendencia; alguien, en definitiva,
que busca como a tientas, clara alusión al Dios desconocido de Hch 17. Se trata,
por tanto, de alguna manera, de personas en «quienes la cuestión de Dios sigue
estando presente, aun cuando tengan dificultades para creer que Dios se ocupa
de nosotros», «para quienes Dios es desconocido y que, a pesar de eso, no
quisieran estar simplemente sin Dios. Esto excluye del diálogo, por su propia
naturaleza, el ateísmo obtuso y panfletario, un fundamentalismo ateo, especular
respecto al fundamentalismo religioso. E igualmente excluye el ateísmo práctico
que se traduce en indiferencia ante la cuestión de Dios, en un vivir ut si Deus
non daretur, que caracteriza la cultura secular occidental. Los ateos en
quienes piensa Benedicto XVI son personas que experimentan serias dificultades para
creer en Dios y sin embargo, de alguna manera, mantienen viva la búsqueda de lo
desconocido.
Todo lo anterior se puede resumir
en torno a la centralidad de la «cuestión de Dios» o la «búsqueda de Dios», un tema
que casi como en filigrana atraviesa el pensamiento del pontífice teólogo y que
constituye la médula de su discurso. La «cuestión de Dios» constituye una
especie de trascendental humano, una dimensión presente en todos los hombres, que
representa como la gramática común sobre la que se articula el diálogo con los
no creyentes: «debemos preocuparnos de que el hombre no descarte la cuestión
sobre Dios como cuestión esencial de su existencia; preocuparnos de que acepte
esa cuestión y la nostalgia que en ella se esconde».
Además de su dimensión existencial
y personal, la cuestión de Dios posee también una relevancia social y cultural
de primera magnitud. En el pensamiento de Joseph Ratzinger, la «cuestión de
Dios» es la primera y más importante de todas las cuestiones que el hombre
puede plantearse. Se trata de la gran cuestión, articulum cadentis vel stantis
humanitatis, es decir, saber si existe Dios y si de alguna manera lo podemos
conocer y entrar en relación con él. Saber, en definitiva, si somos producto del
destino ciego de la materia o bien somos objeto de un proyecto amoroso, aun
cuando éste se haya ido desplegando a través de un proceso evolutivo de
millones de años, imprevisible en sus detalles. En definitiva, saber si somos producto
de la pura materia irracional, o si en el origen de todo existe un ser personal
que ha querido que estuviéramos aquí libre y amorosamente. La cuestión de Dios
es, pues, insoslayable, y tiene que volverse a plantear en el debate público. Una
sociedad que se desinteresa de las cuestiones últimas y se limita únicamente a
discutir acerca de las penúltimas, se vuelve mortalmente aburrida.
Con el Atrio de los Gentiles
el Papa invita a la Iglesia a mantener viva la cuestión de Dios como problema central
de la existencia, cuestión que interroga profundamente a creyentes y a muchos de
los que se llaman ateos o no creyentes.
Para Benedicto XVI son compatibles
el anuncio del Evangelio y el diálogo respetuoso e inteligente con los no creyentes.
En realidad no son dos cosas distintas, sino modalidades diversas de aquel
coloquio que Dios ha querido entablar con los hombres (Pablo VI, Ecclesiam
Suam, 28). Un coloquio es una llamada a la conversación; apela a la libertad y
a la voluntad del destinatario. Es un «formidable requerimiento de amor», en palabras
de Pablo VI, con sus características de claridad, mansedumbre, confianza y prudencia,
que resplandecen en la intención de Joseph Ratzinger al proponer el diálogo con
los no creyentes.
La búsqueda se convierte así
en una condición antropológica que hermana a creyentes y no creyentes en la
categoría del homo quaerens. San Agustín habla en sus escritos con frecuencia de
un Deus semper quaerendus, un Dios a quien se busca para encontrar, y que una vez
encontrado, sigue siendo objeto de búsqueda: «Nam et quaeritur ut inveniatur
dulcius, et invenitur ut quaeratur avidius» (De Trinitate, XV, 2,2). Ciertamente,
para el creyente se trata de una búsqueda diferente, sostenida por la fe, pero que
no ahorra exigencias ni oscuridades, como lo muestra sobradamente la
experiencia de la noche oscura de la que hablan los místicos.
En esta búsqueda común del Deus semper maior el Consejo ha hecho
suyas las palabras del gran poeta y sacerdote italiano David María Turoldo,
publicado en Canti Ultimi, hasta
convertirlo en una especie de himno del Atrio de los Gentiles:

«Hermano ateo, noblemente pensativo,
en búsqueda de un Dios
que yo no sé darte,
atravesemos juntos el desierto.
De desierto en desierto, vayamos más allá
del bosque de los credos,
libres y desnudos hacia
el Ser Desnudo
y allá,
donde la palabra muere
tenga fin nuestro camino».

EN BUSCA DEL DIOS
DESCONOCIDO
El concilio Vaticano II, en
su Mensaje del 8 de diciembre de 1965 a los pensadores y científicos, exclamaba:
“Felices los que, poseyendo la verdad, la buscan más todavía a fin de
renovarla, profundizar en ella y ofrecerla a los demás”. Tal es la razón
de ser del “Atrio de los gentiles”.
En la vigilia de Navidad de
2009 Benedicto XVI lanzó la idea del “Atrio de los gentiles”, y dijo que
su finalidad era mantener despierta la búsqueda de Dios entre agnósticos y
ateos, como primer paso hacia su evangelización. Confió la puesta en marcha de
la idea al Presidente del Pontificio Consejo de la Cultura, el hoy cardenal
Gianfranco Ravasi.
Y su primera edición tuvo
lugar en París el 24 y el 25 de marzo de 2010 con un impacto notable.
El “Atrio de los gentiles”
prosiguió con una secuencia apretada de encuentros en distintos países, en un
crescendo que culminó el 5 y 6 de octubre de 2012 en Asís, con un elenco de
participantes record, empezando por el presidente de la república italiana,
Giorgio Napolitano, agnóstico de formación marxista.
El 16 y 17 de noviembre del
pasado año, en Guimarães, Portugal, con el tema “la aspiración común de afirmar
el valor de la vida humana”, Benedicto XVI quiso aportar su propia
reflexión: “El valor de la vida se convierte en evidente sólo si Dios existe.
Por esto, sería bello si los no creyentes quisieran vivir “como si Dios existiera”.
Aunque no tengan la fuerza para creer, deberían vivir en base a esta hipótesis:
en caso contrario, el mundo no funciona. Hay tantos problemas que deben ser resueltos,
pero que no lo serán nunca del todo si no se pone Dios en el centro.”

El Cardenal Ravasi sostiene
que el Atrio de los Gentiles constituye “un compromiso a largo plazo de la Iglesia”
y tiene como objetivo contribuir a que en las sociedades actuales sean tenidos
en cuenta, y debatidos con una reflexión racional común, los grandes interrogantes
de la existencia humana, sobre todo los de carácter espiritual.