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¿Cómo se hace el vino, papá?

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José trabaja la madera junto al joven Jesús en su taller de Nazaret
El taller de José, donde Jesús aprendió el valor del trabajo, la paciencia y la vida cotidiana.

Jesús era todavía un niño; tendría unos diez años. Observaba junto a María cómo José preparaba el carro y acomodaba unas mercancías sobre el lomo del borriquillo.

—¿Adónde vas, papá? —preguntó.

—A Caná, a llevar un encargo.

—¿Puedo ir contigo? Te ayudaré. La madera pesa y entre dos se lleva mejor. Ya soy fuerte.

José miró a María, María a José. En ese cruce de miradas, José asintió. María les preparó el almuerzo —pan, aceite, vino y algunos higos secos— y se pusieron en camino.

Era septiembre. La senda entre Nazaret y Caná serpenteaba entre pequeñas viñas. El rojo intenso de las uvas contrastaba con el verde vivo de las hojas.

Jesús, asombrado, cosía a preguntas a su padre. José le habló de las vides, los sarmientos, la poda y, en fin, del cuidado que exige la viña para dar buen fruto.

Al llegar a Caná, el cliente no estaba en casa. Un criado los condujo hasta el viñedo, a las afueras. Era una finca amplia, con valla, torre de vigilancia y una edificación cerrada al fondo. Los vendimiadores iban y venían cargando cestos de uvas hasta el lagar, donde el fruto era prensado para extraer el mosto.

El dueño los reconoció enseguida.

—Shalom, José. Veo que vienes con tu hijo. Sed bienvenidos. Pasad al lagar. Sé que sois puros; nadie impuro puede entrar ni siquiera mirar, porque el vino también debe serlo.

Las uvas prensadas dejaban correr un mosto rojo intenso, espeso, casi palpitante. A Jesús le impresionó aquel color que recordaba a la sangre. El aroma dulzón saturaba la estancia. El dueño les ofreció probar el mosto: dulce, fresco, afrutado. Luego explicó cómo lo guardaban en odres nuevos, porque el vino nuevo necesita recipientes nuevos. También les dio a probar vino ya fermentado. Jesús notó el cambio: aquel sabor tenía algo más, como un «espíritu» que despertaba rubor en las mejillas y una alegría inesperada. Era el mejor vino que había probado.

De regreso, Jesús no dejó de preguntar.

—Papá, ¿por qué bebemos vino en el Sabbat?

—Porque el vino es signo de la bendición de Yavé sobre su pueblo —respondió José.

Al llegar a casa, Jesús no paraba de contar a María todo lo que había descubierto.

—Mamá, el vino bueno no se parece en nada al vino aguado que nos dan a los niños. No me extraña que en las bodas se beba vino del bueno. Cuando Yavé bendice, lo hace con vino bueno.

María y José se miraron y sonrieron.


Veinte años después, María y Jesús fueron invitados a una boda en Caná, cerca de aquella viña. El vino era mediocre y escaso. Hasta que faltó. María lo advirtió y se lo comentó a Jesús:

—No tienen vino…

Jesús recordó aquel vino excelente que probó de niño y decidió actuar.

Cuando el maestresala cató el vino nuevo, exclamó:

—¡Has guardado el vino bueno hasta hoy!


Llegó la última Pascua. Jesús habló a los suyos de la unidad y recordó las viñas.

—Yo soy la Vid; vosotros los sarmientos…

Sabía que iba a derramar su sangre. Y recordó el lagar y el vino rojo, palpitante. Levantó los ojos al cielo, dio gracias y dijo:

—Tomad y bebed todos de él, porque este es el cáliz de mi sangre, que será derramada por vosotros. Haced esto en memoria mía.

Desde entonces, cada vez que bebemos del cáliz en la eucaristía, revivimos aquella Cena. Somos sarmientos de Cristo, la Vid verdadera. Y aquel vino bueno que probó de niño, hecho ahora su sangre, sacia hoy la sed del mundo, nos alegra, nos da la vida y nos invita a entregarla por los demás.

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