El lenguaje la música y el silencio

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Foto: Manuel Nageli
Foto: Manuel Nageli

Por Miguel Ángel Gómez González-Vallés

La música es un medio artístico para comunicarse; casi podríamos considerarlo un idioma. Pero utiliza un lenguaje que va más allá de las palabras; quiere transmitir sentimientos más abstractos, más difíciles de describir; a veces, incluso, una historia sin palabras.

El silencio en los ensayos orquestales

Dentro de este lenguaje, el silencio es una parte fundamental para el buen funcionamiento de la música. Por ejemplo, hablemos del terreno orquestal: en diferentes ocasiones tuve la suerte de poder participar en jóvenes orquestas, como la Joven Orquesta Sinfónica de Galicia, la Joven Orquesta de la Comunidad de Madrid, la orquesta del Real Conservatorio Superior de Música de Madrid o la Orquesta de la Jornada Mundial de la Juventud, entre otras. En estas ocasiones nos juntábamos alrededor de unos 100 músicos (la mitad adolescentes, de entre unos 14 y 19 años, y la otra mitad jóvenes, de entre unos 20 y 25 años); siempre fue impresionante y emocionante ver cómo la dinámica de los ensayos y la propia música, facilitaron un ambiente de silencio y escucha. El director de orquesta explicaba diferentes aspectos de las obras a interpretar, sin necesidad de micrófono, y los músicos atendían en silencio durante horas, teniendo en cuenta que, cuando no están tocando su instrumento, tienen dos tentaciones posibles de emisión de «ruido»: hablar o estar ensayando con su instrumento algún pasaje. Este ambiente de escucha lo mantienen durante 2 o 3 días de ensayos, que suelen durar los encuentros orquestales, hasta que se realiza el concierto ante público.

Los silencios en el desarrollo del concierto

El propio concierto de música tiene sus momentos de silencio: generalmente, el intérprete de un instrumento debe evitar que su cuerpo emita sonidos que interfieran en la versión que está sonando. También destaco que, después de salir al escenario y justo antes de comenzar a tocar, suele haber un momento de silencio expectante; si la obra que va a continuación comienza lento o suave, el intérprete puede dejar varios segundos de silencio, y si empieza fuerte o rápida puede dejar menos segundos de silencio, casi enlazando con el final de los aplausos que el público le ha dirigido a modo de saludo inicial; también este tiempo de silencio puede estar sujeto a la duración de la obra o a otros parámetros interpretativos. Este silencio, que precede al comienzo del concierto, lo completan entre el público y el intérprete; de esta forma, el público también participa con su silencio en lo que allí va a ocurrir sonoramente, en la obra musical que va a escuchar y disfrutar; y este silencio lo rompe bruscamente con los aplausos al terminar la obra, felicitando al intérprete su labor durante meses de preparación y agradeciendo el momento mágico que han pasado juntos.

El silencio en las obras orquestales

Algo muy interesante en la música es la figura del silencio: están las notas, con sus diferentes duraciones y características, y entre ellas puede y suele haber momentos de silencio —o pausa— que se representan gráficamente en la partitura, y que ayudan a generar el ritmo y fluir de la obra. Hay compositores que le han dado especial relevancia a los silencios; pongo algún ejemplo:

La Sonata nº 8 de Beethoven (llamada «Patética») tiene un tema de introducción antes de que comience el tema A de la forma sonata; justo antes de terminar el primer movimiento, Beethoven nos da una doble sorpresa: inesperadamente vuelve a recordar el tema de la introducción y, además, las tres veces que expone la cabeza del motivo lo hace sin dar la primera nota, produciendo un silencio mayor, incrementando la tensión; adquiere ese silencio un mayor protagonismo melódico y rítmico.

Brahms en su Sinfonía nº 1 o en Un réquiem alemán también juega mucho con los silencios. Muy interesante resulta cómo Tchaikovsky engaña habitualmente con sus ritmos y silencios, haciendo dudar en qué pulso del compás nos encontramos (como en Romeo y Julieta, obertura-fantasía o en su Capricho italiano). En Mahler cobra aún más importancia el silencio, mezclándolo con silencios aparentes en gigantes orquestas donde hay momentos en que están tocando solo 5 o 10 músicos, tan suave, que no se sabe si están en silencio o no y te dejan en intriga hasta que vuelve a crecer el sonido, y nunca sabes cuándo va a llegar el siguiente fortísimo. Pero la mayor experiencia de silencio musical la ha llevado el compositor estadounidense John Cage, en su obra 4’33”, compuesta en 1952, la obra consiste literalmente en 4 minutos y 33 segundos en silencio.

El silencio y Dios

Esta obra de John Cage nos puede ayudar a reflexionar, ya que la música es una puerta al silencio, y el silencio es ese lenguaje por el cual tan bien se comunica Dios. La música tiene un factor espiritual que ayuda a la escucha, a la concentración y al silencio, y ¡qué papel tan importante tienen las canciones que hablan sobre el amor de Dios! Por eso es muy bueno comenzar nuestro rato de oración diaria con una canción al Espíritu Santo, así como terminarla despidiéndonos cantando a la Virgen María.

Cada vez son más niños en España los que comienzan a aprender a tocar un instrumento musical, lo cual es muy importante, porque es una forma divertida de sociabilizarse, entrenar la memoria, mejorar la disciplina, el esfuerzo y la constancia, subir a un escenario y, de paso, empezar a abrir su mundo interior de la creatividad y de lo espiritual, capacitándose para una mayor apertura al silencio, la escucha y la oración.

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