En el país de los Incas: Experiencias de un profesor extremeño

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Teodoro Oliva
Estimados colegas y amigos: Aunque sólo llevo 2 años en
el centro, y siendo consciente de que hay profesores más avezados, aquí me
tenéis: afrontando el reto de impartir esta lección inaugural.
Estoy un poco nervioso como se puede notar, pero también
ilusionado por esta ocasión privilegiada que me permite compartir con vosotros,
algo para mí muy personal y entrañable, mi experiencia en el Perú.
Me ha animado mucho a tirarme de cabeza a esta “piscina”
–debo confesaros que soy mal nadador-, primero que el tema me haya sido
propuesto y segundo recordar este pensamiento de Chersterton: “Lo que es digno
de ser hecho, es digno de ser mal hecho”. Por ello os dedico esta lección a
todos, a quienes os guste porque penséis que está bien hecho y a los que no os
guste porque penséis que no.
Mi intención es haceros pasar un rato agradable
conociendo el país de los incas, al que nos unen tantas cosas, mostrando lo que
me parece más interesante y ojalá contagiando el cariño y aprecio que siento
por este país hermano.
Pero antes de explicaros cómo llegué a vivir durante 14
años en Perú, quiero contaros una experiencia vivida allí… y que me marcó
profundamente.
Corría el año de 1998, era una mañana luminosa, serían
aproximadamente las 7.15, y ya los rayos del sol pasaban por encima del icono
de la ciudad: el Misti, majestuoso volcán de casi 6000 m.s.m. Volvía como otras
muchas mañanas de mi paseo matutino y atravesaba el puente fierro, ese puente
que diseñara el mismísimo Gustavo Eiffel y que tuvo en 1882 cuando se terminó
la primicia de ser el más largo del mundo con 488 m de luz. A mi izquierda se
apreciaba una de las vistas panorámicas más bellas de Arequipa. Sus edificios
de sillar blanco, la pequeña campiña que aún perdura y sus tres volcanes
nevados: el Misti, el Chachani y el Pichu-Pichu con su indio dormido.
Hacia la mitad del puente, que en ese momento se
encontraba sin transeúntes, vi a un hombre de mediana edad que había saltado la
baranda y pretendía lanzarse al río. Crucé al otro lado y acercándome a él le
dije: “¡Señor, en qué puedo ayudarle!”. No me contestó nada, entonces le dije
de nuevo: “¡Señor, le puedo ayudar!”. Permanecía inmóvil mirando fijamente el
abismo, aún tardó unos instantes en responderme: “¡No tengo nada y a nadie le
importo!” Me dijo con voz apa-  gada.
Comprendo su situación –le dije- pero si me deja ayudarle encontraremos una
mejor salida. El hombre continuaba en silencio. En esto llegaron otras personas
y de un taxi que se detuvo salieron dos hombres robustos. Como si ya lo
hubieran hecho más veces, con decisión, agarraron al suicida por la espalda y
lo introdujeron de nuevo al puente. Al soltarlo, intentó de nuevo subirse a la
baranda mientras gritaba: “¡mi vida no vale nada, déjenme! De nuevo lo
sujetaron. Pensé ir corriendo a casa pues estaba cerca y llamar por teléfono a
la policía –entonces los móviles eran un artículo de súper lujo- pero no fue
necesario pues en ese momento llegó un coche de policía y se lo llevaron.
Al día siguiente, salió la noticia en la prensa local, se
trababa de un hombre de 40 años, separado y con dos hijos, que se encontraba
enfermo y sin trabajo y que esa noche no había regresado a casa, parece –según
el informe de la policía- que había tomado unos tragos de más. Estuvo unas
horas en la comisaría y después lo soltaron volviendo a su dura realidad.
Ante situaciones como estas uno se siente tremendamente
impotente. En un país como Perú, con tantas carencias, sin asistencia sanitaria
universal, sin subsidio de desempleo, con un índice de pobreza superior al 30%.
Con tantos niños en la calle, abandonados. ¿Qué puede hacer un ciudadano de a
pie? Aquel día desayuné sin ganas y mientras me dirigía al colegio me decía: la
solución empieza por una buena educación; y la educación más importante es la
de los niños, porque ellos son los ciudadanos de mañana. Entonces, a ver qué
hago hoy para que mis clases sean mejores, les sean útiles para la vida. Bueno,
puedo empezar siendo más comprensivo, más amigable, más paciente. Justo eso que
tanto me piden.
Viviendo en Perú, muchas veces me hicieron la pregunta:
¿por qué se vino al Perú? Y como en España también me lo han preguntado, voy a
aclarar esta cuestión. Todo empezó cuando en 1990 un amigo que se había ido al
Perú me invitó a visitarle. Me animé aprovechando mis primeras vacaciones de
verano como funcionario. Recuerdo que volví muy impresionado.
