El respeto

El puzle de la educación actual (II)

247
El respeto. Ilustración: José Miguel de la Peña
El respeto. Ilustración: José Miguel de la Peña

Imaginemos que alguien pretende construir un hogar y comienza comprando en IKEA todo cuanto es confortable, queda bien o está de moda, pero se olvida del edificio en sí, de los cimientos, los pilares y las vigas maestras. Lo más que puede conseguir es impresionar a un supuesto visitante, pero, en el fondo, él mismo se dará cuenta de que es un fracaso como vivienda. Algo similar ocurre con la educación y la enseñanza actual.

A la educación actual, no digo que le sobren adornos —nunca han existidos tantos medios materiales, teorías, consultores, expertos, etc.— pero todos ellos no logran eliminar una cierta desazón que existe sobre la misma si por ella entendemos no solo la capacidad de insertarse en el sistema productivo —y eso que somos el país europeo con mayor tasa de desempleo juvenil—, sino conseguir personas maduras, críticas, generosas, responsables y solidarias.

Uno de esos pilares fundamentales sin los cuales no es posible una educación sólida y acertada es el respeto, uno de los valores más importantes de la convivencia. Consiste básicamente en saber apreciar el valor de las cosas, instituciones y, sobre todo, de las personas. Estas, solo por el hecho de serlo, merecen tal respeto, más aún si poseen cualidades morales o tienen encargos de responsabilidad tales como son los educadores en su más amplio sentido.

El respeto debe ser mutuo entre educador y educando, pero no hace falta ser muy avispado para observar que la falta de respeto hoy día se produce mucho más por parte del niño o adolescente, que debería estar más agradecido por el hecho de recibir ayuda para su desarrollo.

Ahora bien, el respeto se aprende a través de la educación que transmite los valores. Es probable que la causa de que muchos alumnos sean irrespetuosos se deba a sus educadores, si están imbuidos de la idea de que «su majestad el niño» tiene todos los derechos y casi ningún deber y que es contraproducente inculcarle valores o transmitirle contenidos. Esa ausencia de límites, junto a un relativismo teórico o práctico —da igual todo— ha anestesiado la capacidad de tener respeto ante realidades más excelsas. «Mi mundo es mi capricho» parece ser el lema que han asumido muchos jóvenes a partir de la educación recibida.

El origen de la falta de respeto es doble: la incapacidad intelectual de captar lo bello, la excelencia —en algunos casos podemos decir lo sagrado—, lo intocable de una realidad que transciende los propios límites y que debe ser contemplada, cuidada y acatada como tal. Pero tiene también otra causa de tipo volitivo. En efecto, el dominio despótico del capricho —que no es voluntad auténtica— le impide aceptar los límites de sus impulsos, y acatar normas que vayan más allá de los intereses individuales, de las presiones ambientales o de las modas ideológicas.

La consecuencia de la falta de respeto es la minusvaloración de esas realidades. No cuidar el medio ambiente, el legado cultural o un trato exquisito con las personas y más en concreto con los que los enseñan y educan es socavar el fundamento de toda posible educación así como el ánimo de los educadores y profesores.

He oído con frecuencia el lamento de personas adultas, ciudadanos responsables que intervinieron llamando la atención a algunos jóvenes con comportamientos incívicos y que se encontraron con un insulto o amenaza como respuesta. La reacción ha sido la inacción ante futuros comportamientos similares.

Algo similar ocurre con muchos profesores. Profesores muy curtidos que ya no se atreven a llamar la atención fuera de sus clases, ya sea por los pasillos en el patio de recreo. Es difícil transmitir con entusiasmo una determinada asignatura cuando el profesor ni siquiera tiene el debido respeto a su persona.

Se ha dicho que la educación encierra un tesoro, pero quien guía en la búsqueda de ese tesoro es parte del tesoro mismo. Le corresponde el trato, la consideración, el agradecimiento y el respeto propio de su labor.

Así lo expresaba Juan A. Vallejo-Nágera, uno de los más famosos psiquiatras españoles, fallecido prematuramente en los años noventa. Escritor de fama, pintor y profesor universitario decidió dejar la enseñanza ante la falta de interés y respeto de los alumnos. Al despedirse de ellos, les dijo lo siguiente: «Llevo varios años viniendo aquí sin cobrar un duro. Me esfuerzo en preparar las clases durante toda la semana. Les busco enfermos adecuados. Yo no les pido respeto a mi persona, sino al acto de enseñar. Si deben ponerse en pie es como respeto al acto de iniciar la clase, como homenaje a la alegría del aprendizaje, y si ustedes no son capaces de respetar eso, no vale la pena que siga viniendo».

Urge recuperar el respeto como actitud básica en la educación. Se puede y debe hacer, como se ha realizado en otros ámbitos de la convivencia y de la sociedad actual. Hoy, por fortuna, nadie tolera ni se queda impasible ante una falta de respeto que atente contra la raza o el sexo de las personas. Del mismo modo es necesario generar un clima de respeto hacia los educadores, tan importante o más que el que hemos generado ante el medio ambiente. Este esfuerzo empieza en la familia —primera y fundamental escuela—, pero debe implantarse también en la escuela, donde es necesario que haya, además de medidas proactivas, un código de buenas prácticas y medidas eficaces, rápidas y proporcionadas para aquellos que con sus palabras, actos y actitudes no sepan respetar.

El sistema educativo no puede instalarse en un «buenismo» que ignore la condición humana, ya sea por demagogia o cobardía. Ignorar las faltas de respeto, especialmente a los educadores, es minar uno de los pilares básicos sobre los que se asienta la educación: la ilusión y entrega necesaria por parte del educador que tiene, como persona y como profesional, sus derechos.

En definitiva: sin respeto no es posible la educación y sin educación no hay respeto. Sin ambas no puede haber convivencia agradable. Es una tarea urgente que nos implica a todos: solo se necesita tomar conciencia de su necesidad, dar ejemplo y tener el coraje suficiente de ir contra corriente.

Artículo anteriorAmigos del buen ladrón
Artículo siguienteNunca pensé dedicarme al mundo de la empresa