En el Carmelo de Tánger

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En el Carmelo de Tánger
En el Carmelo de Tánger

Por María Jesús Moreno Rozas

Tenemos todavía recientes el atentado de Barcelona y las circunstancias nos llevan también a recordar los anteriores atentados de Londres, Bruselas, París…

En esta época en que los fundamentalismos, no sólo yihadistas, sino de distinto signo, aunque éstos sean más llamativos, se hacen desgraciadamente tan presentes, no es difícil caer en la tentación de la desconfianza y el miedo, y mirar con cierto recelo a los musulmanes que viven entre nosotros.

Por eso, más que nunca, se necesitan experiencias que nos revelen lo contrario. Que la confianza, el encuentro, la tolerancia y la amistad entre pueblos y gentes de distintas culturas y credos es el único camino posible.

Este es el motivo que me anima a escribir estas letrillas de la experiencia que he vivido recientemente.

Durante ocho días he estado viviendo en la hospedería del Carmelo de Tánger. Esta casa de las hijas de Teresa de Jesús en el norte de Marruecos, está habitada por una comunidad encantadora de mujeres de distintas nacionalidades: España, Portugal, Italia, Polonia, Ecuador, Chile, Brasil, Liberia…y a la que pronto se unirá alguna otra hermana procedente de Asia.

Es una comunidad contemplativa en medio del Islam. «Casa de Dios» la llaman sus vecinos. Durante estos días he podido ver con mis propios ojos, que no sólo no son mal vistas por sus vecinos musulmanes, sino que las quieren, las aprecian, y tienen una relación con ellas de sana vecindad y de fraternidad. El jardinero, los operarios que visitan el monasterio son verdaderamente amigos de las hermanas.

Justo unos metros más abajo del Carmelo se sitúa una mezquita. Estos días era una alegría para mí despertarme con la llamada del muecín a la oración. Y así, al tiempo que los musulmanes iniciaban su plegaria, las hermanas y yo con ellas, nos despertábamos para alabar a Dios en el rezo de laudes, seguido de una hora de silencio contemplativo y dejarnos mirar y amar por el Señor, y poner ante Su Mirada los gozos y sufrimientos de toda la humanidad. Y pedirle su Espíritu para que haga de nosotros constructores de paz y de justicia. Y tras el silencio sonoro, la Eucaristía que era celebrada por padres franciscanos. Hombres entrañables y entregados.

Y en este espacio de intensa oración sonaban los cantos entonados por las hermanas con mucha unción. ¡Cuál será mi sorpresa que entre estos cantos sonaron también algunos de los que mi buen amigo Rogelio Cabado compuso para el centenario de la Santa! ¡Toda una sorpresa que en el continente africano suene Teresa en los acordes de Rogelio!

Y así, al ritmo de la liturgia, el silencio y el trabajo ofrecido, transcurre la vida en este Carmelo, como en otros tantos. Mientras, una servidora ha visitado esta ciudad y su preciosa Kasbah y sus hermosos alrededores, y he gozado del mar, y de la acogida de sus habitantes que conmigo siempre han sido cordiales y afectuosos. Un buen musulmán, me decía una estupenda señora que conocí aquí, ha de ser acogedor y hospitalario. A eso nos invita el Corán. Y el Evangelio ¿no nos invita también a eso mismo? Por tanto ¿no podemos encontrar los puntos de convergencia con estos nuestros hermanos más allá de las diferencias?

Este Carmelo no es un monasterio aislado en una tierra extranjera sino que se sitúa en el corazón de la Iglesia tangerina, presidida por su obispo D. Santiago Agrelo, que como buen hijo de S. Francisco de Asís, es un pobre más entre los pobres de esta tierra. Hombre sencillo, profeta de los pobres, hombre apasionado, vehemente y sin pelos en la lengua a la hora de denunciar las injustas leyes de inmigración y de salir en defensa de los pobres de Yavéh. Cada semana acude dos veces a encontrarse con los hermanos subsaharianos que se esconden en los montes de Beliones a la espera de que se den las circunstancias más apropiadas para poder cruzar a Europa.

Ha sido una gracia muy grande haber podido acompañar a D. Santiago a este lugar y poderme encontrar con estos hermanos africanos, pobres, desposeídos, con el miedo impreso en sus rostros. Perseguidos por la policía marroquí alentada por el estado español, que quiere tener a estos hombres y mujeres lejos de nuestras fronteras, y cuyo único delito es huir de la guerra de sus países y del hambre, y tratar de buscar una vida mejor.

Con toda la Iglesia de Tánger, pequeña en número pero tan diversa y rica, formada por españoles que viven allí, por misioneros y misioneras de distintas congregaciones, por hermanos de otras culturas: subsaharianos, filipinos, por voluntarios llegados de otros lugares para tareas solidarias en esta tierra… con todos ellos he celebrado la Eucaristía dominical y he gozado del encuentro tan hermoso.

En este momento ya no tengo palabras. Sólo le pido a Dios que me abra los ojos ante estas heridas sangrantes de nuestro mundo. Me dé su misma mirada, para no cerrar los ojos ante tanto sufrimiento, y también ante tanta belleza a veces visible, a veces escondida, y me dé algo de su amor para comprometerme en la construcción de un mundo y un entorno más humano, más en paz, más fraterno.

Que así sea. Dios lo quiera, Insh’Alah.