Perú sufría por entonces los meses más trágicos de su
historia económica. En opinión del economista peruano Roberto Abusada,
refiriéndose a esos meses de julio y agosto: “Se trató de un shock violento, de
hecho, fue brutal”. Acababa de llegar al go 
bierno el ingeniero agrónomo Alberto Fujimori Fujimori, (juró su cargo
el 28 de julio de 1990). Había derrotado en segunda vuelta al escritor -hoy premio
Nobel- Mario Vargas Llosa, que por entonces también se dedicaba a la política.
Por aquellos días la inflación llegó a valores nunca jamás vistos, superando el
7000 %, allí se quedó “chico” el término de hiperinflación.
Una mañana tempranito fui a la tienda a comprar el pan y
mientras estaba en la cola -entonces había que hacer cola para todo- me
impresionó una señora que compraba “al por menor”: “¡tres “pansitos”
(panecillos pequeños), un huevo –¡no sé por qué siempre me acuerdo de ese
huevo”, pagó por él 40.000 intis, 100g de arroz… ¡todo un ejemplo de micro
economía!
Aquellas fueron mis vacaciones de “profe” español en un
país empobrecido, llamado ‘del Tercer Mundo’ por los que se colocan lógicamente
en el Primero.
Después de aquella experiencia vivida, lo cierto es que
al regresar a España, me sentía raro, distinto. Empecé a apoyar a una ONG
llamada Gam Tepeyac, a gastar menos y a participar en campañas de solidaridad
por los Pueblos del Sur; en fin, que volví un poco tocado de espíritu
solidario.
Cuatro años después, en 1994 pedí una excedencia
voluntaria en la Delegación Provincial de Educación en Badajoz y marché a Perú.
Enseguida empecé a trabajar como profesor contratado en un Pedagógico público,
en la ciudad de Tacna. Una ciudad provinciana al sur del país, cerquita de la
frontera con Chile.
Pero, ¿Por qué empecé a trabajar precisamente en un
Pedagógico, si no tenía estudios de pedagogía?
Por los años 90, en Perú –después de un boom demográfico
impresionante y de un desplazamiento de la población rural a las ciudades-, la
demanda de profesores para colegios fue tremenda. Para paliar tal demanda se
tuvo que contratar a aquellas personas que tuvieran cierta formación, siendo en
esto muy flexibles. Cuando llegué, cerca del 40% de los profesores carecían de
título.
Los dos primeros años, como dije, enseñé en Tacna, y los
cuatro siguientes me trasladé a Arequipa, donde enseñé en el ISPPA (Instituto
Superior Público Pedagógico Arequipa). Básicamente fui el profesor especialista
en Física. Por mis clases pasaron varios cientos de estudiantes que en su
mayoría hoy son profesores.
De esos años tengo gratísimos recuerdos, experiencias de
esas que no se pagan con dinero. Como botón de muestra vaya ésta: un día, antes
de empezar un examen, era por la tarde, una alumna de 4º de carrera, que era
madre de un bebito de seis o siete meses y que lo llevaba en brazos, me pidió
que si podía hacer el examen con su hijito pues ese día no había tenido con
quien dejarlo. Le dije que sí y se sentó con su bebé en una carpeta. Yo la
observaba y veía que con el niño no podía escribir bien. Entonces me acerqué y
le dije: si me permite cargar (no se dice coger) con su hijito podrá escribir
mejor. La alumna me miró sorprendida, entonces me incliné un poco hacia ella y
con una sonrisa me lo dejó. Con aquel niño en brazos me paseé por la clase
mientras duró el examen, y el niño, que estaría cansadito, se me durmió.
Posteriormente, en 2001 y hasta mi vuelta en 2009 trabajé
como profesor contratado en Educación Secundaria. Cuatro años en Arequipa y
otros cuatro en Lima.
Durante todos esos años, procuré conocer, valorar y
respetar la cultura peruana, no en abstracto, sino a través de las personas.
Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los peruanos, en
particular de los más jóvenes fueron para mí –lógicamente salvando las
distancias- también gozos, esperanzas, tristezas y angustias. Y así llegué a
sentirme de veras peruano de corazón.
En algún sitio he leído que un principio práctico en
antropología es que para comprender una cultura hay que vivir en ella, al menos
un tiempo suficientemente prolongado. Por lo que, a mi modo de entender, cuando
las culturas se han compartido con respeto y sin ánimo de dominio, se han
enriquecido y es cuando más han evolucionado positivamente.
Ahora pasemos a conocer un poco más el país…
Su población ronda los 30 millones de habitantes, de los
cuales unos tres millones viven en el extranjero. Actualmente presenta un
índice de crecimiento poblacional moderado, del 1%. La tasa de fertilidad es
mayor, 2,29 (promedio de nacimientos por mujer) pero no crece tanto porque
pierde población por la emigración.
