Elogio de las familias sensatamente imperfectas

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Elogio de las familias sensatamente imperfectas
Elogio de las familias sensatamente imperfectas

El filósofo Gregorio Luri viene sobresaliendo en los últimos años por ser una voz juiciosamente discordante ante el supermercado de los tópicos educativos y del pensamiento en general. En este libro, por ejemplo, se atreve a decir lo que cada vez parece menos evidente: que no hay familias perfectas, que está muy bien oír un «no» de vez en cuando, y que es imprescindible aprender las palabras mágicas: «por favor», «gracias», «perdón» y «confío».

En una época de confusión y sobreprotección, conforta que alguien con experiencia y sabiduría te recuerde que un hijo tiene derecho a saber que ser disciplinado es más importante que ser meramente inteligente; que más grave que equivocarse es no aprender nada de la equivocación; que se puede disponer de mucha información y ser un ignorante.

Este libro va dirigido a padres que tienen asumido que son «moderadamente imperfectos». Luri quiere animarlos no sólo a no arrepentirse de ser lo que son, sino a que cada mañana se presenten sin complejos ante sus hijos como unos padres sencillamente imperfectos.

Luri escribe con sentido común. Considera que nadie está preparado para ser padre y educador, pero que la vida misma enseña a aprovechar esa carencia inevitable. Valora a las familias que reconocen sus limitaciones y fallos, pero son capaces de crecer fuertes, amar y ser amados en escenarios cada vez más competitivos, innovadores, terapéuticos y narcisistas. Efectivamente, muchos temen por el futuro profesional de sus hijos y los matriculan en actividades extraescolares asfixiantes mientras se quejan de la cantidad de deberes para casa. También piensan que, en cuestiones pedagógicas, si algo es nuevo, debe ser bueno; además, pueden acudir a un alto número de profesionales (orientadores, coaches, mediadores…), quienes con frecuencia fomentan una falsa autoestima que deriva en narcisismo.

Tras dejar claro que los niños no son buenos por naturaleza, ni dotados de capacidades innatas para la ciencia y el arte, y que muchos padres adoptan un equivocado papel de clientes en los centros educativos, señala que lo más importante que pueden hacer para educar es quererse entre ellos y desear mejorar como personas.

Después expone los 55 derechos inalienables de los hijos de familias imperfectas. De un modo desenfadado, dice verdades como puños: los niños y jóvenes tienen derecho a pensar, a distraerse activamente, a reconocer la autoridad de padres y maestros, a saber que con ganas y codos se consigue mucho, a que vale la pena ser buenas personas, a conocer los valores familiares, a entender que sin culpabilidad no hay moralidad, a comprender que no hay virtud sin coraje, a que les digan no, etc. Otros derechos sumamente educativos son: aprender de memoria lo comprendido, tener contacto con la naturaleza, disfrutar del silencio, saber que la cantidad de información no libera de la ignorancia, aprender a estar quietos a partir de cierta edad…

El libro se lee con agrado, tanto por el estilo directo de la escritura como por el formato. Se dirige a las familias, pero puede ser útil a todos los educadores.