El Sagrado Corazón de Jesús y nuestras madres

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Vista aérea del cerro de los Ángeles
Vista aérea del cerro de los Ángeles

Por Francisco Marcos Martín

Corría el año 1977. Madrid. Un joven de apenas 18 años venía a estudiar segundo de ingeniería a la capital del reino. Madrid con todos sus atractivos y sus transiciones políticas. Y con él venía su madre. Era viuda y nuestro estudiante había ya estudiado primero en Salamanca. Por aquel entonces no dejaban estudiar primer curso de ingeniería en Madrid.

Curioso, una de las grandes ilusiones de aquella madre, aparte de acompañar a su único hijo en esos difíciles años, era visitar el Cerro de los Ángeles, donde moraba —y mora— el monumento al Sagrado Corazón de Jesús, en el centro de la Piel de Toro. Y lo consiguió, fue a misa a la parroquia cercana a su casa y, con educación y mucha sencillez, se granjeó en dos semanas la amistad de algunas vecinas. Y allí se fue, toda contenta a visitar al Sagrado Corazón en el Cerro.

Han pasado ya 42 años de aquello, que siempre he recordado. Me he preguntado: ¿Por qué ese interés de mi madre de visitar aquel lugar? ¿De dónde nacía esa devoción al Sagrado Corazón de Jesús? En mi casa nunca ha estado la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, como imagen; pero sí la estampa con ese Corazón Dolorido que irradia amor, solo amor. La razón es fácil, mi madre era de un pueblo vallisoletano, Torrecilla de la Orden, en el que, como en todos los pueblos de alrededor, estaba fuertemente arraigada la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Mi madre, en el mes de junio, como tantas otras devotas del Sagrado Corazón, hacía su novena. Y el final de la misma —aún resuena en mis oídos—: «En Vos confío». Ante la dureza de la vida, las incomprensiones y sinsabores, los fracasos, las humillaciones… «En Vos confío». ¡Se lo he oído tantas veces!

El interés nacía de la predicación que el padre Hoyos había hecho años antes por tantos pueblos de Valladolid y otras provincias. Y entre los feligreses se conocía bien la historia del Cerro de los Ángeles, del monumento allí existente. Y a ese lugar se le consideraba un lugar ideal al que ir para encontrarse con él: «Venid a mí los cansados y afligidos y Yo os aliviaré».

Sí, ella visitó en los cuatro años que vivió en Madrid (1977-1981) siete u ocho veces más al Sagrado Corazón de Jesús. Iba alegre y volvía más contenta aún. Y nunca fue sola, iban incluso hasta más de quince personas. Recuerdo que en 1979 tuve que hacer un herbario, pues una de las asignaturas era botánica. Y mi madre, criada en el campo, me trajo unas retamas, en amarilla flor del Cerro de los Ángeles. Tenía otras, las quité y, ¡cómo no!, puse en la etiqueta: «Cerro de los Ángeles-Getafe-Madrid».

* * *

La devoción de mi madre la compartía con la madre de mi amigo Juan Luis. La suya se crió en Rollán, una preciosa villa salmantina rodeada de encinas y con el cielo castellano por montera; aire limpio como limpieza de corazón en la protagonista de esta bella historia. Se llamaba María Antonia, y, su marido, «nuestro Agustín», le regaló cuando se casaron una imagen del Sagrado Corazón de Jesús entronizado. Y esa imagen presidió siempre aquella tan acogedora casa.

Mi madre y María Antonia seguro que juntas repitieron muchas veces, en Salamanca, «En Vos confío». María Antonia dejó unos frutos de santidad en sus hijos, Jesús, José Antonio, Agustín y Juan Luis, e hijas, Mary Lumi, Juani, Isabel y Marian. Una de ellas Juani (1965-1989) nos dejó con fama de santidad, con apenas 24 años, pero su memoria pervive aún. José Antonio, su hermano, dijo de ella esa frase que la retrataba tan bien: «Alegría sencilla, sencillez alegre». José Antonio, misiona las tierras de los incas, escribe del amor y por la radio recuerda que el amor todo lo puede; mientras Mary Lumi y Marian entregan su amor a los niños de un colegio o entre las mujeres más maltratadas en Madrid. Juan Luis derrama recetas de cariño y sonrisas entre cañas zamoranas y entrecots de mil y una maneras, entre sus alumnos zamoranos. Y Jesús entrega su vida a tantas familias salmantinas a las que acompaña y sana. Por último, Agustín derrama cariño allí por donde va.

Y es que los frutos del Sagrado Corazón de Jesús, cuando alguien se acerca a él, son la alegría y la sencillez. Esta devoción es la de las madres sencillas, la de las amas castellanas a las que glosaba Gabriel y Galán, cerquita de la morada de María Antonia: Una sencilla labradora humilde, […] una mujer trabajadora, honrada, cristiana, amable, cariñosa y seria…

Sencillez como María Antonia, con la que todos podemos impregnar nuestra vida. Muchas veces, ante los vientos en contra, he repetido, sin casi darme cuenta: «Sagrado Corazón, en Vos confío». Es la herencia de una madre, la mejor herencia de alguien que siempre confió en ese Sagrado Corazón.

En la tumba de mi madre pusieron: «Nos amó mucho». Y ahora, con los ojos envidriados, puedo añadir: «Nos amó como nos ama el Sagrado Corazón de Jesús». Le pido a él, y a ellas, que moran en la casa del Padre, que un día, mis queridos lectores, de ti y de mí puedan decir lo mismo. Basta meterse en ese Corazón. ¿A qué esperamos?