El mar eleva dulcemente a la contemplación

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Amanecer. Foto: Hernán Piñera
Amanecer. Foto: Hernán Piñera

¡Qué bello es el amanecer en el mar! Cuando la luz primera del alba pinta de perla la curva extrema del horizonte, y tiñe de rosa la arena de la playa… ¡Eso es fantástico! Yo lo he visto algunas veces y ni cine ni televisión: ya se te quitan las ganas para ver los sustitutivos cuando tú has visto la realidad de los colores en la naturaleza, en estos amaneceres, en la playa, en el mar. El encaje de espuma se ilumina, ese encaje que las olas hacen cuando van chocando contra el acantilado. Y cuando las aguas quedan tranquilas, ¡la aurora borda un tapiz tan bello, colores tan variados, unos matices tan inigualables…! (Ejercicios Espirituales Oronoz 1970)

No te creas que tu vida es infecunda porque te pases horas y horas delante de los libros y años y años delante de una máquina de trabajo: tu vida es tan fecunda y activa como la que se desarrolla en el fondo del océano en las horas de calma aparente. Ves el mar, está como un plato algunos días, no se mueve nada, y sin embargo dentro ¡qué vida más fecunda y formidable!; Una variedad en la flora y la fauna que encierran los mares. Y aparentemente no pasa nada, así le pasa con tu vida. (Ejercicios Espirituales en San Pablo, 1965)

Reposar viendo a Jesús en el mar, navegando entre tempestades, irguiéndose en medio de las olas encrespadas, haciendo andar a sus militantes por encima de las aguas. En el mar, el mar que refleja la inmensidad de Dios con sus dilatados y bellos horizontes, su belleza en el colorido de sus aguas, en el encanto de sus riberas. Ver a Dios en todo esto, ver a Jesús reflejándose en el mar: los misterios de la ciencia y sabiduría de Jesús en las profundidades de los abismos de los mares, la potencia irresistible de Dios en las tremendas tempestades. Dios en medio de los mares en Galilea, la providencia maravillosa de Dios con las inagotables riquezas de sustento que el mar encierra… (Ejercicios Espirituales de mes, 1968)

Cuando te escribo estas líneas contemplo la inmensidad del mar en este atardecer. Sosegado y tranquilo, bajo el cielo azul, me vienen al pensamiento palabras de Pío XII, que tan íntimamente sentía la naturaleza. «El mar refleja la inmensidad de Dios en sus ilimitados horizontes. Su belleza, en los vagos colores de sus aguas y en el encanto de sus orillas. Los misterios de su ciencia y sabiduría en los profundos abismos. Su potencia irresistible en las tremendas tempestades… El mar eleva dulcemente el alma a la contemplación de las cosas eternas, cuando en el corazón de las noches tranquilas, el firmamento salpicado de estrellas, parece inclinarse sobre nuestras cabezas para escuchar los gemidos de nuestras secretas nostalgias».

Mares y montañas. Gredos, lagunas y neveros, rocas y pastizales, cumbres de granito horadando el cielo azul de Castilla. Cantábrico, mar de acero, valles apacibles, verdes colinas, acantilados bravíos, bosques perdidos en el misterio de la niebla. Al hundir mi vista en la lejanía, contemplo, difuminada en la bruma, la curva que cierra el horizonte, mientras leo en letras gigantescas el nombre de MARÍA escrito en las aguas.

[El Ovillo de Ariadna, pp. 127-130]