¿Encogidos? ¿Por qué?

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¿Encogidos? ¿Por qué?
¿Encogidos? ¿Por qué?

Entre la gente de bien está muy extendida la idea de que si uno no está muy bien preparado, es mejor no aparecer por los medios de comunicación. Y este argumento, con tener su parte de razón, se convierte en la tapadera de la comodidad y cobardía cuando lo convertimos en verdad absoluta.

Aprendamos del enemigo. ¿Es eso lo que hacen? ¿Solo difunden sus ideas cuando lo hacen perfectamente en fondo y forma? La experiencia dice que no, que hay apariciones de los enemigos de la fe, que son penosas en el fondo y en la forma. Pero aparecen, hablan, escriben, adoctrinan insistentemente y, claro, terminan por crear estado de opinión.

Otro mantra que encoge a la buena gente es que mejor no hablar, el silencio también es una respuesta. Estamos en el mismo caso: ocasionalmente sí puede ser mejor no hablar, pero cuando lo convertimos en postura sistemática, volvemos a tapar nuestra cobardía con la tapadera de la «prudencia».

Constatamos que hay muchos talentos puestos al servicio del mal, del error, del vicio, de la mentira, del egoísmo, del afán de poder. Tienen, para el mal, un sentido de la universalidad más amplio y combativo que los buenos para el bien. Buscan amigos, trabajan, hacen prosélitos, emplean tiempo, dinero y simpatía con tal de extender un poco cada día el reino del mal. Mientras, los buenos se emperezan, se refugian en falsas prudencias y perfeccionismo, y dejan el campo de batalla expedito al enemigo.

Estoy convencido, porque los hechos lo demuestran a diario, que el silencio de los buenos es mucho peor que la maldad de los malos, porque la cobardía de los buenos fomenta la audacia de los enemigos.

Ayer, hoy y mañana, a lo largo de todos los siglos de su existencia, la Iglesia enseñó lo imperioso que es para los cristianos el deber de combatir con decisión la inmoralidad y la impiedad, y cómo yerran los que, bajo apariencia de una falsa prudencia, se niegan a hacerlo.

Cuando se hacen leyes degradantes, se destruyen costumbres, se envilece a las personas con el pretexto de la libertad; cuando el mal gusto, el descaro y la ordinariez se enseñorean de las calles… y los cristianos «prudentemente» callan, me viene insistentemente a la cabeza la frase de Martin Luther King:

—Tendremos que arrepentirnos en esta generación no tanto de las malas acciones de la gente perversa, sino del pasmoso silencio de la gente buena.

Si tenemos lo mejor, nuestra fe, si queremos el bien para los demás, si nuestro mensaje es el amor, reflejo del Amor, ¿por qué nos callamos?

Ese afán de perfeccionismo ¿no resulta inhibidor? ¿No puede haber mucho de soberbia en ese no atreverse a dar la cara? ¿No será que preferimos la acogedora tibieza de la sacristía al fragor de la batalla?

Si poseemos la solución para todos los problemas: Dios; si amamos hasta a nuestros enemigos; si vamos poniendo los cimientos de un mundo mejor, ¿por qué nos encogemos? ¿Por qué?