Geográficamente está situado en la parte central y
occidental de América del Sur. El país tiene una extensión de 1.285.000 km2
(casi tres veces España) y se divide en tres grandes zonas naturales, que
producen a su vez marcadas diferencias culturales en el país y se conocen como:
Costa, Sierra y Selva.
Comenzaré hablando de la Sierra que por su cultura es
considerada como el Perú profundo.
Los Andes fueron cuna de importantes culturas, la más
importante la incaica, icono de la historia prehispánica peruana; se originó a
mediados del siglo XIII en la ciudad del Cusco, desde donde se extendió por
todos los Andes formando el Imperio del Tahuantinsuyo, gobernado por el Cápac
Inca (el poderoso inca). El primer soberano fue Manco Cápac y el último
Atahualpa, que fue ejecutado por Pizarro y sus hombres en Cajamarca en 1532.
Por todo ello, el Cusco es –según la Constitución peruana- la capital histórica
del Perú.
Es una zona bilingüe donde se hablan lenguas ancestrales,
pero mayoritariamente el quechua y el español. El quechua es considerado como
la lengua de la ternura o del senti- 
miento. Por ejemplo, las madres hablan a sus hijitos cantando cuando
quieren decirles lo mucho que les quieren: “a´uca yaquirini”. O para
preguntarles, ¿por qué lloras?: imamanta Waqanki?
Ama Sua (no seas ladrón); Ama Llulla (no seas mentiroso)
y Ama Quella (no seas ocioso). Son los tres preceptos ancestrales que todas las
madres quechuas transmiten a sus hijos y que revelan el alto grado de moralidad
que tenía el pueblo andino a la llegada de los españoles. Hasta la década de
los 60 del siglo pasado, más de la mitad de la población peruana vivía en la
Sierra. Pero a partir de esos años se produce un verdadero éxodo hacia la
Costa, hacia las ciudades más desarrolladas y con cultura occidentalizada.
Incluso dentro de la propia Sierra se producen también desplazamientos de
población hacia las ciudades más grandes.
Y ello sucedió mayormente por seguridad. La sierra sufrió
especialmente el terrorismo desde 1980 hasta el 2000. El saldo final de
víctimas en todo el territorio peruano fue de unas 50.000, la mayoría en la
sierra. Se trató de dos grupos revolucionarios. Sendero Luminoso, de
inspiración leninista- maoísta, fue el más violento. Terminó con la captura en
1992 de su jefe, el excatedrático de filosofía Abimael Guzmán. Y el MRTA
(movimiento revolucionario Tupac Amaru). Su última actuación fue seguida con
bastante cobertura mediática a nivel mundial. En 1997, unos 15 terroristas de
la banda secuestraron a más de 400 personas mientras se encontraban en una
fiesta en la residencia del Embajador de Japón en Lima. Mantuvieron a los
rehenes durante varios meses y finalmente el ejército peruano asaltó la residencia
matando in situ a todos los secuestradores.
La segunda zona natural es La Costa. Corre paralela
al  Océano Pacífico por un lado y por el
otro a la cordillera de los Andes. Vista desde el avión llama poderosamente la
atención por su enorme extensión y por su aridez.
Y la tercera zona geográfica es la Selva que ocupa un
poco más de la mitad del territorio nacional, hace frontera con Ecuador,
Colombia, Brasil y Bolivia. En general el nivel de desarrollo es incipiente y
la densidad de población bajísima.
Las ciudades más importantes en la Selva peruana son:
Iquitos, Ucayali, Oxapampa, Puerto Maldonado, Tingo María, San Martín,
Pucallpa…
Uno de los problemas sociales en Perú es la
impuntualidad. He estado bastantes años en Perú y no he logrado “inculturarme”
en esto. Al principio de llegar, cuando iba con algunos voluntarios a los
pueblos de la sierra, al sur de Perú, a pueblos como Tarata, Ticaco o
Candarave, íbamos a llevar ropa o víveres. Enseguida aprendí que el sentido del
tiempo en aquella zona andina era totalmente diferente al de un europeo. Si se
citaba a la gente a una hora determinada, ¡no había que desanimarse porque a
esa hora no hubiera nadie!: “¡Tranquilito, hermanito, ahoritita vienen, acá es
así!”, decían los campesinos que nos ayudaban. Y efectivamente, una hora más
tarde ya había un grupo de personas y entonces empezábamos la actividad.
Después iba llegando el resto.
