---
title: "El Sagrado Corazón de Jesús y nuestras madres"
description: "Por Francisco Marcos Martín Corría el año 1977. Madrid. Un joven de apenas 18 años venía a estudiar segundo de ingeniería a la capital del reino. Madrid con todos sus atractivos y sus..."
url: https://revistaestar.es/el-sagrado-corazon-de-jesus-y-nuestras-madres/
date: 2019-06-01
modified: 2022-09-30
author: "y otros autores"
image: https://revistaestar.es/wp-content/uploads/2019/06/CerroAngeles.jpg
categories: ["El Corazón de España", "Primera plana"]
tags: ["Revista nº 316"]
type: post
lang: es
---

# El Sagrado Corazón de Jesús y nuestras madres

**Por Francisco Marcos Martín**

Corría el año 1977. Madrid. Un joven de apenas 18 años venía a estudiar
segundo de ingeniería a la capital del reino. Madrid con todos sus atractivos y
sus transiciones políticas. Y con él venía su madre. Era viuda y nuestro
estudiante había ya estudiado primero en Salamanca. Por aquel entonces no
dejaban estudiar primer curso de ingeniería en Madrid.

Curioso, una de
las grandes ilusiones de aquella madre, aparte de acompañar a su único hijo en
esos difíciles años, era visitar el Cerro de los Ángeles, donde moraba —y mora—
el monumento al Sagrado Corazón de Jesús, en el centro de la Piel de Toro. Y lo
consiguió, fue a misa a la parroquia cercana a su casa y, con educación y mucha
sencillez, se granjeó en dos semanas la amistad de algunas vecinas. Y allí se
fue, toda contenta a visitar al Sagrado Corazón en el Cerro.

Han pasado ya 42
años de aquello, que siempre he recordado. Me he preguntado: ¿Por qué ese
interés de mi madre de visitar aquel lugar? ¿De dónde nacía esa devoción al
Sagrado Corazón de Jesús? En mi casa nunca ha estado la imagen del Sagrado
Corazón de Jesús, como imagen; pero sí la estampa con ese Corazón Dolorido que
irradia amor, solo amor. La razón es fácil, mi madre era de un pueblo
vallisoletano, Torrecilla de la Orden, en el que, como en todos los pueblos de
alrededor, estaba fuertemente arraigada la devoción al Sagrado Corazón de
Jesús. Mi madre, en el mes de junio, como tantas otras devotas del Sagrado
Corazón, hacía su novena. Y el final de la misma —aún resuena en mis oídos—:
«En Vos confío». Ante la dureza de la vida, las incomprensiones y sinsabores,
los fracasos, las humillaciones… «En Vos confío». ¡Se lo he oído tantas veces!

El interés nacía
de la predicación que el padre Hoyos había hecho años antes por tantos pueblos
de Valladolid y otras provincias. Y entre los feligreses se conocía bien la
historia del Cerro de los Ángeles, del monumento allí existente. Y a ese lugar
se le consideraba un lugar ideal al que ir para encontrarse con él: «Venid a mí
los cansados y afligidos y Yo os aliviaré».

Sí, ella visitó
en los cuatro años que vivió en Madrid (1977-1981) siete u ocho veces más al
Sagrado Corazón de Jesús. Iba alegre y volvía más contenta aún. Y nunca fue
sola, iban incluso hasta más de quince personas. Recuerdo que en 1979 tuve que
hacer un herbario, pues una de las asignaturas era botánica. Y mi madre, criada
en el campo, me trajo unas retamas, en amarilla flor del Cerro de los Ángeles.
Tenía otras, las quité y, ¡cómo no!, puse en la etiqueta: «Cerro de los
Ángeles-Getafe-Madrid».

* * *

La devoción de
mi madre la compartía con la madre de mi amigo Juan Luis. La suya se crió en
Rollán, una preciosa villa salmantina rodeada de encinas y con el cielo
castellano por montera; aire limpio como limpieza de corazón en la protagonista
de esta bella historia. Se llamaba María Antonia, y, su marido, «nuestro
Agustín», le regaló cuando se casaron una imagen del Sagrado Corazón de Jesús
entronizado. Y esa imagen presidió siempre aquella tan acogedora casa.

Mi madre y María Antonia
seguro que juntas repitieron muchas veces, en Salamanca, «En Vos confío». María
Antonia dejó unos frutos de santidad en sus hijos, Jesús, José Antonio, Agustín
y Juan Luis, e hijas, Mary Lumi, Juani, Isabel y Marian. Una de ellas Juani
(1965-1989) nos dejó con fama de santidad, con apenas 24 años, pero su memoria
pervive aún. José Antonio, su hermano, dijo de ella esa frase que la retrataba
tan bien: «Alegría sencilla, sencillez alegre». José Antonio, misiona las
tierras de los incas, escribe del amor y por la radio recuerda que el amor todo
lo puede; mientras Mary Lumi y Marian entregan su amor a los niños de un
colegio o entre las mujeres más maltratadas en Madrid. Juan Luis derrama
recetas de cariño y sonrisas entre cañas zamoranas y entrecots de mil y una
maneras, entre sus alumnos zamoranos. Y Jesús entrega su vida a tantas familias
salmantinas a las que acompaña y sana. Por último, Agustín derrama cariño allí
por donde va.

Y es que los
frutos del Sagrado Corazón de Jesús, cuando alguien se acerca a él, son la
alegría y la sencillez. Esta devoción es la de las madres sencillas, la de las
amas castellanas a las que glosaba Gabriel y Galán, cerquita de la morada de
María Antonia: Una sencilla labradora humilde, […] una
mujer trabajadora, honrada, cristiana, amable, cariñosa y seria…

Sencillez como
María Antonia, con la que todos podemos impregnar nuestra vida. Muchas veces,
ante los vientos en contra, he repetido, sin casi darme cuenta: «Sagrado
Corazón, en Vos confío». Es la herencia de una madre, la mejor herencia de
alguien que siempre confió en ese Sagrado Corazón.

En la tumba de
mi madre pusieron: «Nos amó mucho». Y ahora, con los ojos envidriados, puedo
añadir: «Nos amó como nos ama el Sagrado Corazón de Jesús». Le pido a él, y a
ellas, que moran en la casa del Padre, que un día, mis queridos lectores, de ti
y de mí puedan decir lo mismo. Basta meterse en ese Corazón. ¿A qué esperamos?
