Por Paloma Martín-Esperanza,
profesora en la Universidad Autónoma de Madrid.
Algunos dicen que el catolicismo está de moda. La publicación del último disco de Rosalía, Lux, de claras connotaciones místicas, coincidió con el estreno de la película Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa, en la que la directora explora el conflicto familiar a partir de la vocación religiosa de una joven. Los medios de comunicación vieron en esta simple coincidencia la prueba de que, al menos en España, se estaba produciendo un boom católico. Una suerte de resurgir. Una conversión masiva al credo de Roma. El diario El Mundo dedicó un pódcast al tema y un medio tras otro fueron indagando en la cuestión, sumando datos estadísticos, entrevistas y toda la información de rigor. El análisis de los tertulianos, que parecía meramente anecdotario y simpático, se recrudeció después de que la presidente de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, invitara al grupo Hakuna a cantar unas canciones en la Puerta del Sol. El adoctrinamiento juvenil y la derechización de la sociedad pasaban a formar parte de la explicación global. Al fenómeno se sumó, por último, el estreno en plena Nochevieja (y en la televisión pública) de la nueva canción de La Oreja de Van Gogh, en la que Amaya Montero cantó a pleno pulmón: «Yo creo en Dios, a mi manera». Manos a la cabeza. El 2026 viene fuerte.
Este breve resumen de los hechos nos sirve para explicitar la tontería imperante. Pero ¿cómo que el catolicismo está de moda? El catolicismo, queridos analistas, siempre ha estado de moda. Lleva 2000 años estando de moda. Desde los primeros milagros en Cafarnaúm hasta hoy, no ha dejado de sumar personas a su fe: ricos, pobres, jóvenes, ancianos, mujeres, hombres, libres, esclavos. El número de creyentes crece siglo tras siglo. La buena noticia se ha expandido siempre sin fronteras y sin contención, escapando a la represión, a la censura, a la persecución. Por ello, reducir el catolicismo a una moda vinculada a la derechización de Occidente es un atentado contra la inteligencia y contra la verdad. Porque la moda pasa, pero la Palabra no.
Dicho esto, soy de las que lleva años diciendo que un impulso distinto se palpaba en las iglesias de España, pero también de Francia y de Italia. Posiblemente de más lugares que yo no conozco. En 2017, un sábado por la tarde en París, Rubén y yo, junto a nuestros amigos Borja y Marta, fuimos a misa en la basílica del Sacré Coeur. Al salir, comentamos extrañados que nos había sorprendido que hubiera tanta gente —y sobre todo tantos jóvenes— en la misa. ¿Estaba cambiando algo en la laica Francia? En 2018, fui con Emilio Sánchez de las Heras a una de las catequesis que daba Fabio Rosini en una iglesia enorme de Roma. Si digo que estaba abarrotada de jóvenes, me quedo corta. Lo mismo me ocurrió en la misa de aniversario por el fallecimiento de Chiara Corbella, también en Roma, donde no cabía un alfiler. En Madrid, el franciscano Giovanni Marini agotaba entonces sus cursos de novios, e iglesias como Caná o el Buen Suceso se llenaban también de jóvenes en busca de Dios. Sumemos Jornadas Mundiales de la Juventud masivas. Éxitos internacionales de producciones audiovisuales centradas en la vida de Jesús (The Chosen) o en el misterio de la fe (Silencio, La gran belleza…). Y, además, experiencias más personales y cercanas, como la conversión de algunos de nuestros amigos más ateos. En qué quedamos entonces, ¿el catolicismo está de moda o no?
No. Lo que sucede es que desde mayo de 1968 hasta el principio de los 2000, el proceso de secularización y la cultura posmoderna habían arrasado con cualquier aspiración espiritual, privando al ser humano de uno de sus elementos vitales. Los nacidos en los años sesenta y setenta crecieron con la convicción de que ser católico era «cosa de viejos», de franquistas incluso, y que para abrazar la modernidad había que romper con la Iglesia. Pero nuestro momento actual es otro. En una época en la que prima el ateísmo, el descrédito de los valores, la fluidez y la ausencia de verdades, ser contracultural es ser católico. Lo propio de los jóvenes es la contracultura, de modo que este panorama podría explicar, aunque someramente, las circunstancias.
Sin duda, hay más. La relación entre el hombre y la divinidad es tan antigua que trasciende las fronteras de la Historia. Pero desde aquellos episodios revolucionarios, surgidos tras la crisis del siglo XX, todo se había roto. La reciente «moda» católica no es más que un proceso natural de reconciliación entre el hombre y el creador. Como en la pintura de Miguel Ángel en la Sixtina, Dios sigue extendiendo su brazo hasta nosotros, esperando nuestra respuesta. Hoy hay muchos, cada vez más, que vuelven a decirle sí.






