El milagro de la solidaridad en CIRCA

«¡Corazón de Jesús, de ti sí me fío!» En el centenario del P. Carlos S. Pozzo, S.J.

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Jose Antonio y P. Pozzo
Jose Antonio y P. Pozzo

Con motivo de los cien años del nacimiento del P. Carlos Spallarossa Pozzo, S.J. (Génova, 1918-Lima, 2008), CIRCA (Círculos Católicos) me pidió un libro que he titulado «P. POZZO: ¡Coraje, gratuidad y gozo!». Me explico. Nuestro protagonista, se quitó el nombre y primer apellido para simplificar ante la gente sencilla que a diario lo trataba. Por tanto, fuera «Carlos» y fuera «Spallarossa». Sus peques —en los ocho albergues o internados— le recibían con el simpático: «Oso, oso, oso, que viva el padre Poso».

Nuestro querido P. Pozzo llegó como inmigrante al Perú a los 17 años, en 1935, trabajó en una Casa de Préstamos como negociante a carta cabal, y a los 28 años —bien «salido de mochacho»— ingresó en la Compañía de Jesús, en el Noviciado de Miraflores, el mismo lugar donde pasaría sus últimos años en la Enfermería.

Estudió la teología en Granada, teniendo como compañero al que sería cardenal Augusto Vargas Alzamora, y en Madrid acompañó al venerable P. Tomás Morales, S.J., como maestrillo en algunos de los campamentos. Allí, aparte de contar chistes como el del gangoso que quería apagar la vela y no podía, tomó buena nota de la pedagogía de las cumbres, en Gredos, con sus himnos, su exigencia, su vida de familia, su «más, más y más».

Al llegar a Arequipa, Ciudad Blanca, maltratada por los terremotos de 1958 y 1960, acometió una titánica obra de solidaridad, movilizando y agrupando laicos en las barriadas, a través de CIRCA —Círculos Sociales Católicos— una red gigantesca de colegios con cerca de 1.000 profesores y 20.000 alumnos, departamentos de madres, círculos sociales católicos de obreros, grupos juveniles (comandos, vanguardias, Ven-Sígueme…), postas médicas, albergues para huérfanos, comedores populares, capillas, casas de Ejercicios (con unos 4.000 ejercitantes cada año), y hasta 6.000 casas construidas.

Si como suele hacer el papa Francisco tomamos tres palabras para definir su personalidad, me quedaría con las del título del libro: «coraje, gratuidad, gozo». La palabra «coraje», valiente, decidido, le cuadra como ninguna. En segundo lugar, «gratuidad», me sorprendía cómo pronunciaba «gratis…ga-rr-atis», para que viesen que en la Iglesia no se cobraba, quería ser «gratis» como Jesús, y «gozo», al estilo de Evangelii gaudium.

Fue un enamorado de Cristo, un luchador de la fe, un sacerdote y jesuita a carta cabal, un genovés arequipeñizado, un «toro bravo» de los mansos de corazón del Evangelio, un gigante de la caridad «en salida», un comunicador gozoso del Evangelio, un apóstol de las periferias al estilo del papa Francisco, un soñador realista que circundó la Blanca Ciudad de familias críticas y creadoras, un sonriente obrero de zapatos empolvados que se fió de Dios, escuchó la voz del pueblo, y, con María en el corazón, hizo de su vida un auténtico Magníficat.

De su talante espiritual y solidario, nos habla el testimonio del P. Juan Álvarez Hidalgo quien lo conoció en 1971 en Arequipa, cuando dirigía una semana de Ejercicios a la Junta Directiva de CIRCA. Le pidió que le ayudara en lo espiritual mientras él se encargaba de lo social. De este modo, casi todos los meses, a lo largo de 40 años, les ha apoyado con una o dos tandas de Ejercicios en silencio. Un día le dijo: reza para que nos venga un BUS de EE.UU.; si viene, te regalamos un microbús. El ómnibus llegó; el P. Pozzo regaló el microbus al P. Juan que lo vendió y con el dinero se pudo construir la nueva Iglesia de la Virgen de la Asunción de Huata, cerca de Carás en Áncash, derrumbada en el Terremoto de 1970. De su persona destaca su maravilloso testimonio de amor a la Virgen, a la Iglesia, al papa y a la gente más necesitada.

El P. Carlos Rodríguez Arana, SJ, que fue superior suyo en la Casa de Arequipa, nos brinda el siguiente testimonio: era un hombre muy alegre, muy bromista, le gustaba tomar el pelo a todo el mundo, se reía hasta de su sombra, era muy simpático, muy gracioso, muy entrador.

Se hablaba mucho de él, que era un revolucionario, que movilizaba mucha gente, que él se iba por ahí con la gente cuando había una invasión para buscar un sitio para las escuelas, que era hombre muy activo, muy dinámico, siempre trabajando con un grupo de jesuitas, y luego con muchos laicos, con gente del pueblo, profesores, líderes sindicales…

Era un hombre muy cercano a la gente, con mucha capacidad de empatía, con acercamiento a la gente, viviendo el carisma del jesuita del aprecio por el laico y el respeto por la misión del laico en la iglesia. Carlos era un hombre santo, de verdad, un hombre que entregó su vida, que lo hizo todo con un gran amor a Dios y un gran amor a la gente.

Era un hombre entregado, consecuente, un hombre sencillo, pobre, generoso y dedicado plenamente a su misión y con un alcance muy grande social; existe la creencia de que era un hombre bueno, un santo arequipeño. La Compañía de Jesús ve la obra de CIRCA, como una obra muy importante que sigue creciendo, y que debería seguir creciendo, porque toda obra de este tipo tiene que crecer, si no se muere, se anquilosa, y lo que me parece importante de esta obra es que esté llevada por laicos y ojalá que siga al servicio de la gente más pobre de la ciudad.

Era frecuente, al contemplar obra tan colosal, que quien más quien menos se preguntase por su continuidad, especialmente tras el retiro o la muerte de su fundador. Un buen día, en un encuentro de voluntarios, le preguntamos: «Padre Pozzo, ¿y qué pasará con CIRCA cuando usted muera?». Y recuerdo que, sin titubear, totalmente seguro y con una sonrisa un tanto pícara, me respondió: «¡Dios no muere nunca!».