El fin de la historia (la de España)

15
San Juan Pie de Puerto, Francia. Foto: Dinax
San Juan Pie de Puerto, Francia. Foto: Dinax
Bienvenido Gazapo es Catedrático jubilado de Geografía e Historia de Bachillerato. Desde su experiencia de 14 años como catedrático de Historia en institutos de bachillerato de Guipúzcoa y Navarra y 23 en la enseñanza universitaria, este veterano invita a los padres y educadores a una reflexión abierta a la acción creativa.

Con este título no quiero referirme a la tesis del politólogo Francis Fukuyama, expuesta en su obra El fin de la historia y el último hombre (1992), de que la historia, como lucha de ideologías ha terminado tras el triunfo de la democracia liberal sobre el comunismo, poniendo fin así a las guerras (profecía incumplida por el momento, a la vista del horror que estamos viviendo en Ucrania). Me refiero a algo más concreto que acaba de ocurrirnos el pasado 5 de abril, cuando el consejo de ministros aprobó el Real Decreto 217/2022 (BOE N.º 82, 06/04/22) por el que se establece la «ordenación y las enseñanzas mínimas del bachillerato». En esta «ordenación», la Historia de España que se impartirá en 2º curso, comienza para nuestros chicos en el año 1812, no habiendo estudiado previamente los siglos anteriores de nuestra historia.

No pretendo entrar en aspectos técnicos de esta nueva ordenación del Bachillerato, como son la jerga ininteligible de la redacción del decreto; las dificultades metodológicas a las que se enfrentarán los profesores en el aula para aplicarlo a jóvenes de 17 años, no a estudiantes de ciencias históricas; el problema de la evaluación —si es que al final existirá— etc. Quiero apuntar solamente algunas reflexiones sobre esta decisión impuesta que, a mí, como profesional de la historia, no deja de generarme inquietud.

1ª. Los autores de esta «ordenación-amputación», la defienden alegando que lo principal es que los chicos no solo aprendan conocimientos, sino que también aprendan el significado de esos conocimientos y lo sepan aplicar. Por otra parte, cuando un docente trabaja con los alumnos lo que se plantea es cómo conseguir que puedan dominar todo de la mejor manera posible, tarea imposible si se elaboran programas inabarcables (ver entrevista).

¡Evidente! Pero un buen profesor está atento a que lo que memorizan los chicos (¡tienen que memorizar!), lo entiendan y le sepan dar significado. Y en cuanto a la extensión de la materia, siempre se ha tenido la libertad de priorizar los contenidos fundamentales sin eliminar los secundarios. Para eso está el profesor, ¿no?

2ª. A mí me parece que el problema que subyace es otro, desenmascarado en las muchas protestas hechas por historiadores y gente de la cultura que, por el momento, han caído en saco roto.

Carmen Iglesias, directora de la Real Academia de la Historia (RAH), afirma: «En la Academia hemos presentado alegaciones. […] (Que) en la única asignatura que hay específicamente de Historia de España se intente empezar en 1808, eso no es Historia, es manipulación. […] (Los estudiantes) tienen que saber lo que ha pasado antes, porque la cultura occidental seguimos poniéndola al día, pero está basada en Grecia, Roma y el cristianismo. Algo hay que saber de la Antigüedad […]. Es gravísimo, si no se tiene cultura de base, la gente es muy manipulable» (ABC, 31.03.2022).

En efecto, los que hemos estudiado y enseñado la historia, hemos seguido siempre el buen sentido de historiadores, que, desde Herodoto, consideran que es «esencial la temporalidad, la causalidad, el antes y el después» (Domínguez Ortiz. España, tres milenios de Historia, Prólogo). Todo lo demás podrá ser «creación literaria», pero no historia.

3ª. Cortar con el pasado es privar a nuestros jóvenes de hechos y personajes que forman parte de nuestra identidad («memoria histórica» la llaman ahora) ¿No es importante que nuestros chicos sepan algo de la romanización, como primera unificación de las gentes hispanas, a través de una lex, una lingua? ¿Tampoco importa la aportación visigótica con la institución de las monarquías proto nacionales? ¿No tienen nada que aportar los siglos medievales de los reinos hispánicos, que marcaron una tarea común que los definió frente al otro, el islámico? ¿Y la labor civilizadora de la Iglesia (esos caminos de peregrinos, esos monasterios, centros de espiritualidad, pero también de cultura y civilización, esas catedrales…)? ¿Y la repoblación tras la reconquista, única en la historia de Europa, dando luz a fueros y libertades urbanas? El descubrimiento y la evangelización de América fue un acontecimiento tan español como universal. ¿No importan nada las Leyes de Indias, en favor de los indígenas de América? Y la decadencia del XVII. ¿No tienen nada que enseñarnos Cervantes o Quevedo? Y los esfuerzos de los ilustrados del siglo XVIII. Y ese siglo XIX, el más convulso de nuestra historia (que ahora nos lo venden como modélico en la conquista de libertades). Todo esto hay que conocerlo, sin triunfalismos, sin leyendas rosas, pero tampoco negras… ¡La vida misma!

4ª. Más grave aún (y aquí no podemos dejar de sospechar del intento de manipulación ideológica de quienes vienen criticando manipulaciones anteriores) es la trampa del presentismo. Proponer a los alumnos juzgar el pasado con criterios del presente, es encaminarlos a la condena de todo hecho histórico pasado que no coincida con los eslóganes de moda actuales. Por ejemplo, si orientamos una unidad de estudio hacia los «mecanismos de dominación de la mujer» (no hacia el «estatus jurídico de la mujer», como propuso la RAH) o al estudio de la «memoria democrática» (que tal y como se formulan no son historia, como advirtió la RAH), manipulamos a los chicos. Es como si desde la concepción que tenemos del nacionalismo vasco actual, pretendiéramos juzgar al guipuzcoano Íñigo de Loyola como un traidor a la causa vasca, por defender en Pamplona el «centralismo» del emperador Carlos de Austria, invasor de Navarra. ¿No supone todo esto pretender meter el elefante de la realidad en la caja de zapatos de una ideología?

Estemos alerta, pues, y seamos proactivos. Esperemos que nuestra sociedad civil recupere la sensatez y elimine esta plaga de nuestro horizonte cultural. Mientras tanto, os sugiero:

1º: Que los padres facilitéis en casa el conocimiento de la Historia de España, mediante la lectura de ensayos, literatura, novela histórica, películas, etc. Los hay muy atractivos.

2º: Que en los grupos de formación cristiana en los que participan nuestros jóvenes, los educadores incluyan estos aspectos históricos, buscando la formación en valores.

Es una tarea más que recae sobre todos, pero merecerá la pena.

Artículo anteriorLa fe no se apagará si el baluarte familiar queda en pie
Artículo siguienteSan Isidro, adalid y protector