El babycook de la educación

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Babycook
Babycook. Ilustración: José Miguel de la Peña

¿Usted sabe qué es un babycook? El nacimiento de varios niños en mi entorno me ha permitido descubrir una infinidad de instrumentos supuestamente necesarios para la crianza de los mismos. Sorprende la cantidad de utensilios, ropajes, cosmética, carritos y un largo etcétera con los cuales parece ser que se hace más fácil, segura y cómoda la crianza de los niños. No en vano, los fabricantes del babycook aseguran que: «Este robot de cocina ofrece la mejor solución para preparar la comida de los bebés y niños en poco tiempo y sin esfuerzo…».

Sin embargo, entre tan inmenso bagaje no encontraremos, por mucho que se busque, el instrumento o manual que permita educar «a los bebés y niños en poco tiempo y sin esfuerzo…». Ni está en la canastilla, «ni se le espera».

Una joven madre me pide, con razón, que le recomiende un libro sobre cómo educar a los hijos, añadiendo la coletilla: «Algo que merezca la pena leer». Me permito darle alguna recomendación, no sacada de la literatura pedagógica, sino de la experiencia de cientos de generaciones que nos precedieron y gracias a las cuales nosotros hemos llegado a ser lo que somos.

Aunque en este artículo me referiré a la educación de los más pequeños, cualquier lector podrá deducir que sirve para cualquier edad, si bien en la adolescencia, juventud o madurez es cuando se constata la ausencia de una buena educación. Como decía el poeta: El niño de hoy es el padre del adulto.

Si usted quiere saber de modo rápido y sin esfuerzo la salud educativa, humana, y espiritual de una familia, clase, asociación o comunidad, incluida la sociedad española, observe cuántas veces utilizan en ese colectivo las palabras por favor, gracias y perdón.

En estas palabras se condensa el secreto de una buena educación, ya que sintetizan un cúmulo de ideas, creencias, actitudes y virtudes sin las cuales no es posible ni enseñar en la escuela, ni ser plenamente hombres, ni vivir en paz en la sociedad. Bastaría tomar el pulso, escuchar el latido de estas expresiones en la vida corriente para hacerse una idea del nivel ético y de la convivencia de nuestra sociedad.

Permanecen en nuestra memoria de modo indeleble, como si estuvieran grabadas a fuego, aquellas frases que forjaron nuestra infancia. Antes de solicitar algo que no era nuestro oíamos siempre: ¿Cómo se piden las cosas?, a lo que respondíamos: Por favor. Del mismo modo cuando recibíamos algo gratis se nos preguntaba: ¿Cómo se dice?, a lo que sin dudar contestábamos: Gracias. Y cuando nuestro comportamiento no era el esperado, antes incluso del castigo, debíamos pronunciar la cada vez más olvidada palabra: Perdón.

Estas tres palabras transmiten y enseñan una actitud ante la vida, un modo de ser y de obrar. Suponen aceptar que cada uno de nosotros no somos dioses, que no tenemos derecho a todo lo que nos apetece ni deseamos. Requieren una actitud vital, el conocimiento y aceptación de nuestras limitaciones, tanto en lo material como en el resto de los bienes, dones y capacidades.

El aprendizaje de estas palabras significa algo más: saber que los demás existen, que tienen sus derechos, sus riquezas, dones y capacidades que, más allá de toda justicia, pueden compartir o no. Supone saber que todos somos igualmente dignos como personas, pero a la vez limitados en todo tipo de bienes, y que, sólo en la entrega mutua de lo que es propio de cada uno, podemos alcanzar un razonable desarrollo o plenitud.

Pedir las cosas por favor es aceptar que no tenemos derecho a todo por el hecho de nacer, y que, a su vez, tenemos muchos deberes, empezando por respetar los derechos y bienes de los demás. Por ello, porque creemos que darnos, regalarnos algo depende de su generosidad, de su entrega, nos atrevemos a pedirle por favor lo que no está obligado a darnos. Por el contrario, «su majestad el niño», ese prototipo de monstruo infantil que muchas veces estamos criando, no sabe qué es pedir las cosas por favor, porque en su concepción vital cree que todo le pertenece y, ante la mínima frustración o negativa a que le den lo que exige, muestra su enfado con llantos, pataletas infantiles o incluso agresiones.

No es de extrañar que en una sociedad donde está ausente la palabra «por favor», la violencia sea un modo frecuente de comportamiento entre los adultos que olvidaron lo que debieran haber aprendido de niños. Como diría Borges: El hombre es la larga sombra que el niño proyectará en el tiempo. Instruir a un niño es preparar la venidera historia del mundo.

Del mismo modo, el agradecimiento es la actitud de quien reconoce la generosidad, muestra respeto y admiración por el comportamiento de lo que gratuitamente ha recibido de los demás. Por ello la ausencia de la palabra «por favor», corre paralela a la palabra «gracias». Pero en el fondo, nada hay gratuito en la creación, excepto la creación misma. Todo cuesta, y para que algo sea gratis, otro debe hacer el esfuerzo de entregarlo, ya sea con alegría o resignación. En cualquier caso, quien recibe algo gratis muestra a través de la expresión el reconocimiento de ese esfuerzo y entrega por parte del donante.

Por último, la palabra perdón, o su sinónimo castellano «lo siento», es la expresión de nuestra limitación y, a la vez, de nuestra grandeza moral. Pedir perdón es ser consciente de que no somos los creadores del bien ni del mal, aquella vieja tentación que está en el origen del hombre como especie y de cada uno de nosotros. Con frecuencia nuestras debilidades, cansancios, limitaciones y defectos nos impiden acomodar lo que somos con lo que debemos ser. No cabe mayor grandeza en ese momento que reconocer nuestro error, nuestra limitación y pedir perdón.

Estas palabras que sintetizan la buena educación, el modo de crecer como personas, también son una magnífica guía del crecimiento espiritual. Recordemos que Dios es Padre, atrevimiento que sólo los cristianos nos permitimos decir. Nuestra oración, nuestra vida misma, debe ser una súplica, un agradecimiento y una solicitud de perdón. La misericordia divina no es más que la respuesta tierna de Dios al hombre que entona con humildad esas tres palabras: por favor, gracias, perdón.