En Tacna, vivía al lado de una parroquia, a veces los
sábados por la tarde iba a misa y cuando había boda era para echarse a temblar
o a reír, según el estado de ánimo. La mayoría de las novias solían llegar
tarde y se incorporaban cuando llegaban. Y eso que la misa siempre empezaba con
15 o 30 minutos de retraso. Cuando la novia se asomaba a la puerta, los músicos
que se habían contratado para tal ocasión, tocaban la marcha nupcial
interrumpiendo la misa. El cura no sabía qué cara poner: ¡”lo de siempre, y eso
que se lo dije”; pero sobre todo lo que era digno de contemplar era la cara del
novio, ¡como se le mudaba el semblante cuando por fin veía a su prometida!
Recuerdo que uno de los últimos días que pasé en Perú
quedé con un grupo de amigos para cenar juntos y tener una pequeña despedida.
Pues bien, la mayoría llegó una hora más tarde. Mientras esperaba me decía:
“¡Teo, nunca aprenderás, qué pescaíto!” Pescaíto es una expresión que significa
ingenuo, pardillo, inocente; se lo dicen los compañeros a los alumnos que son
cogidos por un profesor en alguna travesura.
Económicamente Perú es un país que mantiene un índice de
crecimiento anual del orden del 5% desde el año 2000. Recordemos que en España
estamos por el 0,1%.
Este crecimiento económico, poco a poco, se va notando y
empieza a haber una clase media. Pero aún sigue manteniendo niveles de pobreza
elevados y una distribución de la riqueza muy desigual. Actualmente se
considera que hay un 30% de pobres en el Perú, cuyo gasto per cápita es de 260
soles al mes (dos euros al día). En pobreza extrema el 8%, son aquellos con
renta per cápita de 134 soles/mes o, lo que es lo mismo, que viven con un gasto
de un euro diario; la mayoría de estas personas viven en zonas rurales.
Y para ir terminando, algo de historia. Al principio
cuando llegas a un país distinto al tuyo te sientes como un turista: todo te
llama la atención y quieres conocerlo ¡ya! Vas con tu cámara fotográfica… Pero
si vas para quedarte, por el motivo que sea, pronto se pasa el síndrome del
turista y te viene el de “extranjero”. Las cosas nuevas dejan de llamarte la
atención y te das cuenta que: “allí, el único raro eres tú”.
Como dije al principio, mi intención en esta exposición
es daros a conocer Perú y sus gentes, contagiando el afecto que me inspira, por
lo que voy a terminar con unas palabras del Dr. José Antonio del Busto, uno de
los historiadores peruanos más reconocidos. Que me parece son ponderadas en un
tema tan delicado como la conquista del Perú y la herencia histórica de la
época colonial. Al respecto dijo: “Pizarro, por lo demás es un personaje que,
como todo personaje, tiene un lado bueno y un lado malo. Nosotros (los
peruanos) no descendemos ni de los españoles ni de los indios en una manera
total. Nosotros somos mestizos, descendientes de los vencidos y de los
vencedores, de los españoles y de los indios; y entonces, por ese lado, el Perú
es mestizo como mestizo es el nombre del Perú porque se preguntó en los
albores: “¿Qué tierra era esta?” Y los indios contestaron “Virú” y los
españoles entendieron “Pirú” y entonces, así, de unos indios que hablaron mal y
de unos españoles que oyen peor, nació el nombre de nuestra patria. (…) A
Pizarro debemos, si se quiere, la cultura occidental que unida a la cultura
andina, constituye la actual cultura peruana”. (Conferencia en la Universidad
Sedes Sapientiae. Lima, en 2004).
Conclusiones:
España y Perú son dos países unidos por una larga
historia común que aún se perpetúa en el idioma, en la religión, en la raza, en
muchísimas costumbres… Una historia, que como toda historia humana está llena
de contrastes, de luces y sombras. Dos pueblos que han sabido compartir sus
bienes; Perú aportó sus tesoros naturales de oro, plata, productos agrícolas
como la patata, el tomate, el maíz. Productos que deberían ser declarados
patrimonio natural de la humanidad. Y España aportó su fe, su rica experiencia
de convivencia con otros pueblos y los elementos constitutivos de la cultura
europea, en particular del Renacimiento.
Personalmente, fui al Perú con un proyecto: pensando más
en dar que en recibir, para aportar mis conocimientos. Hoy, haciendo balance,
después de todos estos años, veo claramente que yo he recibido mucho más de
Perú y de su gente.
Del peruano he podido aprender su capacidad de salir
adelante en las dificultades, a no frustrarse ante las adversidades. Su
sencillez, el sentido del humor ante las mil y una vicisitudes de su existencia
cotidiana. Y sobre todo, me he traído la amistad de tantos amigos y amigas que
hoy perdura; ellos, con el latido de sus vidas han dejado en mí una huella
imborrable.
Muchas gracias y feliz curso para todos.
(Palabras de inicio de curso 2012-13 en el IES “Alagón”
de Coria, Cáceres)