El orientador escolar: testigo de esperanza

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Alumno sonriente
Niños feliz en clase.

Por Mª José Santelesforo, psicóloga y orientadora escolar

No es necesario hacer un análisis muy exhaustivo de la realidad educativa actual, para caer en la cuenta de que estamos viviendo un momento de preocupación y alarma.

A diario, los centros educativos deben enfrentarse a nuevos retos que abordar, entre ellos el de la atención al desarrollo emocional. Cada vez más menores sufren trastornos y desajustes emocionales que impactan negativamente en su desarrollo. Los datos relacionados con problemas de salud mental infanto-juvenil son significativos.

España es el país europeo con mayor prevalencia de estos trastornos, con cinco puntos por encima de la media europea. Son abrumadoras las cifras de ansiedad, depresión, intoxicación por ingesta no accidental de fármacos, autolesiones y trastornos de la conducta alimentaria atendidos en las urgencias psiquiátricas infantiles. El suicidio es la principal causa de muerte no natural en edades entre 15 y 29 años. Constatamos un alto grado de adicción a las nuevas tecnologías, que generan a su vez trastornos del sueño, aislamiento social, nuevas formas de acoso escolar, y el acceso cada vez más precoz a la pornografía.

Los centros educativos son un reflejo de la sociedad en la que vivimos, y es necesario asumir el papel de los mismos en la promoción de la salud mental, que va más allá del bienestar psicológico, e incluye la capacidad para afrontar las dificultades que va planteando la vida.

Se requiere realismo, conocer a fondo la situación y no mirar para otro lado, a pesar de que el panorama pueda hacernos sentir pequeños, insignificantes y superados por las circunstancias. Es fácil caer en la frustración y el desánimo y sumarse al discurso de la queja o «del poco o nada podemos hacer». Sin embargo, la educación es un acto de esperanza que mira al futuro desde el presente. Por ello, las instituciones educativas debemos abordar el nuevo reto de la educación emocional, que va más allá de la tan mencionada inteligencia emocional.

Hay evidencia científica de que la educación emocional mejora las competencias sociales y emocionales, mejora la actitud hacia uno mismo y hacia los demás y reduce la ansiedad y el estrés.

Sin embargo, no es posible como educadores, transmitir destrezas emocionales si nosotros no las tenemos. Por eso, una educación de calidad requiere un mínimo de bienestar del profesorado, que se encuentra a menudo desbordado en su día a día al tener que desempeñar nuevas funciones, además de la docente, que requieren de tiempo extra en la dedicación, además de una preparación previa y cualificación para el desempeño de las mismas.

Para lograr un cambio positivo, tanto a nivel personal como social, recuperar la esperanza es esencial. En palabras de Erich Fromm: «La esperanza es paradójica. Tener esperanza significa estar listo en todo momento para lo que todavía no nace, pero sin llegar a desesperarse si el nacimiento no ocurre en el lapso de nuestra vida».

Vivir esta realidad educativa con esperanza activa requiere no solamente tener buena voluntad, sino que implica tomar partido y plantear retos, objetivos y actuaciones concretas.

En este sentido, el psicólogo-orientador escolar es el gran termómetro de la estabilidad emocional en los centros escolares. Somos, con frecuencia, los que detectando alteraciones, damos la voz de alarma y atendemos situaciones críticas. Los Departamentos de Orientación implementamos intervenciones, siendo muy conscientes de que una respuesta eficaz requiere tener una visión global a largo plazo, insistiendo en lo preventivo, y no solo con actuaciones reactivas.

Cuando los recursos de la orientación educativa se ajustan a las necesidades reales, podemos hablar de prácticas educativas con impacto positivo en el bienestar emocional del alumnado. La educación funciona, pero hay que dedicarle medios y tiempo, y es necesario contar con profesionales de la educación que con sus palabras, y sobre todo con su vida, sean fuente de esperanza para otros.

Un futuro mejor sí es posible

Algunas actuaciones sencillas y de las que hay evidencia de que son generadoras de esperanza:

  1. Vivir en comunidad: la comunidad genera bienestar. Recuperar y enseñar a vivir en comunidad, como el lugar en el que me reconozco y me siento seguro, generando sentimientos de pertenencia y aceptación. Hacer comunidad, superando el individualismo y la indiferencia.
  2. Cuidar la belleza del lenguaje: el lenguaje es una herramienta potentísima, con la que se construye la realidad. Cuidar la palabra y cómo nos hablamos.
  3. Generar espacios y entornos seguros en el que se dedique tiempo a la escucha: en las conversaciones a diario con adolescentes la emoción que más refieren sentir es el miedo. Los adolescentes tienen miedo: miedo al juicio, a no ser aptos, a las expectativas, a no ser aceptados, a ser juzgados, miedo a un futuro incierto… Dedicar tiempo a que puedan expresar estos sentimientos, reduce de manera importante la intensidad de los mismos, genera alivio y aminora significativamente el malestar.
  4. Ofrecer experiencias de vida reales: las pantallas enganchan porque activan emociones. Tener experiencias reales que impliquen hacer cambia la forma de pensar y de sentir.
  5. Dotar de herramientas para afrontar los problemas a los que se van a enfrentar, eliminando los recursos obsoletos y actuando con realismo. Constatamos cómo, fruto de la sobreprotección no solamente familiar, sino también a nivel social, disminuye la capacidad de resiliencia entre muchos de nuestros jóvenes. Es necesario entrenar en el afrontamiento de las dificultades y adversidades de la vida, sabiendo que las crisis y dificultades, cuando hay apoyo a nivel familiar y social, educan y hacen crecer. No tener miedo a enseñar a sufrir, a enseñar a amar.
  6. Recuperar el papel fundamental de la familia como la principal, primera e indispensable institución educativa: con frecuencia a los padres se les culpa, pero no se les ayuda. Las escuelas de familias son uno de los recursos educativos que han demostrado tener impacto positivo en la salud emocional.
  7. Transmitir alegría:

«Me preguntas, amigo, y no sé qué respuesta he de darte.
Siento arder una loca alegría en la luz que me envuelve.
Yo quisiera que tú la sintieras también inundándote el alma,
yo quisiera que a ti,
en lo más hondo,
también te quemase y te hiriese.
Criatura también de alegría quisiera que fueras,
criatura que llega por fin a vencer la tristeza y la muerte».

—Alegría, José Hierro—

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