El ocaso de los imperios

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El Coliseo de Roma. Foto: Willian West
El Coliseo de Roma. Foto: Willian West

El P. Ángel Peña, OAR, desborda de vida y esperanza y nos contagia a través de sus 200 libros, varios de ellos acerca del tema de nuestro monográfico de Estar. Consulten su web Libros católicos y verán varias obras relacionadas con el presente tema: Defiende la vida, familias numerosas, autoestima, amor y felicidad, matrimonios felices, una gran familia, la vida es sagrada, el aborto y sus consecuencias, la Iglesia católica y el abuso sexual de menores, la alegría de amar.

Una indicación práctica da el tono de su intención: «Para bajar el libro que deseas, elige en el icono del formato que más te interese: MS-Word, PDF, ZIP. Se autoriza la difusión del material aquí disponible para la mayor gloria de Dios». Al solicitarle un artículo, se disculpó por encontrarse enfermo, pero nos recomendó y envió un capítulo de su libro El suicidio demográfico (S. Millán de la Cogolla, 2018), que es el que tenemos el gusto de presentar.


El año 2014 el papa Francisco en un discurso ante el Parlamento Europeo habló de Europa como de una mujer estéril. La presidenta de Alemania, Angela Merkel, se molestó por esta comparación, pero la verdad es que Europa es un continente viejo. Según un informe presentado el 15 de mayo del 2018, ante el Parlamento europeo, por el Instituto de Política familiar: Si sigue la situación actual, Europa en el 2050 se convertirá en un club de ancianos con la población nativa totalmente envejecida, donde por cada dos personas mayores habrá un joven. La proporción de mayores de 80 años será del 11,1% (58 millones de personas) y casi una de cada tres personas será mayor de 65 años (150 millones), mientras que una de cada siete personas será menor de 15 años (78 millones). Esto tendrá consecuencias nefastas sociales y económicas con un incremento significativo de gastos sanitarios, peligro de las pensiones y cambios en el mercado de trabajo.

Decía Polibio, un historiador greco-romano a mediados del siglo II a. C., en plena decadencia de la Grecia clásica (en Historia, libro XXXVI, V, 17.1): En nuestros días, en toda Grecia, la natalidad ha descendido a un nivel muy bajo y la población ha disminuido mucho, de forma que las ciudades están vacías y las tierras en barbecho, a pesar de la ausencia de largas guerras o epidemias. Las gentes de este país han cedido a la vanidad y al apego a los bienes materiales, se han aficionado a la vida fácil y no quieren casarse o, si lo hacen, se niegan a mantener consigo a los recién nacidos o solo crían uno o dos como máximo, a fin de procurarles el mayor bienestar, mientras son pequeños, y dejarles después una fortuna considerable. De ese modo, el mal se ha desarrollado con rapidez sin que nadie se haya dado cuenta. En efecto, cuando solo tienen uno o dos hijos, basta con que la guerra se lleve a uno y la enfermedad al otro para que los hogares inevitablemente queden vacíos. Entonces, igual que los enjambres de abejas, las ciudades se vacían de sustancia y se extinguen poco a poco. No es necesario preguntar a los dioses de qué modo podríamos librarnos de esta calamidad. Cualquier recién llegado nos dirá que la solución depende sobre todo de nosotros y que lo único que tenemos que hacer es alimentar otras ambiciones o, a falta de ellas, aprobar leyes que obliguen a los padres a criar a sus hijos.

En cuanto al Imperio romano, algunos autores han atribuido su caída al cristianismo, pero la verdad es que ha habido varias causas que en conjunto han contribuido al desastre del imperio. En primer lugar, no pudo serlo el cristianismo creciente, porque en el siglo V, a la hora de la caída del Imperio romano de occidente, solo había un poco más de 10% de cristianos. En cambio, en el Imperio romano de Oriente, donde eran mayoría, pudieron resistir las invasiones y sobrevivieron 1.000 años más.

El historiador Jaeghere da varios datos sobre el estado del Imperio de occidente en el momento en que tuvo lugar el saqueo de Roma el año 410.

Afirma que la causa principal del desastre fue la baja natalidad. Había muchos abortos, infanticidios y muchos adultos exclusivamente dados a relaciones homosexuales. Roma había tenido un millón de habitantes en los primeros siglos y a fines del siglo V solo tenía 20.000. La población había caído en un 98%. Se había abandonado el trabajo del campo entre un 30 y un 50%, había muchas tierras sin cultivar. El Estado no tenía gente joven para reemplazar a los jubilados de los ejércitos. Había poca gente productiva, menos consumidores y menos ingresos para el Estado.

Se quiso solucionar el problema aumentando la natalidad de los esclavos, a quienes todos habían despreciado y ahora se les prohibió abortar. Llegaron a ser el 35% de la población, pero no pagaban impuestos y su productividad era baja. Se recurrió entonces a los inmigrantes en masa. Las invasiones bárbaras no fueron al principio guerras de conquista, sino inmigración fomentada por el Estado. Entre el año 376 y el 411 entró en el Imperio romano de occidente un millón de inmigrantes. Muchos se integraron al ejército imperial. Los de origen germánico llegaron a ser más de la mitad. Al final, marcharán sobre Roma y derrocarán al emperador.

La baja natalidad la comenzaron las familias aristocráticas de la época de Augusto. Se extinguieron como tales familias antes del año 300, a excepción de la familia Acilia, convertida al cristianismo. El ejemplo de las familias ricas se extendió a la plebe, teniendo un solo hijo o no teniendo ninguno.

Pareciera que todo eso que ocurrió en Roma estuviera calcado en lo que hoy sucede y por tanto la conclusión, si no se enmiendan las cosas, será el mismo desastre humano y cultural en la vieja Europa.