En el Corazón del trabajo

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En el Corazón del trabajo
En el Corazón del trabajo

He aprendido que los ángeles de verdad no tienen túnicas blancas y piel de querubín, tienen las manos callosas y huelen al sudor del trabajo.

—Richard Evans—

Por Miguel Ángel Ibejo

Son las 4.50 de la mañana, suena el despertador para ir a trabajar. Uno se quiere morir. Al levantarme, pongo a nuestro Señor Jesucristo en mi pensamiento —para unirme a él— también en la cruz que llevó por nosotros. Así, apoyándome en el Señor, comienzo el día de trabajo.

Mi empresa es una multinacional de fabricación de componentes para el automóvil. Solo en planta trabajamos más de 450 personas, y hay más de mil máquinas. Mi trabajo consiste en preparar las máquinas y enseñar a los operarios a realizar un auto-mantenimiento básico de las máquinas.

Es una dinámica de trabajo dura que pone de manifiesto las limitaciones técnicas y humanas de una empresa. Cuesta adecuar la maquinaria y aún más, implicar a los trabajadores en su conocimiento y cuidado. Sobre mi mesa de trabajo, una estampa del Corazón de Jesús, «Derramaré bendiciones abundantes sobre sus empresas» prometió el Señor a santa Margarita. Para los padres de familia, esta es una de las principales tareas de la vida.

Muchas veces, ponerte delante de un grupo de trabajadores para realizar la actividad impone. En un grupo humano te encuentras de todo: el escéptico, el reivindicativo, el colaborador, el pasota, el desconfiado…; solo el Señor conoce plenamente a cada uno de los que allí estamos. Solo él sabe cuánto hay de justo y verdadero en las personas que allí trabajamos. Pensar en el amor que su corazón tiene a cada uno de mis compañeros, ayuda a cambiar la mirada sobre ellos, aunque a veces cuesta.

La experiencia de estos años es que si das recibes, que ponerte en el lugar del otro te ayuda a sacar mejor los trabajos adelante y ser más justo a la hora de valorar su actitud. También cuesta empujar cuando la dirección de la empresa apoya poco la actividad y, sobre todo, cuando uno ve sus propias limitaciones.

Nuestro equipo de trabajo lo componen cuatro personas. Llevamos diez años juntos. Es una gracia de Dios que reine buen ambiente entre nosotros. Con el paso del tiempo uno va descubriendo cuánto bien te hacen los demás con su forma de ser, con su laboriosidad, profesionalidad…, son las virtudes con que Dios les adorna.

Al observar una planta de fabricación con la complejidad de sus hombres, las máquinas, la logística de los materiales, las dificultades en los mercados, las subidas de precio en los costos…, uno tiene que pedir y confiar que el Señor ilumine y guíe a cada uno de nosotros —y a todos en conjunto— para que vaya adelante la empresa de la cual tantas familias dependemos.

Hace ya bastantes años, escuché decir a una persona mayor una frase que está llena de experiencia y sabiduría: «Antes iba a cambiar el mundo, ahora solo quiero hacer bien mi trabajo». Confío que el Corazón de Jesús cambie el mundo reinando en él, también en el mundo del trabajo, y también por medio del trabajo de cada uno de nosotros.