El lenguaje de la vida

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Nuestra portada reproduce el monumento al niño no nacido, del joven escultor eslovaco Martin Hudáčeka, inaugurado el 28 de octubre pasado en su país, y que sorprende por su realismo y poética expresividad. El monumento expresa el pesar y arrepentimiento de las madres que han abortado, y también el perdón y el amor del niño por nacer hacia la madre, cuya cabeza acaricia dulcemente. Éste ha sido esculpido en cristal, mientras se arrodilla a su lado la mujer, que se representa en piedra. Es una honda metáfora.
Si un lenguaje, se dice, es un conjunto de signos dotado de sentido a través del cual se expresa algo, el lenguaje plástico de esta escultura es elocuente, y se muestra en sintonía con el “lenguaje propio de la vida humana” –nos referimos aquí no tanto a la vida biológica como a la vida biográfica-, en el que con dramatismo se refleja lo mejor y lo peor del corazón humano.
El lenguaje humano es vehículo del espíritu: del pensamiento, de la voluntad y del corazón; reclama y es portador de un significado. Como la vida humana misma que en él se evidencia. A veces nuestra vida es dura, pero si es vida, es afirmación y crecimiento. Muy distinto es el lenguaje de la muerte, que es de negación, desolación, esterilidad y destrucción.
El lenguaje de la vida es, decimos, afirmación; y también comunicación, gozo, impulso, fecundidad, autodonación, unidad, energía, vigor, esperanza… Es por ello mismo, también, capacidad de perdón y de acogida. En la escultura de Martin Hudáčeka, la mujer que ha dado muerte a su hijo aparece tallada en piedra y postrada: padece una muerte interior, de dolor, de culpa tal vez. Su hijo, en generoso y erguido gesto plasmado a través de la transparencia del cristal, sugiere el potencial sobreabundante del espíritu, que afirma, bendice y es capaz de perdonar a pesar de todo. Él, que había muerto, es sin embargo el que devuelve a la vida.
Nuestro tema de portada se centra en la cultura de la vida porque en este mes se celebra la Jornada a favor de la vida, en torno a la festividad de la Encarnación, el día 25. Lo que está en juego es de la mayor trascendencia y gravedad. Invitamos a todos a celebrar la vida de forma visible, gozosa, valiente y firme. La cultura de la muerte sigue avanzando. No nos crucemos de brazos. Trabajemos día a día por hacer de esta vida un camino hacia Dios. Contagiemos amor a la vida a nuestro alrededor. Apoyemos a quienes la defienden –también en los Parlamentos…-, ayudemos a las madres.
De modo especial, nuestro artículo de portada se centra en la hoy tan extendida manipulación del lenguaje, que inocula muerte en la vida. Parémonos a pensar, juzguemos la importancia del momento que vivimos, y actuemos. Somos embajadores del Dios de la vida, y la vida es -decíamos- “afirmación, comunicación, gozo, impulso, fecundidad, autodonación, unidad, vigor, esperanza… Es por ello mismo, también, capacidad de perdón y de acogida”. Dejemos hablar a la vida.